Hace poco escuché una charla sobre la intolerancia y, lo confieso, salí con la cabeza hecha un nudo. La definieron como esa incapacidad de aceptar que alguien piense distinto a nosotros. Sencillo, ¿no? El detalle es que, en la práctica, eso significa pleitos de sobremesa, discusiones políticas interminables y, si nos ponemos extremos, guerras santas y persecuciones.
El punto que más me sacudió fue este: para que cualquier relación funcione hacen falta dos cosas elementales, casi infantiles. Una: reconocer la subjetividad, es decir, que cada quien ve la vida con sus propios lentes (y no todos tienen aumento ni filtro de Instagram). Y dos: la reciprocidad, ese viejo truco de “si yo doy, espero que tú también me des”. Pero cuando esas dos piezas faltan, la intolerancia no tarda en aparecer con su sonrisa amarga.
Lo curioso es que no nacemos intolerantes por capricho, sino porque así nos moldean. La genética nos regala algunas predisposiciones, la familia nos programa, la cultura nos condiciona… y nosotros, orgullosos de nuestra “normalidad”, señalamos a los demás como bichos raros. Lo que para mí es sagrado, para ti es ridículo. Y lo que tú llamas costumbre, yo lo llamo aberración. Maravillosa receta para el desencuentro.
El resultado es un círculo vicioso: creemos tener la razón absoluta, nos frustramos porque los otros no lo reconocen, endurecemos la postura y acabamos más rígidos que estatua de mármol. Y claro, si a esa rigidez le añadimos ignorancia, la combinación es explosiva: persecuciones, violencia, guerras, genocidios… todo en nombre de la “verdad”.
En este punto, pensé en la palabra mágica: tolerancia. Tan manoseada que ya parece eslogan publicitario. Mucha gente cree que tolerar es aguantar. Pero no. La verdadera tolerancia consiste en pensar que el otro está equivocado, pero aun así respetar su derecho a equivocarse. Algo así como decir: “Sé que te hundes, pero no pienso quitarte el flotador”.
Eso sí, no confundamos tolerancia con indiferencia. La indiferencia es cuando ni me inmuto; la tolerancia, en cambio, duele un poco, porque implica que me importa lo que haces, aunque no lo comparta. Y ojo: la tolerancia tiene límites. Locke ya nos lo advirtió hace siglos: no todo se puede tolerar, porque hay cosas que destruyen la base misma de la convivencia.
Se han propuesto varias teorías al respecto. La del permiso, donde el poderoso magnánimamente nos deja vivir como queremos (hasta que se aburra). La de la convivencia, que busca evitar el derramamiento de sangre en la cena de Navidad. La democrática, que suena más civilizada porque nos da reglas comunes. Y la del respeto absoluto, que es muy bonita en papel, pero en la práctica conduce al caos: todos respetándonos tanto que nadie se atreve a decir nada.
Y entonces, como si el tema no estuviera ya lo bastante enredado, aparece el nihilismo para recordarnos que, al final, todo dogma es un disfraz. Nietzsche se llevó la fama, pero la fiesta empezó mucho antes: Lucrecio, Séneca, La Celestina, Turguénev, Dostoievski… Todos ya sospechaban que la libertad no cabe en lo permitido por la ley. Que siempre estamos cambiando un dios por otro: ayer era Yahvé, hoy es la democracia, mañana será el cambio climático o la inteligencia artificial.
La consecuencia es predecible: inventamos nuevos absolutos, nuevos discursos sagrados que justifican lo que hacemos. Ayer matábamos en nombre de Dios, hoy censuramos en nombre de la libertad de expresión. La lógica es impecable: siempre necesitamos un ídolo que legitime nuestras pasiones, aunque le cambiemos la etiqueta.
Y aquí llego a la parte divertida (o trágica, según se vea). Las redes sociales. Ese santuario de la libertad de expresión, donde todos se presentan como adalides del diálogo, la democracia y la tolerancia. “Hablemos de cualquier tema”, dicen, “aquí se respeta la opinión de todos”. Pero basta con contradecirlos con un argumento sólido para que el amable interlocutor se transforme en fiera: insultos, descalificaciones, bloqueos.
Ahí es cuando me pregunto: ¿somos realmente tolerantes o solo actuamos el papel mientras nadie nos lleva la contraria? Quizá lo que llamamos tolerancia sea, en el mejor de los casos, un disfraz educado de nuestra intolerancia más profunda.
En fin, la próxima vez que alguien me diga que defiende la libertad de expresión, intentaré no contradecirlo. No por miedo a perder la discusión, sino por temor a que, en nombre de la tolerancia, me termine gritando lo intolerante que soy.
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