Te diré el porqué dejé a mi novio o pareja, y también te diré el cómo me siento. Eres la única persona en la que confío en esta ciudad fría, húmeda y distante. Tú me lo preguntas. Yo te responderé. Aunque antes, déjame hablarte sobre lo qué pasó aquel primer día, el día en que lo conocí, que lo conocimos. Porque tal vez recuerdas que llovía mucho y desde primera hora de la mañana. Tú misma me dijiste que el día era desapacible y las montañas cercanas estaban cargadas de nubes negras, oscuras como los grajos de Cardiff, dónde tú y yo vivíamos y trabajamos en una mierda de cafetería. Yo estaba allí para mejorara mi inglés y tú decías que estabas allí para hacer un estudio de lo más británico que había: el galés medio. Menuda mentira. Y yo me la creía. Cómo le creí a él, sí, a don sonrisa perfecta.
Pero no me quiero ir de lo que te estoy contando, te decía si recordabas cuando lo conocimos, bueno lo conocí. Como decía aquel día, utilizando tus palabras: llovía como si todos los ángeles se hubiesen todos puesto a llorar amargamente a la vez. Él entró en la cafetería corriendo, más para guarecerse del agua que para tomar algo. Se quedó en la puerta, mirando hacia fuera, el pelo mojado y ensortijado; la cara roja y surcada por las gotas de lluvia; la camisa pegada a su torso. Luego, al percatarse que estaba dentro del local, se giró y se acercó lentamente a la barra y en su horrible inglés me dijo: un café con leche. Nos dimos cuenta de que muy galés no era, ni británico, más bien de nuestra patria, porque si no, ¿cómo íbamos a entenderle? Luego resultó ser de nuestra patria chica. Recuerdo su voz cantarina, sus hombros fuertes como rocas y que nos miró con ojos de perro desvalido. Me giré para preparar el café y tú te acercaste a mí y me dijiste:
“Llueve a mares
Adonis desubicado
Mirada sucia. (perra)”
Nos reíamos por tu ocurrencia. Aunque lo que llevo grabado de aquel día en mi disco duro, es el olor, ese olor penetrante, húmedo, sucio que él tenía. Te lo comenté y tú me dijiste: será un indigente o vivirá como tal o el agua que hace que uno huela diferente. En cambio, su ropa denotaba otro extracto social, todo era de marcas famosas. A pesar del olor me dejé seducir por su conversación, que empezó en cuanto supo que éramos de la misma ciudad, por sus palabras, su saber componer largos párrafos cómicos que me hacían reír, y a ti también. Y por eso empezamos a salir, y porque estaba muy bueno, que lo sigue estando, y follaba como un animal. Te recuerdo dando golpes en la pared medianera con tu cuarto, cuando hacíamos el amor. No me pongas cara de circunstancias que se te escapa la risa.
Lo cierto es que, al poco de empezar a salir, dejo de oler tan mal y esto duró durante todo el tiempo en que estuvimos en el Reino Unido. Y allí era un príncipe encantado y encantador. Tú me lo comentabas todo el rato. Y lo hablábamos. Era demasiado perfecto. Tenía que tener una falla. Y yo no la encontraba, y tú tampoco y la gente que conocimos allá, menos. Era voz pópuli que era un hombre súper bien educado y buen compañero. Por eso avancé la vuelta a aquí. Me lo dijo él y yo no lo dudé. Además íbamos a tener casa y el soporte de su familia, que están forrados.
Tú te quedaste Cardiff y yo me vine y empezamos a vivir juntos. Y después de un tiempo conviviendo como la perfecta pareja, volvió el olor. Sí, volvió, no era continuo, pero estaba ahí. Yo no le dije nada, ni te lo dije, pero a veces olía a perro mojado, a gato muerto, a algo descomponiéndose durante días, luego desaparecía, podía durarle unos días e incluso semanas. Me empecé a obsesionar con el porqué olía así. Le estuve estudiando, siguiendo esa metodología que tú me decías que aplicabas para estudiar al galés de la calle. Y entonces lo pillé. Aunque al principio lo relacioné con el trabajo y esa presión que siempre tenía, y esas cenas y comidas y reuniones, al final lo descubría: ¡qué mal se asean algunos y menos cuando hay mucha confianza!
Fue algo tonto, una cosa que lleva a otra y el estudio que va y cuadra, y entonces lo supe. Lo supe en mi fuero interno. Y cogí el coche, dejé la casa, seguí conduciendo en dirección a las montañas y las atravesé y acabé al pie de la playa, sin saber el cómo, viendo batir las olas contar el acantilado. Sé que llovía (cuando no llueve aquí, o nieva). Estaba muy triste, deprimida, desorientada. Me sentía culpable de no tener culpa. Luego volví a casa y en el primer barrio que me topé al entrar en la ciudad, aparqué. Recuerdo la suciedad de la calle dónde dejé el coche. La estrechez de las aceras, el silencio de la noche pegándose en las paredes de persianas bajadas. Hacía frío y yo no tenía abrigo, iba con sólo una rebeca azul claro y en minifalda sin pantis. Parecía una puta, o así me sentí, la puta de él.
Seguí caminando por aquel barrio feo, horrible como yo me veía, durante unos minutos. Pude ver excrementos de perro por las aceras y alguna rata moverse entre ellos. Los gatos las seguían con la mirada, temerosos de que se volviesen y les atacasen. Luego volví a casa y decidí, inconscientemente, que aquel lúgubre y horroroso lugar volvería siempre que él oliese mal.
La sexta vez que volví, que fue hace un par de meses, justo antes de llamarte. Me encontré el mis barrio deslucido, horrible y sucio de siempre. Pero el calor de la primavera tomaba ya las calles y unos niños jugaban a la guerra entre cubos de basura, columpios y un tobogán. Entonces supe que tenía que hacer. Llamarte y pedirte un favor.
Esa noche no volví a casa. Le dije que te había encontrado por la ciudad. Que estabas de nuevo aquí, de regreso y teníamos mucho que contarnos. Por lo que me pensaba quedar a dormir en tu casa. Él no dijo nada en contra, tan encantador, tan encantado. Y me fui a un hotel a dormir.
Al día siguiente quedé con el hombre oloroso en el parque de la Machacona, entre árboles de todos los tipos, cerca de un pino centenario.
Cuando llegó le abracé. Olía a flores, no él, el parque. Estaban todos los árboles en la floración. Él olía a perro muerto, a Perry Morton, como dices tú. Y le miré fijamente a la cara. Y le dije el nombre de ella, de la última, y luego de otra y que yo también había sido, en ese Reino Unido, una de ellas. Y él no dijo nada.
- Hueles muy mal cuando eres infiel- concluí.
Luego me fui. Creo que él balbuceó algo, no lo sé, yo me iba lentamente y cerraba mis oídos a sus palabras. Tenía tanto dolor que había sobrepasado su umbral para no sentir nada.
Luego te llamé por segunda vez en dos días, después de tanto tiempo sin hablar contigo. Llevaba el coche lleno de mis cosas, sacadas de esa casa que nunca fue mía, quería desahogarme con alguien y quién mejor que tú.
Y ahora te tengo aquí, sentada en la terraza de nuestra cafetería galesa, oyendo mi rollo sobre olores y cuernos de mujer.
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