domingo, julio 5 2026

BRAZOS CAIDOS EN EL MUNDO by Neus Bonet i Sala

—¿Por qué no tenemos comida papá? – pregunta Nora.

¿Cómo decirle a una niña de cuatro años que estamos en medio de una guerra formada por intereses de países ávidos de poder?

No puedo ir a por un saco de harina, pues ayer murió mi hermano y mi hijo mayor de camino al camión de ayuda humanitaria. Fueron ametrallados por los soldados israelitas.

Mi mujer falleció entre los escombros de nuestra casa, bombardeada hace dos meses.

Mi hijo, de seis años, murió de un tiro en la cabeza, mientras jugaba en la calle, por soldados israelíes. Corrí con el niño al hospital y los médicos extranjeros me dijeron que harían lo posible. Dos horas más tarde, el hospital fue bombardeado, se quedaron sin luz en medio de la operación. Solo pude despedirme de mi hijo en un funeral corto, junto con más niños, que fueron enterrados en una fosa común.

Hoy quedamos mi hija y yo, de toda una familia de veinte personas.

Mañana nos iremos hacia el sur con otra familia destrozada. Intentaremos llegar a la costa y, con suerte, encontrar alimentos y agua para los dos.

Mi hija duerme entre mis brazos, con el ruido de las bombas de fondo, como si fueran nanas, cantadas por los ángeles de la muerte. Su tez es pálida desde hace una semana, y le cuesta andar, pero es toda una guerrera, luchando contra el hambre y las muertes desencadenantes de un viejo, que nos quiere masacrar y otro de Occidente, que quiere nuestras tierras para hacer un resort para ricos.

No entiendo porque nuestros hermanos musulmanes no nos ayudan. No entiendo porque nos dan la espalda. No entiendo porque nadie para los pies a ese judío del que cree tener razón, y asesina a nuestros hijos y nuestras familias.

¿Acaso somos las fichas negras de un ajedrez, donde la partida tiene que ser ganada por las blancas, aunque tenga el rey en jaque mate?

Mi niña sigue durmiendo, no sé si despertará, su tez se tornó blanca y no siento su corazón.

Ya no habrá un mañana para ella.

Y yo marcharé con las manos vacías y el corazón roto. Todo a causa de los brazos caídos del mundo, que nos dan la espalda y se dejan vendar los ojos.

 

Neus Bonet i Sala


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