miércoles, junio 24 2026

Mora por Jesús Cello

Vuelve siempre a mí todo lo que viví con Mora. Su voz reina en las cosas comunes y se va mezclando con el rumor de la calle y la melancolía de los bares a punto de cerrar, con las palomas de la iglesia que remueven con el aleteo de sus alas el tiempo muerto en las ventanas y sobreviven incluso con una extraña dignidad a las inclemencias de un vendaval ciclónico y tenaz que nadie esperaba, trayendo consigo dentro de su furia de truenos y relámpagos, la promesa temeraria de desordenar el tiempo. Recuerdo cuando la besé despacio escapando a tiempo de la muerte segura del desamparo, bajo las luces famélicas de la madrugada de Septiembre, escuchando el silencio militar que sobrevivió a los siglos de la luna, percibiendo la fuerza y el sonido del espacio, inventando ficciones para no caer en el abismo, para no ser un pasado complaciente ni transmutar en un fantasma de papel, en un obrero de nostalgias, en un soldado del olvido.
Todavía tengo sus besos apretados en mi alma y los ojos bien abiertos por la desesperación de volverla a ver a través del cielo que me inunda de azules las ventanas, los pasos de la gente que resuenan como tambores y la cruz de mi destino recordando el fin de la noche y las curvas de su cuerpo en la forma de mis manos.
¿ De qué me servirán las ruinas del tiempo ? ¿ Para qué la cicatriz del olvido y el silencio infinito ?
Por eso éste amor aún me duele en toda el alma y el cuerpo, como las velas de los mártires, como la piel y la sangre, como las alas azules de un ángel rabioso que me nacen en la espalda, como ésta sonrisa de payaso maldito, como la secreta esperanza de un milagro atemporal y postrero entre el rey del plenilunio y una princesa de Venus congelada en el tiempo infertil del rencor. Recuerdos difusos que son tan solo una geometría imprecisa de fantasías disímiles, apenas una construcción de artificios improbables que me hacen ver la imperdonable soledad de una noche en ruinas y la distancia absoluta de sus pies de azúcar quemados por la danza. La vuelvo a ver a través de la nostálgica melancolía de un manojo de fotos amarillas que naufragaron a un libro antiguo, rescatado involuntariamente de un cajón de papeles perdidos.
Y cruzo la noche con cada paso furtivo y desecho la invención de pequeñas magias atroces buscándola por todas partes, con la agitación atormentada por la fiebre del deseo y la ansiedad, sin descanso, sin pausas, como un soldado en la vigilia rigurosa, en la tensa espera del amor, bajo los fríos muros del esplendor de la noche.
Busco esas palabras para tenderles trampas al azar, para abolir el caprichoso destino, para escapar de la pesadilla de la desesperanza imaginando al tiempo envejecer, militando en el ejército de los espíritus mutilados, palabras perdidas que vuelvo a sentir en las claves de los mensajes cifrados, en las cartas y los libros que leímos en refugios diferentes, en la terca certeza que todo nos fué prohibido, en el cruel ejercicio de esperar, en cada segundo imperdonable escalando la montaña de los años, en la cotidiana tortura de la incertidumbre mientras siento mi pecho temblar con sólo pronunciar su nombre, desatándome de inútiles juramentos y de vanas promesas, desesperado hasta lo inconcebible en la posibilidad cierta de no verla más, encadenado a la maldición de vivir como un loco en el desierto sin vida de la tierra, implorando ayuda como un enfermo abandonado, buscando auxilio en los ojos muertos de fantasmas sin memoria, suplicando de rodillas asilo para mí corazón, rogando volver a oír algún día la mágica y serena melancolía del reino de su voz.
@Jesús María Cello

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