sábado, junio 20 2026

Y remitente 20: Mario Levrero by Félix Molina

De pienso le podés dar cualquier cosa, Mario, pero para fijarlo solo chicle rosa. Así que fui juntando todo el chicle rosa posible, el de las máquinas tragaperras y el de los kioskos, todo, de modo que cuando el unicornio estuviera en mi quinta se estuviera quieto. Lo cargaba en mochilas y capachos, con el concurso del vecindario y de los amigos. Lo tenía clasificado por pastillas y por barras, al chicle. Me preocupaba fijar al unicornio, qué decirles, será la cosa romántica, pero me preocupaba.

No bien estuvo en la quinta, el unicornio se portó bien con todos, menos con una chiquita de gris que lo evitó desde el primer momento. De pienso es verdad que tragaba cualquier cosa: comida, sí, pero zapatos, también, brújulas, loza, paraguas, contratos, antologías… En una semana se me convirtió el jardín en un vertedero que contenía la medida exacta de la buena voluntad de mi gente: no, alimento no iba a faltar.

Luego llegó la llamada. Y mi narración de todo en la llamada. Y su voz después:

–Y bueno, Mario, todo bien, ya veo… pero cómo lo están fijando al unicornio.

No sabía decirle. De momento no hizo falta. Tengo los chicles rosas, todos los posibles. No ha habido el caso.

Y ella que se quedaba como ensombrecida, mohinosa me la imaginaba al otro lado.

Estuvimos conviviendo más de un mes con el unicornio. Se instalaba donde quería, pastaba sus trastos de siempre, rumiaba lo necesario, pensaba lo justo.

Nunca hubo que fijarlo. Y el chicle quedó a disposición de los más chicos, incluida la niña de gris.

 

 

Mario Levrero (1940-2004) es el fotógrafo, dibujante, guionista, librero, impartidor de talleres literarios, pero, sobre todo, ficcionador capaz de fabricarse un laberinto dentro de un encendedor, como en el cuento “La calle de los mendigos” y otros muchos de La máquina de pensar en Gladys. Su universo funde a Felisberto (que ya pasó troquelado por estas Cartas), Cortázar y, si me apuran, a Borges (también debidamente troquelados aquí). Su fundamento es lo lúdico, pero también la existencia, lo exagerado porque duele, como en la troquelación de arriba, a su costa. Está muy recomendada su Trilogía involuntaria de novelas (La ciudad, París, El lugar), pero yo me decanto más por una creación a lo Georges Perec, su póstuma La novela luminosa, compendio enciclopédico, narrado como un diario, de su propia personalidad. Fue también crucigramista.

 

 


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