El silencio se convirtió en compañero sempiterno.
No paraba de dejarse oír con voz grave
en noches de sequía de vida.
En la frecuencia baja de la soledad pretendía
disipar la tormenta seca de relámpagos
que fulminan los sentimientos.
La ausencia no se rindió a la evidencia,
cabalgó con la fuerza machacona del intruso voraz,
atizó la lumbre redentora
para dejar rescoldos en la conciencia agostada.
Pretendió el amanecer de la oscuridad,
algo que sin prender la mecha es un camino tortuoso
hacia la nada recalcitrante.
La vacuidad se erigió en torre de tormento.
¡Maldita seas muerte!
¡Calla tu grito indeseable de infinitud!
Rompe al albor del día el martirio
y que los rayos sugerentes de la luz
sean el transitar de los sueños
para renacer, con el canto del gallo.
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