Martes 13. Ana y María, ambas de 16 años, habían quedado para ir al cine por la tarde, a la sesión de las 20:30. Aquella misma mañana, sus novios las habían dejado, así que decidieron hacer algo juntas para distraerse y no pasarse el día llorando ni dándole vueltas a lo mismo. Aunque intentaban animarse mutuamente, el dolor seguía ahí, latiendo bajo cada palabra no dicha.
Habían quedado antes para pasear por las tiendas del centro comercial y merendar algo. Ana tenía los ojos hinchados; se notaba que había llorado más de lo que quería admitir. María, intentando sonar firme, le dijo:
—Vamos a las taquillas, anda. Necesitamos una buena dosis de risas. ¿Qué te parece si vemos la última comedia de Jim Carrey?
Ana asintió con una leve sonrisa, todavía apagada, pero agradecida por el intento. Después de sacar las entradas, se perdieron entre escaparates y conversaciones a medias. Hablaron de ropa, de series, de cualquier cosa que no fuese ellos. Al sentarse a merendar, Ana respiró hondo y dijo:
—A partir de ahora no voy a pensar más en Rubén. Se acabó. Voy a disfrutar de mi juventud… y tú deberías hacer lo mismo con Tony.
María bajó la mirada un instante.
—Lo intento… pero no me esperaba que fuera tan frío esta mañana —murmuró—. Ni siquiera fue capaz de mirarme a los ojos.
Ana frunció el ceño.
—Entonces no merece ni una lágrima más.
Con un bol grande de palomitas y refrescos en la mano, entraron al cine. Durante la película, las risas fueron auténticas, casi liberadoras. Reían sin control, hasta que les dolía la cara y la barriga. Por un rato, todo lo demás dejó de importar, como si el mundo se hubiese reducido a esa sala oscura y a su complicidad intacta.
Al salir, con el ánimo mucho más ligero, decidieron cenar algo antes de volver a casa. Caminaban comentando sus escenas favoritas cuando, de repente, María se quedó paralizada. Frente a ellas, a unos metros, estaban Tony y Rubén… juntos.
Y no estaban solos.
Cada uno llevaba de la mano a una chica distinta, caminando con una naturalidad que dolía más que cualquier palabra. Como si nada hubiese pasado esa misma mañana. Como si Ana y María hubieran sido solo un trámite.
María sintió un vuelco en el estómago. Le dio un codazo a Ana, señalando con discreción. Durante un segundo, el mundo pareció congelarse. Ana miró… y algo cambió en su expresión.
Pero, en lugar de romperse, soltó una carcajada.
Una risa inesperada, limpia, casi desafiante, que rompió el aire y terminó siendo contagiosa. María la miró, sorprendida… y, sin poder evitarlo, empezó a reír también. Las risas de ambas no pasaron desapercibidas. Tony y Rubén alzaron la vista y se encontraron con ellas. Durante un instante incómodo, las miradas se cruzaron. Ellos esperaban gritos, enfadados y reproches, quizá lágrimas… pero lo que encontraron fue justo lo contrario: dos chicas riendo sin poder contenerse.
Las nuevas novias intercambiaron miradas confusas. Tony carraspeó, incómodo, intentando recomponerse, mientras Rubén apretaba la mandíbula con gesto tenso. Aquella risa, lejos de parecerles insignificante, les cayó encima como una bofetada. Había algo en ellas que los dejaba en evidencia.
Sin decir nada, casi al mismo tiempo, ambos se dieron la vuelta, tirando suavemente de las manos de sus acompañantes, fingiendo indiferencia. Intentaron seguir caminando como si nada, como si no les afectara, pero en sus gestos había prisa, y en su silencio, una incomodidad difícil de disimular.
—Míralos —dijo Ana entre risas—. Ni un día han tardado… qué previsores.
María negó con la cabeza, aún riendo.
—Creo que nos han hecho un favor enorme.
—El favor del siglo —añadió Ana—. Imagínate seguir perdiendo el tiempo con alguien así.
Las dos se quedaron observándolos un instante más, pero ya no con tristeza, sino con una distancia nueva, casi liberadora. Luego, sin decir nada, se dieron la vuelta. Y mientras se alejaban, aún riendo, entendieron algo sin necesidad de decirlo en voz alta: lo peor ya había pasado. Porque no era el final de nada importante… sino el principio de algo mucho más prometedor y especial.
@Vanessa Zamora.
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