La Trampa de la Positividad Obligatoria
Recuerdo aquel día en que, tras una jornada agotadora, me senté en el sofá y, al encender la televisión, apareció un gurú de la felicidad diciendo: » Cada día es una nueva oportunidad para ser feliz». Pensé: «¿Y si hoy no quiero ser feliz? ¿Y si solo quiero comer helado y ver series de crímenes hasta fusionarme con el sofá?» Pero claro, según estos expertos, eso me convierte en una fracasada emocional.
Una vez intenté seguir un reto de «21 días de pensamientos positivos » Al tercer día, después de desear con todas mis fuerzas que la impresora del trabajo explotara en mil pedazos (con comité de aplausos incluido), entendí que el universo y yo no manejábamos la misma hoja de ruta para mi bienestar. Seguramente el universo apostaba por más resignación y menos mala hostia.
Conclusión: Si la felicidad fuera cuestión de sonreír como una posesa mientras el mundo arde, los maniquíes serían las criaturas más plenas del planeta.
El Taller de la Risa Forzada
Asistí a un taller de «risoterapia». La idea era reír sin motivo para liberar endorfinas. Al principio, me pareció tan absurdo que pensé que era una cámara oculta, pero decidí darle una oportunidad. Tras 30 minutos de risas fingidas, terminé con dolor de mandíbula, agujetas en la cara y la certeza de que, a veces, una buena llorera frente al espejo es más terapéutica que todo un coro de carcajadas ensayadas.
En uno de los ejercicios, nos hicieron mirarnos a los ojos mientras reíamos como hienas. Mi compañera, entre el miedo y el pánico escénico, soltó una carcajada que sonó más a ataque de ansiedad que a diversión. Salimos del taller rejuvenecidas, sí, pero más por la vergüenza ajena que por la euforia liberadora. Si reír sin ganas rejuvenece, después de esa sesión me van a pedir el DNI para comprar vino.
Conclusión: Fingir la risa para alcanzar la felicidad es como ponerse tacones para correr una maratón: ridículo, doloroso y, en el fondo, un insulto a la inteligencia.
El Diario de Gratitud
Compré un diario de gratitud porque alguien en Instagram dijo que cambiaría mi vida. Cada noche debía escribir tres cosas por las que estaba agradecida. Las primeras noches fue fácil: «Gracias por el café, por mi gato y por no haber matado a nadie hoy». Pero después de días de furia contenida, me encontré escribiendo:» Gracias porque solo me caí una vez hoy» o «Gracias porque el vecino no se ha puesto a cortar el césped a las ocho de la mañana». Aquel cuaderno se convirtió en un testamento desesperado más que en un canto de alegría.
Hubo una noche especialmente gloriosa en la que agradecí, con lágrimas en los ojos, no haber contestado a un WhatsApp pasivo-agresivo de un cliente con otro aún más pasivo- agresivo. Mi mayor logro espiritual del mes fue no acabar insultando en arameo.
Conclusión: La gratitud está muy bien, sí. Pero que no te engañen: hay días que, aunque los envuelvas en papel de regalo y los adornes con purpurina, siguen oliendo a chamusquina emocional. Y no pasa nada. Sobrevivir ya cuenta como gratitud.
La Culpa de No Ser Feliz
La autoayuda tóxica nos vende la idea de que la felicidad es una elección constante. Si estás triste, es porque no te esfuerzas lo suficiente. Si tienes ansiedad, es porque no meditas como Buda en ayunas. Esta narrativa, claro está, ignora cualquier factor externo: trabajo basura, sueldos ridículos, familiares intensitos y todas esas minucias sin importancia.
Recuerdo cuando una coach motivacional me dijo: «Tú eliges si quieres tener un buen día o un mal día» Estuve a punto de preguntarle si también elegía los atascos, las facturas o los domingos familiares en los que uno solo sobrevive a base de fingir alergias imaginarias.
Pero me contuve, no por respeto, sino porque ese día elegí no acabar abofeteando a nadie.
Conclusión: No siempre eliges tu día. A veces, el día te agarra por los pelos, te zarandea y te
recuerda que no todo depende de tu actitud. A veces simplemente sobrevives. Y con eso ya
tienes medalla de honor.
@Emecé Condado
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