Apoyé el cuello en el cepo que estaba preparado. El verdugo, por un gesto de piedad y quizá para compensar tantas muertes, se inclinó simulando probar su hacha y murmuró a mi oído «será mejor que apoyes el cuello con firmeza; de ese modo todo terminará más rápido. Si no lo haces deberé dar varios golpes y puede ser más doloroso para ti».
Si. Aquello debía ser el fin, el tope del laberinto hasta el que podría llegar. Si hubiera podido rebasarlo, todo cambiaría, pero aquella muerte era el final propiamente dicho, la prohibición de empezar desde el principio hasta una nueva manifestación de mi ser. Yo luchaba por la paz y debía morir en la violencia. Esto era común. En el pasado habría sido un rey déspota, asesino que se aprovechaba de sus súbditos. Entonces era normal que aquel fuera mi final.
Nadie leyó mi sentencia. Mi captura estaba pedida desde hacía muchos años; habían matado a varios de mis discípulos, y lo que afectaba mi ejecución, es decir la posibilidad de un levantamiento, no asustaba a los lores.
El hacha del verdugo se levantó a mi lado, y yo murmuré el título del «Sutra del Loto» con firmeza, una y otra vez. De pronto todo se iluminó como si fuera de día. Después supe que la bola de fuego había cruzado el cielo del sudeste al noroeste, en menos de un minuto, pero bastó para que los caballos se encabritaran, los soldados huyeran y el verdugo dejara a un lado el hacha. Muchos de los presentes se posternaron y todo fue confusión en medio del terror que había producido el fenómeno. Nadie sabía entonces lo que era un cometa. Nadie había previsto su paso en el momento exacto de mi ejecución, pero allí, en ese detalle, estaba la ruptura de mi laberinto.
No me dejaron libre. Los lores se reunieron y me enviaron a la isla de Sado, cerca del Polo Norte, donde sobreviví a duras penas ayudado por discípulos que me traían vestidos y alimentos. Allí seguí recorriendo el laberinto. Allí escribí mi obra principal «La Apertura de los Ojos»; pude hacerlo porque mis ojos ya habían sido abiertos.
Las palabras del monje atrajeron a Aldana, que no advirtió una tercera figura, sentada calladamente a un costado. Cuando el anciano terminó de hablar y volvió a su rincón, lo percibió.
– ¿Borges?
El malevo Vidalita hizo un gesto de levantarse, pero Borges lo detuvo
– Está bien. Si llegó hasta aquí puede nombrar mi apellido.
– Sé que esto es una especie de sueño…
Se detuvo ante la sonrisa que adivinaba en el rostro redondo, escondido quizá deliberadamente en el sector donde no llegaba la luz. Aldana calló al referirse al sueño. Aquel era Borges; podría preguntarle muchas cosas. Su odio de juventud frente a la posición antiperonista y sus celos actuales habían pasado, sólo quedaba su admiración hacia él como escritor.
– Sé que usted está muerto, pero ayer hubiera querido volver a matarlo, y lo hice al tirar su libro al compactador; ahora, no sé cómo, estoy presa en su laberinto.
– Es halagador despertar tantas pasiones después de muerto. Siempre lo soñé para mi vida.
En el silencio que siguió a sus palabras ambos miraron al monje Nichiren que estaba con los ojos perdidos en algún punto frente a sí. Llevaba algo entre sus manos.
– Es un » yutsu» explicó Borges – una suerte de rosario budista pero a diferencia del cristiano representa un hombre, y sus cuentas son nuestras acciones, las causas y efectos que vamos acumulando. Mi viaje a Japón me ayudó mucho. Con él salí de Europa, seguí hacia el oriente y volví a estas costas. Me decía que estaba atrapada en mi laberinto. No se asuste. Siempre estamos atrapados en algún Laberinto. La diferencia es saberlo o no.
– Así es. No podría salir sola de este lugar.
– Ese es el error en casi todos los laberintos. La confusión es lo ilusorio. El laberinto se basa en el principio del espejo y el deseo de salir del mismo es la clave, la única clave para hacerlo. Mi laberinto es el universo entero, pero el universo no es una cárcel.
Pasaron algunos minutos y Aldana sintió de pronto un vacío dentro de sí.
– Si usted llegó hasta aquí es porque necesita elaborar su propio laberinto. Necesita perderse en él, vencer el monstruo que lo habita; en una palabra: necesita resolverlo. Este es mi laberinto, a lo sumo el de su esposo. Usted necesita el suyo; debe evitar que su vida derive lenta y vacuamente como una rosa sin pétalos.
A medida que Borges hablaba, Aldana sintió el deseo intenso de salir de allí; el monje, Borges y el malevo se fueron disolviendo. Un torbellino la arrastró sobre sus pasos, volvió a ver la sombra del monstruo, el toro que andaba en dos pies exhibiendo sus cuernos, hasta que el vórtice que la había llevado hacia allí se invirtió y se encontró en el sótano, debajo de la caja compactadora. Tomó el libro de Borges de su esposo que estaba en el piso; antes de cerrarlo, comprobó que a pesar de la humedad del lugar, la tinta de las anotaciones no estaba corrida. Más allá el viento golpeaba la puerta de salida como una señal, y se dirigió hacia ella.
– Aldana, ¿no lo habías tirado al compactador? Lo daba por perdido….
– Si, pero lo recuperé.
Lázaro estaba tan concentrado mirando el libro, abriéndolo y cerrándolo con manos temblorosas de emoción que no advirtió el cambio en la mirada de su esposa. De inmediato, empezo a repasar sus anotaciones, y a agregar otras, a trabajar sobre él como si nunca hubiera dejado.
Era el mediodía. Aldana preparó una sopa y la sirvió. Mientras comían Lázaro siguió con el libro.
– Lázaro, necesito mi propio laberinto.
– Claro que sí , querida, todos lo necesitamos.
Después de comer él se quedó en la mesa de la sala, con el libro abierto frente a sí y tampoco advirtió que Aldana preparaba dos grandes bolsos con ropa, libros y sus cosas. Tampoco la escuchó hacer los llamados telefónicos.
– Mabel…mirá me voy a separar un tiempo de tu hermano. Quisiera que vengas a hacerte cargo… no puede valerse por si mismo. Necesita que le hagan las compras, que sus comidas sean sanas, sin sal, que le den los remedios a horario y especialmente que no fume… si, en realidad no sé si será temporario.
Colgó y llamó a su amiga
– Carolina ¿aún tengo tu ofrecimiento para pasar una temporada con vos? ¿Es muy pronto si voy esta noche…? Si, nos arreglamos con un par de pizzas por lo demás ya veremos… Gracias, nos vemos a eso de las ocho.
Lázaro levantó la cabeza del libro cuando a eso de las siete Aldana llamó a un taxi.
– ¿Vas a alguna parte?
– Ya te lo dije, a buscar mi propio laberinto.
– ¿Es que no lo podés encontrar acá…?
– No – Ella se despidió con un rápido beso: el taxi acababa de llegar y no contestó cuando Lázaro le preguntó gritándole
– ¿Vas a volver…?
En el taxi dio la dirección de su amiga y suspiró aliviada. El automóvil se alejó del centro y tomó por barrios laterales, con menos luz artificial, donde se veían con más claridad las estrellas y la luna.
El cielo ya parecía un enorme laberinto.
@Gocho Versolari
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