Antes de elevar a categoría de culto Los años nuevos de Rodrigo Sorogoyen, la serie de las navidades pero de la que nadie se acordará en carnavales, me gustaría hacer unas humildes consideraciones antes de que me las plagie Carlos Boyero:
i) Los años nuevos no es una obra cumbre, ni la serie del año, ni un agudo retrato de la generación millenial. El éxito de la serie radica única y exclusivamente en que al público le fascina el morbo y el culebrón. La serie es una revisión con aires intelectuales de Al salir de clase, Compañeros o Nada es para siempre. Si el espectador tiene ansiedad por ver el siguiente capítulo es porque el argumento concentra la intriga en los dos últimos minutos, no porque haya diálogos profundos o alguna escena medianamente memorable.
ii) Los personajes son unos plastas de mucho cuidado. Ella es una vivalavida de familia bien que quiere irse al extranjero, pero conservar su vida aquí; que quiere tener una pareja formal, pero ir de libre; que quiere tener hijos, pero sin asumir responsabilidades; que lo quiere todo sin tener claro nada. Chica, qué no se puede todo, ¡qué hay que elegir! Él es un arrastrado, de los que les gusta complacer para cocer el reproche, que a medida que avanza la serie se propone reventar sus niveles de patetismo.
iii) Por si no quedara claro que el protagonista carece de autoestima —achacado al divorcio de sus padres— la serie enfatiza este hecho cada cinco minutos. No hay lugar para que el espectador saque sus propias conclusiones, no vaya a ser que crea que todo deriva de un problema de elefantiasis o una abducción alienígena.
iv) Los años nuevos demuestra de manera brillante que el problema no son las drogas, sino que la mayoría de veces quienes se acercan a ellas y las consumen son unos tontacos de mucho cuidado.
v) Gran parte de los conflictos son fruto del exceso de intensidad. Hay una cosa que se llama saber estar. Sería conveniente convocar manifestaciones para reivindicarlo antes de que se extingua y quedemos a merced del Lexatin mezclado con helado de fresa.
vi) Si Benjamín Prado es insufrible en la vida real, su faceta como actor interpretándose a sí mismo traspasa cualquier límite. Espero, sin embargo, que Rodrigo Sorogoyen tenga a bien dedicarle todo un spin-off de veinte horas titulado El poeta que prometió la luna, en el que Benjamín Prado rememore en verso todo lo que pudo ser y no fue a una botella de vino.
vii) Vista la serie, es urgente que el Parlamento afronte una ley de rupturas para que cuando una pareja se rompa sus miembros se tatúen sobre el brazo derecho «Contigo nunca más, bisho».
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