Hablo de los sitios lejanos para que sigan existiendo:
temo que desaparezcan
si mi memoria no los alberga
y deja de nombrarlos.
Por eso intento que mi voz sea elástica,
que no se rompa,
que no se hunda,
que sepa describir, con exacta crudeza,
lo que es el destierro
para que lo imaginen quienes nunca lo han conocido
y para que le pese a quienes lo causaron.
A algún sitio que todavía desconozco habrá de llegar mi voz,
y será avalancha,
música lenta,
plegaria
o surco que sigue.
Sin embargo, no hay manera de llamar
lo que deja la huida,
ni lo que acontece después
porque la palabra transito
no parece suficiente.
Me conformo con seguir creyendo que,
tal vez,
se pueda poner la mano sobre la tierra
y llamarla como uno quiera,
no necesariamente con el nombre que otros le han puesto,
sino con el que sea,
acaso alguna palabra secreta:
después de todo,
los nombres y las palabras
suelen ser formas arbitrarias
de las mismas premuras.
Este texto fue publicado en la revista «El coloquio de los perros» (diciembre 2024) Madrid
ALBERTO QUERO – EL COLOQUIO DE LOS PERROS
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