A veces la oigo reír,
como un eco gastado en los huesos,
una risa que viene de lejos,
de un cuarto cerrado en mi pecho.
La niña está muerta, lo sé,
pero camina descalza en mis sueños,
juega con piedras, dibuja silencios
y me mira con ojos de enero.
No tiene edad ni tiempo preciso,
murió cuando yo aprendí a fingir,
cuando empecé a decir «estoy bien»
mientras sangraba de adentro hacia mí.
La niña no tuvo un entierro,
ni lágrimas, ni despedida,
solo fue apagándose lento,
como una vela sin brisa.
A veces le hablo bajito,
la llamo por nombres que invento,
me responde con voz de abandono,
con la dulzura de un miedo.
No hay paz en tenerla tan cerca,
ni alivio en saber que aún respira
debajo del polvo que escondo,
debajo de todo lo que olvido.
Ella es mi sombra más niña,
mi ternura partida en mitades,
la herida que nunca supura,
el jardín que no sabe de edades.
Y aunque no vuelva jamás,
yo cargo su risa pequeña,
como quien lleva un retrato
de una infancia que ya no se enseña.
@Lia NCL
@Dibujo Lia NCL.- (Registrados derechos de autor)
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