Afuera llueve, como aquella mágica madrugada de hace veinte años dentro de ese colectivo rumbo a Buenos Aires. Es una hora imprecisa de la noche antes del miedo, antes de la visita inoportuna de la muerte, antes de la tragedia segura de la certeza. La lluvia ya es una tormenta sólida que nos despierta a todos abrazados al terror, nadie grita pero todos mueren de deseos de hacerlo. Yo mismo incluso siento un impulso irrefrenable de levantarme del asiento y decirle al chófer que paremos al costado del camino antes que sea tarde, antes que el viento nos levante por el aire, y comienzo a escuchar un susurro que se va construyendo en derredor de la palabra tornado como una sentencia profética.
El susurro de la voz es inclasificable, no puedo distinguir si es hombre o mujer, un niño o un anciano, como si fuera el quejido de un fantasma relajado que nos anticipa con su tono lastimero lo que está por ocurrir. No siento la velocidad, es como si estuviese levitando, suspendido dentro de un océano blanco tumultuoso.
Afuera el vendaval es ciclónico, una especie de furia a la que no le falta nada, truenos estrepitosos, rayos y relámpagos cegadores con la locura del viento que silbaba agudo e intimidante a través de la estrecha oscuridad del pasillo. Como dije, nadie grita a pesar que todos sabemos que chocaremos en cuestión de segundos y comienzo a escuchar algunas plegarias cercanas, mezcladas con extrañas promesas de furtivos arrepentimientos, como si fuésemos cayendo lentamente desde el cielo de un avión al paraíso del infierno de la tierra, hacia el impacto final, como si ya estuviésemos muertos y lo que veo por el pasillo es tan solo, un extraño espectro de una pesadilla irreal.
No sé cómo el chófer sigue, afuera los vidrios no nos devuelven ninguna esperanza, como si flotáramos dentro de una nube de agua en el ojo de la demencia de la naturaleza. Escucho un secreto suave de los pasajeros de atrás mío, como si no se percataran de mí, como si creyeran que viajan solos sin nadie cercano que los pueda escuchar. Hablaban de cómo habían matado a un chino de la mafia por encargo, discrepaban que la paga era escasa y el riesgo alto, que mejor mañana matemos al otro para no dejar rastros, porque el silencio es oro.
Me asusté y dejé de escuchar para apoyar mi cabeza contra el asiento de adelante y otro coloquio siniestro estaba en su apogeo, una mujer prometía que cuando lleguemos si nos salvábamos se convertiría en una esclava de Dios, en una monja forzada por la desilusión de una vida errante y tortuosa.
No se si el que esta leyendo esto ahora atravesó alguna vez una situación así, yo solamente tres veces, a los veinte, a los Veintidos y a los veintisiete años, y siempre pensé que solo había que esperar que el demonio del viento se aplaque, pero en cambio ahora que soy viejo porque el tiempo me borró la capacidad de olvidar, estoy seguro que moriré suavemente en cuestión de segundos como una caricia de la fatalidad, como un presagio oscuro del destino. Sin embargo el viento murió de repente y la lluvia se convirtió en un espectáculo melancólico y triste, gobernado por una aurora de campos solitarios, de un tono ámbar violeta, rosado por momentos, como un silencio redentor.
Ahora recuerdo otras cosas más de ese viaje porque cuando llegamos al amanecer a un pueblito sin nombre, una pareja de chinos se levantó de los asientos de atrás y me dejaron despectivamente en la mano un papelito con una mirada amenazante y mortuoria que nacía de sus pequeños ojos sesgados y negros…
» Ni se te ocurra contar esto «….
Siento que ya es tarde, porque ya lo escribí y puedo ver hermosas manos de mujer con largas uñas pintadas de verde y azul, sosteniendo mi escrito, con ojos inquietos y hechizados que leen desde lo más profundo de la noche, desde lo más lejano del mundo, legitimando el recuerdo, compartiendo el sueño que trae la lluvia otra vez. Ya es tarde pero la voz que me cuenta estas cosas me invita a bailar y no puedo negarme bajo esta luz grisácea de las tormentas.
@Jesús María Cello
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