Los observo desde la distancia —no me atrevo a invadir ni un milímetro de su espacio, ni un segundo de su tiempo—. Dos toallas amarillas y una sombrilla naranja que destacan en la inmensidad azul como un faro que anuncia la orilla. Dos melenas canas y las miradas que hablan sin palabras. Los años los han hecho cómplices.
Caminan de la mano y se sonríen para entrar al agua: clara, transparente, eterna en su vaivén. Como ellos.
Imagino sus vidas. Más de sesenta años juntos y aún se miran con tanto amor que dan envidia a quien se atreve a observarlos sin ser indiscreta pero con el anhelo de saber cómo sus silencios hablan más que millones de palabras.
Nadan. Se sonríen. Hablan. Quizás de lo que harán después, quizás del ahora, quizás de lo de siempre.
Vuelven a salir de la mano. Él la sujeta con fuerza para que no tropiece en la orilla, las olas son traicioneras y no se lo perdonaría. En los buenos momentos —también en los malos, aunque de esos hay menos—.
Me gusta imaginarlos felices. Para siempre. Desde siempre.
Dos toallas amarillas iguales, inseparables. Una sombrilla naranja para resguardar los sueños que aún les quedan por cumplir.
Dos vidas. Un solo latir.
Y yo feliz de verlos.
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