MUY FRÍO by Nohelia Alfonso

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No fue difícil seducirlo. Nunca lo es. No con ellos. Con este tipo de hombre basta una insinuación sexual. Basta ser atractiva, basta ser una mujer mucho más joven, casi niña. Basta sonreír, basta una mirada lasciva que inmediatamente interpretarán como que no hay límites, como que no es necesario tratarte como a una persona. “Lo vas pidiendo”, y eso lo justifica todo. Así que inmediatamente te conviertes en su parque de atracciones, en esa mujer que se puede no respetar, porque en algún lugar de su retorcida cabeza, perderle el respeto a una mujer es divertido. Sobrepasarse es divertido.

El tipo no quería pagar un hotel, y eso que había uno muy cerca del centro comercial donde nos conocimos, así que lo llevé a mi casa. Cuando cayó sobre mí en la cama creí que me aplastaría. Su tremenda corpulencia me cubría por completo, así que cambiamos a la postura de la jinete. Sabía muy bien lo que le gustaba que se sentaran sobre él. Pero antes, un jueguecito de sumisión. Saqué las esposas de la mesilla de noche, y verlas lo encendió muchísimo.

– Brazos por encima de la cabeza, grandullón- le dije.

– Eres una niña muy mala-respondió.

Bramó de excitación al oír el clic de cierre y comprobar que estaba bien sujeto a las volutas vegetales de hierro fundido que adornaban el cabecero unido la pared. El resto no se lo esperaba.

Me miró extrañado al verme sacar mis compras navideñas de su envoltorio y coronarme con aquel gorro rojo de dacha negra, pero cuando le puse la bolsa de El Corte Inglés en la cabeza, casi arranca el cabecero de la cama tirando de las esposas. Bastaron unos minutos de fuerza bruta cerrándole todo acceso al oxígeno para percibir cómo se le iba la vida por la boca, como al pez, como a un pez enorme fuera del agua al que yo sujetara con una red. Como cuando era niña e iba al río del pueblo a pescar con los mayores, buscando entretenerme de algún modo, pues en mi barrio no teníamos con qué jugar. Por eso las propias niñas nos convertimos en juguetes de otros.

En el momento en el que dejó de espasmar, por los últimos coletazos de vida que se resiste a irse, le retiré la bolsa de plástico despacio y me quedé mirando su cara incandescente y desencajada y su barba blanca, pensando en cuántas veces habría hecho él ese gesto.

-Ho, ho, ho- le susurré al oído, aunque ya no podía oírme-. Por mí y por todas mis compañeras.

La venganza es un plato que se sirve frío. Muy frío. Además, el puto Papá Noel nunca me había traído los patines que le pedí.

Autor de la fotografía: Marcelo tettamanti

«La autora, leyendo el relato en el segundo cuenta cuentos navideño de terror «Navidad Negra», celebrado en el Café Bellas Artes el 26/12/2024. Fotografía de Marcelo Tettamanti».


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