El calor era insoportable; fuera tras los cristales, la lluvia caía de manera continua sin atisbos de cesar. Mack tenía su cuerpo desnudo literalmente pegado a la galería; su piel morena dejaba las marcas de sudor en la superficie acristalada que lo aislaba de la tormenta. Los fulgurantes relámpagos iluminaban cada rincón del salón con escaso mobiliario, los truenos retumbaban ensordecedores moviendo las copas de cristal de bohemia.
Desde su mirada, apagada de aburrimiento, a las plantas de los pies el sudor recorría como gotas pegajosas cada uno de sus poros. En éste estado, Mack se metió bajo la ducha de agua fría en un extremo de la galería acristalada. Ni una sola puerta, ni un sólo tabique que no fuera transparente; el habitáculo donde se hallaba la ducha estaba recubierto por algo más de tres mil pequeños espejos.
La leve iluminación de las velas se reflejaba en ellos tambaleante y multiplicada. Con su cuerpo aún mojado y enjabonado se encontraba frente a los relámpagos que brillaban ante su mirada, cubrían de azul su piel y se repetían en los cientos de reflejos, en el pilar central del enorme salón con un sofá, una gran mesita central y un mueble bar lleno de botellas de todas clases.
De pronto y sin una razón aparente las veinticinco velas de cera amarilla se apagaron, dejando en el aire ese humo oscurecido de la llama recién apagada. Todo era silencio en ese instante, ni los relámpagos ni los truenos osaban interrumpirlo.
Dos manos de tacto sumamente suave, apretaban sin mucha fuerza su cuello, las yemas de sus dedos bajaban por su columna vertebral; llegados a la cintura se iban desplazando muy lentamente hacia la ingle provocando en él una sensación de gozo indescriptible. Los labios de aquella presencia aparecida de la nada, besaban su espalda con besos cortos y profundos de izquierda a derecha, de arriba abajo a gran velocidad como si tuviera prisa, como si no hubiese un mañana; después lentos, muy lentos como si el tiempo no existiera. Pegando su cuerpo cubierto de gel al de Mack se movía ahora ascendiendo y bajando sin descanso. Mack se apoyaba con las palmas de las manos al cristal, con las piernas separadas. Entre ellas se deslizó la recién llegada, una hermosa mujer de largos cabellos de plata y ojos claros como lago en verano, vistos a través de una máscara de seda negra, su única prenda. Su lengua recorría con movimientos circulares cada poro encharcado de su piel. Marie abrazó fuertemente a Mack al tiempo que ambos se echaban sobre la enorme alfombra Persa, de
espalda en el suelo. Marie se subió a horcajadas sobre él, usando sus mágicos dedos para
alcanzar el éxtasis creyendo morir de placer como jamás antes lo sintiera. Marie se movía arriba y abajo en un auténtico frenesí. Tras un giro, Mack abalanzó su piel dorada sobre la de Marie, mucho más clara. Sin dejar de besar sus pechos y viajar con la lengua a las partes más recónditas de su cuerpo Mack alcanzaba dentro de ella los momentos de mayor gozo vividos.
El salió por el horizonte vestido de rojo, granate y ámbar tras cesar la tormenta multiplicando sus colores en todos los espejos de la ducha, donde halló a Marie y a Mack uno sobre el otro a lo largo del plato de ducha. El agua pulverizada se teñía de rojo intenso al discurrir sobre sus pieles. Ninguno de los dos se movía, ninguno respiraba. Junto a ellos, los atributos de Mack navegaban sin rumbo en aquel charco. En la espalda de Marie, clavado hasta su dorada empuñadura , un enorme cuchillo.
Mack, aparte de la amputación de su miembro tenía una herida por arma de fuego en la sien izquierda. El sol se reflejaba en la sangre de los dos cuerpos inertes. Un sonido extraño se escuchó en medio del dantesco escenario, una puerta de cristal se cerraba. Una silueta se quedaba grabada en los espejos.
Una mujer vestida de negro de pies a cabeza se perdía tras las rejas de la finca, alejándose en la distancia. Una mancha sangrienta manchaba la gran alfombra, cientos de gotas rojas salpicaban los cristales de la galería. Sobre la cama de seis metros cuadrados, tres cuerpos dormidos y completamente desnudos sobre las sábanas de seda negra. En el suelo de madera teñida de blanco, un antifaz negro de seda; sí de seda y una capa enorme del mismo tejido.
Los espejos sólo reflejaban las velas apagadas, Marie y Mack abrían los párpados. Sus ojos
quedaron inmóviles al descubrir abrazada a los dos, una joven pelirroja desconocida. Una radio vintage situada a ras de suelo sobre la alfombra naranja con rayas blancas, relataba con voz que recordaba la de Bonnie Tayler las últimas noticias: Asesinato en la que todos conocemos como la Casa de Cristal. La pareja que allí residía aparece asesinada y él mutilado. Al escuchar ésto ambos se pellizcaron, estaban vivos. La sangre salía de una herida entre los dos senos de la joven acostada junto a ellos….
….. Mack despertaba a esa hora en la planta 97 de un conocido hotel en Abu Dabi, muy lejos de su casa acristalada. Un sudor frío recorría su cuerpo desde la nuca, envolviéndolo por entero y produciendo una sensación de angustia nunca antes sentida. De su mente turbaba desaparecieron Marie y la pelirroja de piel casi blanca. En la radio vintage sonaba únicamente música tradicional árabe.
La Casa de Cristal estaba aún en fase de proyecto, se iniciaría su construcción en 6000 días,
mirando al Atlántico.
@Carlos Cubeiro letras
@Imagen Pinterest
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