Aterricé, Aterricé en Abu Dabi sin saber muy bien por qué iba ni qué me esperaba. Cada vez disfruto más del desconocimiento, de dejar desatado al caballo de la espontaneidad y de sorber la incertidumbre como si fuera una de esas salsas que el camarero te ofrece jurando que tampoco pica tanto. Lo primero que comprobé para cierta tranquilidad es que las costumbres de aquella tierra del golfo Pérsico tampoco distan tanto de las nuestras: utilizaban taxis y autobuses para transportar a los recién llegados, había conexión telefónica, de las fuentes manaba agua clara y utilizaban el dinero, ya fuera en efectivo o con tarjeta, para intercambiar bienes y servicios. Son pequeños detalles, pero ayudan a aclimatarse.
Desde el autobús, divisé una ciudad plagada de edificios enormes intercaladas con mezquitas sobrias y embajadas de un sinfín de países. Los edificios tenían aspecto de no haber pasado apenas el tiempo. Las avenidas constaban de cuatro o cinco carriles que se transformaban en majestuosos túneles o se bifurcaban en una maraña de puentes que amenazaban con atravesar las nubes. Aunque era domingo, se movilizaban batallones de operarios en los márgenes que trabajaban en el mantenimiento o en la construcción de nuevas infraestructuras. A medida que avanzábamos hacia el centro de la ciudad, aumentaba la densidad de rascacielos. De algunos de ellos colgaba el rostro de uno o varios hombres vestidos con las características túnicas y turbantes blancos, junto a fondos donde predominaba la bandera de los Emiratos Árabes Unidos. Se trataba del presidente, el vicepresidente y el padre fundador de la patria. A la derecha se abría un entrante del mar Arábigo y, en la isla de enfrente, se divisaba el verdadero corazón de este país: las plataformas petrolíferas.
Había llegado tan pronto a Abu Dabi que la recepcionista del hotel me obsequió con un mapa y la recomendación de dar una vuelta de tres horas hasta que mi habitación estuviera lista. Aunque estaba en el centro, las aceras estaban prácticamente desiertas. Al acercarme a mi primer destino, el mercado de pescado, pude comprobar que las distancias eran kilométricas y que todo el mundo se mueve en transporte público o privado. Aun así, conseguí dar con el dichoso mercado y ser devorado por una turba de tenderos que esperaba que me llevara de allí un tiburón o una raya águila junto a no menos de diez kilos de langostas. Detrás de los puestos había un habitáculo acristalado donde un ejército de pescateros limpiaba cientos de kilos de pescado. Me quedé un rato admirando el espectáculo y celebrando, aún más si cabe, mi condición no acuática. Después deambulé por el puerto y acabé en un mercado callejero de flores, plantas y artículos de decoración, en donde las aceras habían sido sustituidas por aparcamientos y los clientes se acercaban en su propio vehículo. Antes de entrar al hotel, tras recorrer el equivalente a un cuarto de maratón, entré en un lugar que prometía café. A las once de la mañana, aquel lugar estaba repleto de jóvenes reunidos alrededor de una shisha. Había chicas con velo, muchachos uniformados con turbantes y túnicas, y algún que otro occidental extraviado. A riesgo de cometer una ofensa, descarté unirme al ritual y me conformé con un café y una sfeeha, una suerte de pizza.
Era el comienzo del invierno y la temperatura superaba con holgura los veinte grados en Abu Dabi. Me dejé caer por el paseo de Corniche, que discurre paralelo a la playa. Allí pude ver cómo la gente se daba un tranquilo baño, como se lo podrían dar en Cádiz, Nápoles o Dubrovnik. Después de reunirme con otros colegas españoles e italianos que habían llegado a Abu Dabi para la reunión, pusimos rumbo a las Etihad Towers y el Emirates Palace. El primero es el icónico y moderno rascacielos de Abu Dabi, al que subimos a su mirador para contemplar la modernidad de la ciudad que nos acogía. El segundo era un majestuoso palacio que hacía las veces de hotel y salas de reunión, con decoraciones bañadas en oro, mobiliario elegante y estilo arabesco, en un intento por dotar de historia a un país creado hace poco más de medio siglo. En su salón exterior se celebraba una boda hindú, cuya novia no parecía tener más de catorce años.
Al anochecer el centro se había convertido en un incesante trasiego de gente. Uno de los aspectos que más llama la atención de Abu Dabi es que casi todas las personas que se encuentran por la calle son de origen hindú, especialmente de la India, Bangladesh o Pakistán. De hecho, alrededor de una décima parte de la población de EAU tiene nacionalidad emiratí. Con menos de un día desde mi llegada, no hacía falta ser un genio de la sociología o la economía para atisbar cuál es la base del espectacular crecimiento del país. Cuando me escabullí de mis compañeros, fui a cenar solo a un restaurante de comida india cercano al hotel. Los comensales compartían el origen del menú y todos ellos se afanaban en repeler sus platos con las manos. Pedí un tajin de pescado, generoso con el picante de la salsa y una especie de masa plana a modo de pan. No pagué más de cuatro euros por aquel manjar y por la inmersión.
El resto de la semana transcurrió de manera bastante uniforme: tomar el autobús público para ir a la otra punta de la ciudad, entrar en un salón de exposiciones a escuchar a un gran número de expertos en mi materia, preguntarme qué hacía allí no menos de mil veces y regresar al centro de la ciudad tratando de penetrar en sus secretos. Aunque estemos en un ambiente occidental, las tradiciones árabes debían respetarse a rajatabla: hombres ataviados con turbantes y túnicas se paseaban entre los extranjeros armados con bastones con forma de escopeta para recordar quién mandaba allí; los rezos puntuales se colaban en las reuniones y el aire acondicionado estaba a toda potencia para recordar que era el comienzo del invierno. El autobús de vuelta, el cual se había convertido en un frigorífico, se averió a mitad de la avenida y tuve que comprobar que los taxis eran extremadamente baratos. Al llegar al hotel, comprobé que en mi ausencia las botellas de plástico se habían reproducido y que el bote de champú que dejé a mitad había sido cambiado por uno nuevo. En Emiratos no se puede escatimar en recursos, y menos en plástico.
Aprovechamos que la reunión bajaba de intensidad a mitad de semana para formar una avanzadilla y escaparnos a Dubái, el verdadero pulmón de los Emiratos Árabes Unidos. En poco más de dos horas de autobús nos zambullimos en un centro histórico con más encanto que el de Abu Dabi, un mercado abarrotado de puestos artesanales donde puedes comprar la típica camiseta de Messi por apenas tres euros o una bufanda de piel de camello por el precio que seas capaz de regatear. Unos botes nos trasladaron desde el histórico barrio de Al Fahidi hasta el Mercado del Oro y, desde allí, fuimos en metro al centro financiero. Parecía aquella una ciudad del futuro, con una concatenación de rascacielos que, a buen seguro, superaban en número a los de Nueva York o Chicago y una sucesión de monumentos como el Dubai Frame o el Museo del Futuro que desafiaban los límites de mi comprensión.
Como borregos, nos dirigimos al Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo, con 828 metros de altura. A mí, sinceramente, me parece una paletada de cuidado lo de subir a lo alto de los edificios, pero ¿quién soy yo para romper la armonía de un grupo de turistas? Para llegar a la entrada del Burj Khalifa hay que hacer un infame recorrido laberíntico por el Dubai Mall, el segundo centro comercial más extenso del mundo, que carece de toda señalización para que desfallezcas y no te quede más remedio que gastar tus ahorros en comida, bebida, helados, gafas, perfumes, trajes, cachivaches electrónicos y oxígeno con esencia de jazmín. Tras más de una hora de recorrido y preguntar no menos de diez veces, encontramos el puesto de venta de entradas. Al menos te permiten elegir tu propia muerte: 140 € por subir a la planta 148 o 160 € por acariciar el cielo desde la 154. Como no podía ser de otra forma, elegimos la opción más barata, conviniendo que cualquiera de ellas es un atraco. La noche se había cerrado y las vistas eran inabarcables para mi percepción, pero las fotos, verdadero interés de la visita, eran decepcionantes debido al reflejo. Al bajar, nos encontramos con la sorpresa de que el personal nos sacaba de la larga cola y nos conducía directamente al ascensor. A los pocos días lo entendería gracias al testimonio de otra compañera: habíamos comprado una entrada premium, cuando había otras mucho más baratas. Desventajas de apreciar el desconocimiento y la espontaneidad.
La última noche en Abu Dabi quedamos en un restaurante del mercado de pescado. En muchos lugares, independientemente del tipo de cocina, ofrecían a los turistas un menú en el que podían probar la mayor parte de la carta. En este caso, nos decantamos por una mariscada para seis personas junto con sus correspondientes sopas de marisco. Al rato, aparecieron varios muchachos con dos barcos de madera repletos de langostas, gambas, calamares, mejillones y lenguados para ponernos las botas. La calidad era razonable, sobre todo la del pescado, y el servicio nos trató como si fuéramos estrellas de la tele. El barco de comida estaba a punto de encallar en nuestros estómagos, pero finalmente lo conseguimos abordar y recibimos como recompensa un dulce té y fruta fresca.
Tras pasear por el paseo de la Corniche, iluminado por los rascacielos, algunos fuimos a un pub a buscar una cerveza. Aunque en Emiratos el alcohol está restringido, es relativamente fácil encontrar restaurantes, pubs, bares y discotecas donde curar el síndrome de abstinencia. Como otros usos que entran en cierta contradicción con la moral árabe, la prohibición del alcohol es bastante laxa de puertas para adentro. Solo podría haber problemas si uno muestra evidentes síntomas de embriaguez en plena calle. Sobre el escenario, un trío de chicas cantaba; un tipo dormitaba sobre la barra y solo se despertaba para sorber su cerveza; un muchacho de ascendencia subsahariana hablaba con varias chicas ligeras de ropa. Estas enseguida se acercan a nosotros con claros gestos de coquetería. Gentilmente rechazamos su compañía. Al parecer, la mayoría de los locales nocturnos son nidos de prostitutas que ejercen discretamente en un país donde sus servicios son duramente sancionados. Algunas personas de la reunión que habían tomado una copa en su hotel o en algún pub me confirmaron experiencias similares.
Echamos el último día en el palacio presidencial de Al Qasr, una impresionante muestra de la moderna arquitectura y de la necesidad de mostrar el poderío emiratí a nivel internacional. También nos dejamos caer por la fortaleza de Qasr Al Hosn. En esta segunda atracción pudimos comprobar cómo hasta hace pocos años Abu Dabi era apenas un pueblo de pescadores en medio del desierto. Desde una de sus estancias, sellada con barrotes, aprecié un enorme póster del presidente y emir desde un rascacielos. Los cánticos del rezo masivo de los viernes me estremecieron. El mensaje por estas alturas del viaje estaba meridianamente claro: un gobierno autocrático que había conseguido un desarrollo económico y social bestial vendiendo petróleo y esclavizando a extranjeros. Un país de apariencia moderna y cada vez más abierto al mundo, bajo la atenta mirada del poder y el estricto respeto a la tradición árabe.
Al regreso a España me congratulé de vivir en un país con unas costumbres que podríamos catalogar de más respetuosas o, sin andarnos con ambages, claramente mejores. Un sistema que no explota a los inmigrantes, donde todos los trabajadores ganan lo correspondiente a su esfuerzo, en el que los ricos limitan su enriquecimiento en favor de los más desfavorecidos, donde apenas hay diferencias sociales, respetuoso con el medio ambiente, en el que uno puede acudir a una tienda de moda a comprar unos pantalones por apenas 30 € sin que se haya signo de explotación a ningún niño en la otra punta del mundo o donde puedes recibir tu árbol de Navidad por paquete urgente un domingo por la tarde. Y, por supuesto, que al repostar gasolina no se financian los desmanes de las felices autorquías de los emiratos.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.