Observaba atónito su propio rostro sin poder apartar la vista. Era la primera vez que se veía maquillado y tenía que reconocer que se veía bien. Nunca había lucido tan lozano, y no recordaba verse sin ojeras. Así que tenía que darle un aprobado al retoque estético, pero el peinado le chirriaba; llevar el pelo engominado no era lo suyo. Parecía otro. Aunque, bien mirado, hasta parecía más interesante. Uno de esos ricos abogados que tomaban el café por la mañana en el bar de Manolo, al lado de los juzgados.
Pero lo del traje sí que no. Por ahí no pasaba. ¿A quién se le había ocurrido vestirle con traje y corbata? Si su uniforme diario eran los vaqueros y las camisetas. Las corbatas no eran para él. Es que veía ese nudo tan bien hecho y le daban ganas de arrancarlo de un tirón. Y, para colmo, el estampado era de rayas. Él odiaba las rayas… máxime si eran de color granate. Es que se miraba y le entraban ganas de llorar.
Precisamente un llanto fue lo que le hizo desviar la mirada. La que lloraba era la tía Amparo, como si se le hubiese muerto un hijo. Y no era la única. Alrededor había muchas caras tristes y muchas lágrimas. Si hasta estaba el Peti, que no lo podía ver delante. Y parecía consternado y apesadumbrado. Con lo mal que le caía. De adolescentes se habían liado a puñetazos y desde entonces siempre habían tenido sus rifirrafes. El Peti no era de fiar. No sabía qué pintaba allí.
Observó a su alrededor. Toda aquella gente. Aquella penumbra. Aquellos llantos. Tardó un rato en comprender que el que estaba en el ataúd era él. Le produjo un shock aquel descubrimiento. Volvió a mirarse en el interior de la caja, con aquel traje, tan repeinado, y lo único que pudo hacer fue gritar.
Su propio grito le despertó. Estaba empapado en sudor. A través de la persiana se filtraban unos rayos de sol. Ya era completamente de día. Tras unos minutos para recuperarse de aquella pesadilla, se levantó, se duchó, y bajó al bar a desayunar.
Mientras tomaba su café y su cruasán, echó un vistazo a la prensa. Se paró en la página de las esquelas, no sabía muy bien por qué, si nunca las miraba, pero algo llamó su atención. Y allí estaba con letras grandes y negritas: «Fortunato Calleja Pintos» . Tus amigos no te olvidan, ponía en la esquela.
No daba crédito. Tras unos minutos de confusión, buscó el teléfono del periódico para la sección de anuncios por palabras. Sacó el móvil del bolsillo y marcó el número. Preguntó tarifas y forma de pago y luego confirmó con palabras contundentes el texto que quería publicar en el periódico del día siguiente. Un anuncio breve: «El Nato aún no ha muerto».
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