Tras aquella bruma tan densa se ocultaba el mayor secreto que guardaba, un secreto que ni a sus mejores amigos les revelaba por buenas razones.
El objeto de su deseo era una preciosa diosa de ojos verdes esmeralda y cabellera caoba. La encontró en el transcurso de una de sus muchas misiones por los confines del universo. La halló encerrada en un gran bloque de hielo primigenio, se enamoró de ella y decidió descongelarla.
Cuando la hubo descongelado, la besó con ternura y ella se despertó. Primero se asustó; no conocía el lugar donde se encontraba. Él se había ocultado para no asustarla y había preparado una hermosa mesa donde había colocado dulces, viandas y pastelitos de melocotón. Ella vio la mesa y tuvo curiosidad; probó un pastelito de melocotón y saboreó el dulce sabor del melocotón, que era delicioso. Un carraspeo tras ella la hizo dar un respingo y volverse asustada..
—Tranquila, dijo él levantando las manos a modo de rendición.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella ojeandolo con curiosidad.
—Mi nombre es Erick y te he descongelado —refirió él calmadamente.
—¿Y este dulce manjar qué es? —preguntó curiosa.
—Son pastelitos de melocotón —respondió él dulcemente.
—¿Puedes traerme más? —dijo sensualmente.
—Claro que sí, pero antes, ¿me puedes decir tu nombre? —interrogó con cautela.
—Claro que sí, tesoro. Soy Elehil, la hija de Arhaor y Beharil —respondió ella insinuando.
—No hace falta que me seduzcas. Soy tu seguro servidor —dijo él mansamente—. Te traeré todos los pastelitos de melocotón que desees.
—No trato de seducirte, estoy tratando de saber si estás dotado —dijo ella, acercándose a él y agarrando suavemente su paquete. Notó que él era receptivo y lo besó apasionadamente.
—Pero antes de nada, quiero más de esto —dijo ella, señalando los dulces de melocotón.
Él salió raudo, pues el solo contacto de su mano lo había puesto como una moto.
Compro todos los pastelitos de la pequeña pastelería que había cerca de su casa, dejándolo a la dependienta anonadada; acababa de comprarle 500 pastelitos de melocotón. Mi novia se pirra por ellos —dijo como única explicación.
Salió disparado hacia la bruma donde ella estaba oculta. Llegó presuroso y le ofreció una gran bandeja de los más tiernos y dulces pastelitos.
—Vaya, sí que eres rápido, Erick —dijo ella con dulzura—. ¿Dónde vives, dulce Erick? —preguntó suavemente.
—Aquí al lado, Elehil —respondió como un corderito.
¿Me llevarías a tu casa? —preguntó ella, mordiéndose el labio.
Él tuvo que contenerse; no podía sacarla de la bruma por muy excitado que estuviera.
Antes de sacarte de la bruma, me gustaría saber de qué eres diosa —preguntó inocentemente.
—Soy conocida por ser diosa del amor y el deseo carnal —refirió ella, utilizando todos sus encantos.
Él sabía que si la sacaba de la bruma, lo abandonaría por otro mancebo más dotado que él, que contenía sus deseos al máximo, y le pidió algo de tiempo para preparar una vivienda acorde a una diosa.
Ella, complacida por la resistencia de aquel Adonis, le concedió el tiempo que necesitase, siempre y cuando le trajera más pastelitos de melocotón.
El trabajo afanadamente, con brío y tesón, le llevó un año y diez meses terminar un templo en la granja que había heredado de sus padres. Era el templo más exquisito de los que la humanidad hubiera edificado a ningún dios; era su tributo a su diosa. Tenía ocho estancias, una de las cuales era el dormitorio más encantador, con una hermosa cama con dosel de seda rosa. Las otras habitaciones las ideó con ayuda de Elehil; una fue especialmente utilizada para guardar los dulces presentes que ella gustaba disfrutar con delicadeza.
Llegó el ansiado día; él la llevó con docilidad y mansedumbre al más hermoso templo. Elehil, al ver la magnífica labor de Erick, lo besó con una pasión abrasadora. No sabía si estaría a la altura de los deseos de una diosa, pero ella lo arrastró al dormitorio y suavemente lo empujó con dulzura sobre la mullida cama. Aquella fue la primera de muchas noches de pasión que Elehil y Erick disfrutaron.
M. D. Álvarez
Imagen generada por Luzia
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