domingo, julio 5 2026

Wish you were here: ojalá estuvieras aquí de Jesús Marchante Collado

 

Hay cosas que a uno lo ponen en su verdadero sitio durante el proceso vital de su vida: libros como, Frankenstein, Drácula, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El corazón de las tinieblas, Las penas del joven Werther, El retrato de Dorian Gray, La Metamorfosis, Memorias de Adriano, El libro I del Capital, y un larguísimo etcétera. Películas como, Metrópolis, 2001, una odisea del espacio, Blow Up, El último tango en París, Cowboy de medianoche, Lo importante es amar, Desayuno con diamantes, y un larguísimo todavía más etcétera. Músicas como, toda la clásica, el Jazz, The Beatles y algunos discos, como este que encuadra el texto que estoy escribiendo.

Wish you were here, lo sacan los Pink Floyd en 1975. Ese título, era impronunciable para mí, por aquel entonces, e incluso lo sigue siendo ahora, cuando escribo. Cuando, finalmente, conocí el disco, siempre me refería a él como: “¡ah, sí, el disco de los dos hombres que se estrechan las manos!”. 

En enero de 1976, mis huesos dan, después de la inevitable instrucción militar en el CIR número 10 de Zaragoza, con un Depósito de sementales (el quinto para más señas), también en esa misma ciudad. En ese extraño cuartel, dirigido por militares fascistas, intento resistir el largo y obligado “confinamiento”, de la mejor manera posible. Me encuentro con algunos reclutas que, como yo, militan en la extrema izquierda clandestina: aunque de ello sólo hablemos el pequeño grupo de cuatro personas que lo conforman, y siempre, como es lógico, tomando todas las debidas precauciones para no ser descubiertos. Tengo el privilegio de poder localizar a esos militantes antifascistas, porque estoy en la oficina del llamado “Escuadrón”, y cada vez que llega un nuevo reemplazo, al mirar la lista de los nuevos reclutas que me entrega el Capitán para darles de alta, observo al lado de algunos de esos nombres una anotaciones con lapicero rojo y azul: Una P, marcada en rojo, identifica a los que están fichados por ser militantes políticos antifascistas, y haber sido detenidos en alguna ocasión; en cambio, una C, marcada en azul, indica que son presos comunes que han estado en alguna de las cárceles del Estado. Por eso, con mucha discreción, cuando pasan algunos días, trato de contactar con ellos. La sorpresa se refleja en sus caras. No obstante, enseguida los tranquilizo diciéndoles que trabajo como “furriel” en la oficina del cuartel y que por eso tengo esa información. Por supuesto, les digo que yo también soy un militante antifascista, como ellos, pero que no estoy fichado. Esa información llega a los cuarteles porque el SIM (el servicio de inteligencia militar) sigue plenamente activo, a pesar de que el dictador haya muerto hace ya algunos meses. Esa contingencia que acabo de relatar hace algo más soportable el aire enrarecido que se respira en ese viejo acuartelamiento que tiene un cierto aire estético en su vieja estructura arquitectónica. 

Con todo, la izquierda (a nivel mundial) ha sido derrotada hace ya tiempo: el modo capitalista de producción reina sin apenas oposición. Se podría, incluso, decir que se ha quedado completamente solo en el escenario: no tiene ni tan siquiera la más mínima posibilidad de contrastarse con un sujeto político distinto a él mismo. De eso dan fe algunas películas: Cowboy de medianoche, de 1970, dirigida por un iluminado John Schlesinger, es con toda seguridad una de ellas. Habiéndola visto, de nuevo, hace tan sólo unos pocos días, compruebo que, después de cincuenta y cinco años, sigue sin envejecer ni un ápice. Blow up, rodada por Antonioni en el ya desaparecido Londres de 1966, es otra de ellas. Sin embargo, señalaré a las lectoras y lectores una saga de la que, tal vez, no podrían sospechar que también hablase de esa derrota sin paliativos: me refiero a la trilogía de La guerra de las galaxias, dirigida por George Lucas entre 1977 y 1983. Al margen de esa derrota política, a escala internacional, en España estamos muy ilusionados ante la posibilidad de recuperar la democracia que nos arrebató el golpe de Estado fascista de julio de 1936.

No obstante, volvamos al disco de los Pink Floyd. Lo empiezo a escuchar en el verano de 1976, en Donostia (San Sebastián). En los primeros días de ese verano, durante mis vacaciones reglamentarias, dentro de ese nefasto servicio militar obligatorio, acudo a visitar a una de mis amigas vascas, en su pequeño pueblo natal: Itsasondo (Isasondo, en esa época), apenas a tres kilómetros de una ciudad algo más conocida: Ordizia (Villafranca de Oria, primero, y desde 1970, Villafranca de Ordizia), lugares de la denominada zona conocida como el “Goierri” (Goyerri, entonces), donde uno se podía encontrar con militantes radicales vascos, incluida ETA, en cualquiera de los bares y tabernas que frecuentaba la juventud vasca. Cabe decir que la ley de amnistía política aún no se ha promulgado, y, por supuesto, el Estado tampoco es democrático. 

Después de pasar un par de días en la casa de mi amiga, donde su familia (en particular, su madre y su abuela materna) que ya conocía desde hacía algún tiempo, me acogieron como siempre, con enorme cariño y simpatía, viajamos hasta Donosti, donde residían otras dos de mis amigas de Itsasondo, que cursaban estudios de Magisterio. En el piso de aquella calle que no he podido olvidar, San Martín, 51, en la sexta planta, compartía piso con ellas, otra chica que también estudiaba esa carrera. Era de un pequeño pueblo, de esa comarca antes citada, llamado Segura. Nada más presentármela, saltó la chispa entre nosotros. Después de dos o tres días (en los que no pasó nada entre ella y yo, sólo nos tanteamos), viajé hasta mi pueblo natal. Quería estar unos días con mis padres, mis hermanos, y mi abuela materna, que aún vivía por aquel entonces.

Sin embargo, a los pocos días de haber llegado (aún recuerdo la animada charla, no exenta de algún que otro reproche, con todos y todas en aquel patio, donde se solía estar bastante fresco, a la que se había incorporado mi prima de Madrid, en cuya casa había estado viviendo años atrás, antes de comenzar a trabajar en el verano de 1971), me planteo viajar de nuevo hasta la capital guipuzcoana. Tengo la sensación de que me he quedado prendado de esa chica que he conocido días atrás. Mis padres y mi propia abuela, a la que yo quería de una manera especial, por diversos motivos, no eran muy partidarios de que yo hiciese ese largo viaje otra vez. Les parecía más prudente que acabara mis vacaciones, antes de tener que volver al cuartel de caballos, en Zaragoza, en la casa familiar. Curiosamente, mi guapísima y queridísima prima salió, sorpresivamente, en mi defensa, incitándome a que hiciese ese viaje y que no hiciera mucho caso a lo que me acababan de advertir. Así que, al día siguiente, en compañía de un amigo pintor, también de mi mismo pueblo, viajamos hasta Madrid, para proseguir por la noche viaje hasta San Sebastián. A mi amigo le apetecía volver a ver a las chicas de Itsasondo, que ya conocía desde hacía algunos años. Por supuesto, le hablé de mis sentimientos hacia esa nueva mujer que había conocido días atrás. La chica y mis amigas no se extrañaron en demasía que yo hubiera vuelto a aparecer por la ciudad. Es como si mi cara, en mi anterior visita, ya hubiera expresado y dicho todo, sin que yo hubiese verbalizado nada en concreto. Mi amigo y yo pasamos unos días deliciosos en esa ciudad burguesa y espléndida que era y sigue siendo San Sebastián, en compañía de todas ellas.

Ya de vuelta en el cuartel, cada vez que podía librar un fin de semana, hacía auto stop para viajar hasta Euskadi y poder verla. Nos empezamos a escribir cartas, como muchos años antes habían hecho gentes ilustres como Gustav Mahler con Alma Schindler, o Franz Kafka con Felice Bauer. Cada vez que el soldado encargado del correo, a la finalización de la comida, leía en voz alta mi nombre, anunciándome que tenía carta, mis ojos se iluminaban y un cierto escalofrío, muy placentero, recorría todo mi cuerpo. Las cartas de ella, (que aún conservo, tantos años después, casi cincuenta) hacían, sin lugar a ninguna duda, más llevadero aquel “confinamiento” forzoso. Es que, a fin de cuentas, yo me había enamorado.

Nos escribíamos con bastante frecuencia. Qué enorme placer poder comunicarse mediante esas misivas escritas a mano, donde a pesar de que el “yo”, pueda quedar algo desdibujado, es inmensamente más rico que el que puede expresarse hoy en día con las tecnologías que tenemos a nuestra disposición. Ni siquiera el teléfono da buena cuenta de lo que uno siente o piensa: incluso puede dar lugar a ciertas confusiones. De no poder verse en vivo, reivindico las cartas, como herramienta de comunicación en una relación amorosa, por encima de cualquier otro medio, por muy avanzado que pueda parecer este.

En una de mis escapadas a San Sebastián, ya sé que no voy a recalar nunca más en el piso de San Martín, 51, cuya puerta de entrada a ese edificio aún puedo visualizar por las filigranas art-nouveau que decoraban su estructura de madera. A mis amigas les habían ofrecido la posibilidad de cuidar de una residencia (con iglesia incluida) que estaba abandonada, y a cambio no les cobraban ningún tipo de alquiler. Estaba en una zona alta de la ciudad, frente a la playa de la Concha, llamada Miraconcha. 

La primera vez que llegué a ese nuevo lugar donde residían todas mis amigas, y algún otro chico, me quedé bastante impactado. Conocí, incluso, a un amigo de mi novia, especialmente simpático, y de una educación exquisita (que no he olvidado), que nos llevaba en su modesto seat 600, a recorrer la ciudad, y a comer un buen besugo fresco, cocinado a la parrilla, en los alrededores de San Sebastián.

Pero, con todo, lo que realmente empezó a impactarme es cuando nos perdíamos por los innumerables pasillos y acabábamos en alguna de las ciento de habitaciones que tenía esa inmensa residencia, de varios pisos. Mientras estoy escribiendo, acude a mi memoria el Hotel Overlook, del magnífico film de Stanley Kubrick: The Shining (El Resplandor). No es que la residencia donde vivían mis amigas se pareciese al Hotel Overlook; no obstante, esos largos pasillos y corredores, y las innumerables habitaciones, lo podrían llegar a asemejar.

Ahí comenzaba todo. Ella y yo no parábamos de follar: éramos muy jóvenes y nos apetecía hacerlo a menudo. Pero lo extraordinario (al margen de todo) era que siempre acompañábamos nuestro apasionamiento sexual con el LP de los Pink Floid, que poníamos en un viejo tocadiscos que poseían ellas. Era la primera vez que escuchaba esa música tan especial. Wish You Were Here, comenzada por la cara A con un tema que nos ponía ya muy a tono. Esa música lenta y sinfónica hacía que me olvidara por completo de mi vida en el cuartel de caballos, y de toda la vida en general. Puedo recordar cómo ese inicio del LP producía una miríada de besos profundos en los que nuestras bocas eran una sola. Sus labios eran la delicia más exquisita. A medida que la música iba avanzando, también lo hacíamos nosotros. Nuestros cuerpos desnudos se pegaban como ventosas. El sonido de las guitarras eléctricas y los sintetizadores, que de modo tan exquisito nos hacía llegar el grupo británico, me sumían en un frenesí inacabable. Cuando después de casi nueve minutos de música celestial, irrumpía la voz solista del grupo y se oía esa risita, de fondo, de otro de los miembros del grupo, ya no éramos dueños de nosotros mismos. Follábamos a toda pastilla, con una pasión que casi he olvidado. Esa música me transportaba (nos transportaba) a alguna especie de paraíso. Antes del final del primer corte, sin que apenas comenzase a sonar el tema: Welcome to the machine, nos habíamos poseído por completo. Quince minutos de un éxtasis sonoro ininterrumpido. El segundo tema de la cara A, ese que acabo de escribir, nos dejaba abrazados, algo derrengados y exhaustos, con la adrenalina vertida hasta la última gota. No obstante, en alguna de las ocasiones, este tema también ilustraba, sonoramente, nuestras apasionadas acometidas sexuales.

Have a Cigar, que es el tema con el que arranca la cara B del disco, nos solía sumir en algunas reflexiones: ese corte nos llevaba a dirimir cuestiones sobre el futuro, el trabajo, y el amor, por supuesto. Todo bastante alejado de los impulsos más primarios que habíamos experimentado con toda la cara A.

Cuando empezaban a sonar los primeros compases del tema que da título al LP, las cosas cambiaban sobremanera. Una cierta melancolía, tal vez aderezada con un toque de tristeza, nos cogía siempre por sorpresa. Nada más y nada menos, ese título, en español, significa: ¡Ojalá estuvieras aquí! Y aunque estábamos juntos, es como si quisiéramos gritarla a los cuatro vientos,

El último corte de la cara B con el que se cierra esta magnifica obra es: Shine On You Crazy Diamond (Partes 6-9), porque el primer corte de la Cara A lleva el mismo título, pero corresponde a las partes 1-5. Sin nada que ver con el tema de la primera cara, a pesar de llevar el mismo título, también nos sumergía en una pasión sin barreras. La intensidad sexual, no obstante, la vivía de manera algo diversa. Lo recuerdo perfectamente: era como sexo sin amor, pero no porque fuese sólo sexo, sino porque el amor parecía que se esfumaba entre nuestros frágiles cuerpos.

Los últimos tres minutos y medio de este tema, que tiene una duración de 12:27, son algo descorazonadores. El orgasmo que habíamos conseguido alcanzar ambos, se nos iba como por una especie de desagüe que no podíamos taponar. El disco concluía sin esperanza alguna. Se imponía la ausencia del título del LP: ¡Ojalá estuvieras aquí!

Han pasado casi cincuenta años de aquella historia, pero permanece casi intacta en mi memoria. No he vuelto a releer aquellas cartas (las que ella me escribió, de las mías, con toda seguridad, se desharía, o las perdería, hace ya mucho tiempo), tal vez ahora lo haga. Tengo claro que, en estos momentos de mi vida, en los que naufrago, entre las fauces del viejo modo capitalista de producción (la subsunción real, como lo denominaba, en última instancia, mi amigo Karl Marx) quiero gritar con todas mis fuerzas: ¡Ojalá estuvieras aquí!, que no va dirigido, por el momento, a nadie en concreto. Pero que, sin ninguna duda, no se refiere a un hombre, a un perro, a un gato, a un pájaro, o a un burro, sino a una mujer desconocida que, tal vez, me aguarda en algún lugar.

 

POSTFACIO:

 

Al llegar a casa, sé que algo va a suceder porque en mi cabeza sigo dándole vueltas al texto que acabo de escribir. Prácticamente, de forma automática, voy hacia uno de los anaqueles de mi biblioteca (donde sé que están guardadas esas cartas a las que me he referido en el texto) y extraigo el paquete, de entre otras cartas de diversos remitentes, de misivas de aquella muchacha. Las despliego en la mesa donde trabajo como pintor y dudo si husmear en alguna de ellas. Tras unos minutos de cierta vacilación, saco algunas cuartillas de uno de los sobres y empiezo a leer. No obstante, enseguida interrumpo la lectura porque no me apetece lo más mínimo indagar sobre esa historia, a través de la materialidad de esas hojas que he conservado, porque la luz eléctrica no me parece la más apropiada para ese menester. Decido dejar todo ese ejercicio sobre mi memoria amorosa para el día siguiente, cuando la luminosidad de la mañana alumbre esos viejos sobres y su contenido. Sin embargo, sé una cosa; o, al menos, me voy a ir a la cama con una cierta idea sobre todo ese asunto. Si las cartas de aquel primer amor tan lejano siguen produciéndome un cierto temblor, trataré de hacer algún movimiento para encontrarla a ella.

A la mañana siguiente, tras un sueño interrumpido (como me sucede últimamente bastante a menudo, quizás porque trasnocho demasiado) en varias ocasiones, a lo largo de la espesa, y aún calurosa, madrugada, tras tomar mi desayuno me pongo de inmediato a la tarea que había interrumpido la noche anterior. Una vez que he ordenado cronológicamente las cartas, comienzo con su lectura. Cuando llevo ya cuatro o cinco (son dieciséis en total), un impulso me lleva a realizar ese movimiento sobre el que había pensado la noche anterior. Busco en el bendito Internet el teléfono del ayuntamiento de donde ella era natural. Con alguna incertidumbre (el asunto de la protección de datos y otras formalidades similares, hacen que dude), una vez hallada esa información, me dispongo a efectuar esa llamada. Por dos veces, al ver que en la pantalla de mi teléfono móvil aparece el texto: “Piscina Municipal, etc…”, decido colgar inmediatamente. Reviso la información, y verifico que ese número de teléfono que estoy marcando es el correcto y, además, es el número del ayuntamiento en cuestión. A la tercera, decido no colgar. Enseguida, una voz joven de mujer me habla en euskera. Yo, muy educadamente, trato de articular unos buenos días en esa lengua tan difícil: “Egunon”. Inmediatamente vuelvo al castellano, y ella automáticamente me responde en la única lengua en la que podemos entendernos. No sé muy bien cómo abordar el asunto; sin embargo, salgo enseguida del atolladero: de manera tan rápida, que mi interlocutora no llega a advertir que se haya podido producir ningún tipo de pausa. “Verá usted”, comienzo diciendo… Y prosigo: “Hace muchos años, allá por 1976, yo tenía una novia que era natural de esa población…No sé si habría algún modo de averiguar por dónde puede parar hoy en día…” La funcionaria, a la que antes le he dicho lo del texto que me salía de la piscina, y que me había confirmado que ese número era el correcto de la institución local, sin plantear en ningún momento el asunto de la protección de datos, me pregunta por los datos personales de aquella chica, que yo le proporciono. Le hago la observación de que ella nunca usaba su nombre de pila en euskera, sino en castellano. Cuando le digo su apellido, incluso me dice si firmaba con t y x, o sin esas letras. Me doy cuenta, enseguida, que estoy ante una persona muy profesional y diligente. Incide, preguntándome si sé su segundo apellido, a lo que yo, de manera distendida, le digo que los vascos y las vascas casi nunca usan su segundo apellido. En ese momento pienso en el representante que tenía hasta hace bien poco el PNV (Partido Nacionalista Vasco) en el Congreso de los Diputados: Aitor Esteban. En ningún momento, aparecía en los rótulos correspondientes su segundo apellido. Es verdad, qué en esas instancias oficiales, tampoco aparecen los segundos apellidos del resto de los diputados que no son vascos. No obstante, en la vida no oficial, los vascos nunca utilizan el segundo apellido. Ella se ríe y opta por darme la razón. “No importa – prosigue – puedo mirar el padrón y otros documentos y seguro que encuentro algo. Dígame su teléfono y en unos minutos le vuelvo a llamar…” Le doy las gracias, todavía muy impresionado por esa amabilidad – y falta de obstáculos – que ha desplegado ante mí. Cuelgo, y espero, pacientemente, que me devuelva la llamada. Desde luego, no puedo ni imaginar hasta qué punto mis expectativas se van a ver completamente satisfechas. He pensado – como mucho – que podrían indicarme si reside en esa población o ya no constan datos del paradero de esa persona.

A los pocos minutos, mi celular comienza a vibrar (nunca lo tengo en sonido) y veo que aparece en la pantalla el teléfono de la Piscina Municipal (que es, como ya sabemos, el del ayuntamiento). Nada más descolgar, reconozco la voz de la funcionaria que me había atendido anteriormente, que me espeta así, sin más preámbulos: “La hemos localizado, hemos hablado con ella y nos ha autorizado a que le facilitemos su teléfono y nos ha dicho que la puede llamar cuando quiera…”. Yo, absolutamente perplejo, apenas acierto a decirle: “¿Cómo, que la han localizado? Esto es mucho más de lo que yo hubiera podido imaginar…” “Pues sí – me responde ella – tome nota de su número de teléfono, si quiere, y ya puede ponerse en contacto con esa persona”. Le pregunto si me puede decir en qué población o ciudad se encuentra, y, al decírmelo, le respondo que he estado muchas veces en ese lugar. Ella me comenta que ha nacido en esa población. Le digo incluso que yo he ido a pie desde otra población cercana (en torno a los tres kilómetros) en la que residían otras amigas mías, en numerosas ocasiones, sin tener que coger el tren o el autobús. Se ríe, porque me dice que su madre es natural de ese pueblo del que son también naturales mis amigas. Los dos flipamos por esta azarosa coincidencia. Sólo en ese momento, yo le digo que estoy llamando desde Madrid. En la primera llamada, sólo le había indicado mi nombre, ni tan siquiera ninguno de mis dos apellidos. Le doy las gracias de manera repetida, y le digo, incluso, que, para mí, los vascos son gentes educadas, acogedoras y con sentido común. Y le digo aún más: que yo conozco bien Euskadi desde 1972. Sobre todo, Gipuzkoa. Nos despedimos de manera muy afable.

Tras esa fuerte impresión, al mirar ese número de teléfono que he anotado con mi lapicero de hacer bocetos, tomo aire antes de decidirme a llamarla. En realidad, yo creo que no dejo pasar ni dos minutos cuando ya estoy marcando ese número que me acaban de proporcionar desde el ayuntamiento. Sin embargo, cuando dejo que suene varias veces, acabo colgando porque no hay respuesta. Mientras pienso qué es lo que habrá pasado para que no me lo coja, mi móvil vibra y veo que es ella la que ahora me está llamando. Lo cojo, y pronuncio enseguida su nombre. Reconozco su voz de inmediato: una voz que no había vuelto a oír desde aquel lejano 1977. Puedo notar, en el tono de su voz, que ella está emocionada. Nos partimos de la risa cuando me cuenta cómo ha sucedido todo. La funcionaria del ayuntamiento tenía el teléfono de un familiar de ella que seguía viviendo en esa localidad y es la que le proporciona el teléfono. Pero nos partimos cuando me dice que esa empleada le dice: “Hay un señor español, porque su acento no es de Euskadi, que se llama Jesús, que quiere contactar con usted”. Ella le responde: “Sí, sé quién es: Jesús Marchante, por supuesto dele mi número de teléfono y dígale que me llame cuando pueda…”

La conversación se alarga casi una hora. Los recuerdos se nos agolpan. Bueno, claro, han pasado cuarenta y nueve años. Decidimos seguir en contacto y quedo en enviarle algunas imágenes de mi trabajo de ahora que ella desconoce por completo. Recuerda el tipo de dibujos que yo realizaba por aquel entonces, que en nada tienen que ver con el trabajo de mis años posteriores. También le explico que el origen de este reencuentro es este texto que estoy escribiendo. Mientras lo acabo, le digo que le voy a enviar algunas cosas que he escrito para que sepa con quién se está jugando los cuartos.

Los siguientes días me llama siempre ella, cuando está libre. Alaba mis pinturas y me dice, también, que le gusta como escribo. ¡Qué mas puedo pedir! Cuando lee mi texto sobre Remedios Varo, se entusiasma con la idea que ella tenía sobre la “amistad amorosa”. Me dice que ella está por eso mismo que estaba la Varo y otras mujeres libres de los años treinta del siglo pasado, en nuestro país de la Segunda República. Me siento muy feliz. Mientras tanto, he acabado de leer las dieciséis cartas que llegó a enviarme. Las mías, me cuenta, junto a otras cosas personales, se perdieron en un pequeño incendio que acaeció hace unos años en su domicilio. Eso sí, me cuenta que aún conserva el libro de Vincent Van Gogh que yo le había regalado en aquellos años.

Al releer sus cartas me doy cuenta de la inteligencia de aquella muchacha de 21 años. En una de ellas llega a decir que: “aunque te estoy escribiéndote a ti, Jesús, en realidad es como si sólo lo estuviera haciendo a mí misma…” Descubro que leía a Bertolt Brecht, a Kafka, y que escuchaba la sinfonía “Patética” de Tchaikovsky; también descubro que acababa de ver una representación de la obra de Federico García Lorca: La casa de Bernarda Alba, que la había dejado sin palabras.

Sé, sabemos los dos, que ya no volveremos a perdernos, y que en algún momento: “volveremos a encontrarnos, no sé dónde, no sé cuándo…”, como dice la canción, “We’ll Met Again”, que suena en el final de la película de Stanley Kubrick: ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú, mientras estallan bombas nucleares.

 

La imagen de la izquierda es la portada del LP de los Pink Floyd: “Wish You Were Here”, que al volver de mi servicio militar acabé comprando; también poseo el CD, que compré cuando apareció ese sistema de reproducción, que procura una audición más rápida.

 

La imagen de la derecha es de la cara 2 de ese LP con la carátula en la que se intuyen los brazos de dos supuestos robots que se estrechan las manos.

 


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