LA BANALIZACIÓN DEL SABER: una defensa de la inteligencia Por Jorge Zenteno

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Hoy, en plena campaña política, todos prometen lo mismo: excelencia.

Excelencia en la gestión pública, excelencia en la administración del Estado, excelencia en los funcionarios —porque el país, claro, lo merece todo—.

Pero surge una pregunta elemental, casi incómoda:

¿cómo se puede exigir excelencia si las políticas educativas parecen diseñadas para producir mediocridad con título?

 

Vivimos tiempos curiosos. Se aplaude el talento, pero se castiga el esfuerzo. Se habla de innovación pedagógica, y en nombre de la inclusión, se reduce el rigor. La ortografía es opresiva, la historia eurocentrista y la matemática, traumática.

Todo se suaviza, todo se diluye.

“Lo importante es que el alumno sea feliz”, repiten algunos pedagogos iluminados, mientras los estudiantes ya no saben distinguir entre Goya y un filtro de Instagram.

 

Y así, entre risas y aplausos, la educación se convierte en un karaoke de competencias blandas.

 

Mientras tanto, los programas de arte enseñan que envolver una piedra con papel craft es una manifestación profunda del espíritu creativo.

El reguetón, ese noble heredero de Shakespeare, pasa a ocupar el lugar de la poesía.

La calle se convierte en canon y la banalidad, en estética.

Aplaudimos la “democratización del arte”, sin advertir que muchas veces solo significa la democratización de la ignorancia.

Pero tranquilos: el Estado promete formar “líderes del futuro”.

Líderes que escriben sin comas, confunden a Platón con un DJ y creen que la palabra “epistemología” es una aplicación de mensajería.

Eso sí: cuando llega la campaña electoral, todos los candidatos se llenan la boca hablando de “profesionalismo”, “transparencia” y “excelencia académica” en la función pública.

Una paradoja deliciosa.

¿Cómo puede un país aspirar a la excelencia institucional si desprecia la excelencia intelectual?

¿De dónde saldrán esos funcionarios brillantes? ¿De las aulas donde se enseña que dos más dos puede ser lo que tú sientas que es?

En el fondo, este es el verdadero drama contemporáneo: se exige excelencia administrativa a una sociedad que celebra la mediocridad cultural.

Queremos un Estado de primera con una educación de segunda.

Pretendemos funcionarios capaces de pensar estratégicamente, pero formamos generaciones que apenas soportan un párrafo sin emoticonos.

La cultura —esa palabra ya casi subversiva— ha sido reemplazada por el entretenimiento.

Y el pensamiento crítico, por la opinión viral.

Quizá sea cierto que no se acaba con la desigualdad igualando por lo bajo, pero parece que a muchos les resulta más cómodo un país donde nadie destaque demasiado.

Un país donde la inteligencia se sospecha y el mérito se disculpa.

Así, mientras el papel craft envuelve piedras y el reguetón recita a Shakespeare, los políticos seguirán prometiendo excelencia.

No se preocupen: ya la tendremos.

En un PowerPoint, con faltas de ortografía, pero con perspectiva de género y competencias socioemocionales.


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