sábado, junio 20 2026

Muerte en Madrid.- Capitulo II por José Luis Blanco Corral

En el Telediario…

«Continuamos con malas noticias. En el barrio de Villaverde han sido hallados dos cadáveres. Remigio González, un hombre de  cincuenta años, que padecía de insomnio y salía a pasear con frecuencia por la noche en el barrio de San Cristóbal, fue brutalmente asesinado a manos de varios jóvenes sobre las 22:30. Un viandante que paseaba con su perro los vio huir en patinetes eléctricos del lugar de los hechos, al escuchar las sirenas de la policía, a quien él mismo había alertado.

El otro cuerpo fue encontrado por un ciclista a las ocho de la mañana en el Camino del Malecón, próximo al río Manzanares. Se trata de Alejandro Fernández, un joven de diecisiete años que, según los análisis preliminares de la autopsia, ha sido asesinado esta madrugada por algún tipo de animal aún no identificado. Se desconoce qué hacía allí a esas horas; sus padres aún no han prestado
declaración. Los agentes encontraron un patinete eléctrico y marcas de rodaje de otros vehículos
similares».

—¡Qué bien sales en la tele, Verónica!

—Olvidé poner morritos, pero no salgo mal.

Una vanidosa sonrisa se dibujó en aquel rostro, que parecía cincelado por algún gran artista al que hubiera hecho alcanzar el culmen de su carrera. Aquella tez clara y suave, con pequeñas arrugas propias de la treintena, aquellas facciones con una simetría perfecta, aquellos ojos azules de mirada salvaje, su cabello liso y oscuro, recogido con elegancia en una coleta alta, y un cuerpo cuidado en largas horas de gimnasio, hacían intimidante a aquella inspectora, tanto para hombres como para
mujeres.

Si además le añadimos un carácter fuerte y decidido, o más bien impulsivo, podemos decir que Verónica Rosado era un fenómeno de la naturaleza, un volcán a punto de explotar, con una presencia que no dejaba a nadie indiferente.

Se encontraba desayunando en el bar con sus compañeros; casi toda la comisaría acudía allí, ya
sea por proximidad o porque servían chocolate con churros. Puede que algunos supieran la hora
de descanso de la agente y se dejaran caer por allí, quién sabe con la esperanza de qué.

A su derecha, el inspector Julio Varela, un tipo maduro de cuarenta y tantos años. El extremo opuesto a ella, sosegado, introspectivo y prudente. Su metro noventa de estatura le hacía parecer más amenazante de lo que realmente era, pero llegado el momento, no dudaba en hacer lo que fuera necesario para controlar la situación. Se giró hacia quien había hecho el comentario.

—Arturo… que nos conocemos. ¿Cómo están Adela y los niños?

—Bien, Julio, bien —contestó el aludido con la cabeza gacha por la vergüenza—. Adela deseando que coja vacaciones para ir a Londres, a mi mujer se le ha metido en la cabeza que hay que ir allí para culturizar a los peques y que practiquen inglés.

—Pues más barato os saldría contratar clases particulares con una nativa sin moveros de vuestra propia casa.

—¡Díselo a ella!

En el televisor…

«… han perdido contacto con dos operarios de mantenimiento que realizaban su trabajo en el
«Estanque de Tormentas» de Butarque, Villaverde. El Canal de Isabel II, envió a varios
trabajadores más para localizar a sus compañeros, pero ninguno ha vuelto y la empresa ha solicitado la ayuda de la policía para averiguar qué está sucediendo en las mencionadas instalaciones».

Julio apuró con prisa el último sorbo de café. Eran las 10:30 y, con una mirada, indicó a su compañera que se había terminado el descanso. Verónica asintió y marcharon hacia el coche, un Peugeot 308 gris de incógnito, al igual que ellos.


—¿Qué coño pasó? Todavía me tiemblan las piernas.

—No tengo ni idea, ¡le abrieron las tripas!

—¿Deberíamos acudir a la poli?

—Nos harían preguntas. ¿Qué hacíamos allí a esas horas? ¿Tomamos drogas? Ya sabes, creo que no nos conviene. Lo siento por Álex, pero no pienso cantar.


—Julio, ¿qué crees que está sucediendo? Es muy raro que todos los que han entrado ahí no hayan salido, esto huele mal. Puede que alguna banda lo esté usando como escondrijo o para sus trapicheos, pero no tiene sentido usar unas instalaciones públicas, ni matar a tanta gente en lugar de irse a otro lado. ¿Para qué llamar tanto la atención?

—Como bien dices, esto no huele bien. No creo que sea ninguna banda, pero tampoco me hago una idea de lo que está sucediendo.

Tendremos que bajar ahí. Coge el chaleco y vamos.

El acceso al lugar estaba atestado de periodistas, mirones y policía. Verónica mostró su placa al que identificó como el oficial al mando.

—Verónica Rosado y Julio Varela, inspectores de la Unidad de Subsuelo y Protección Ambiental.

—Oficial Aguado, el comisario Martínez les está esperando junto a aquel furgón. Gracias.

Los dos agentes se aproximaron a un tipo alto y encorvado, vestido con un traje gris muy arrugado. Parecía que llevase un gran peso a la espalda. Al verlos, tiró el cigarro, uno más que se unió a los que ya se hallaban a sus pies, y con patente nerviosismo abroncó a los recién llegados.

—¿Pero dónde estaban ustedes? ¡Llevamos esperándolos una hora!

  • Lo sentimos, señor, pero hemos venido en cuanto nos han dado el aviso —contestó con firmeza Verónica.

—Está bien, no me cuenten historias, atiendan porque no pienso repetirlo. Ya han desaparecido seis personas ahí dentro, así que esto no es una broma. Bajen a investigar qué coño ha ocurrido y tomen todas las precauciones necesarias. Les acompañarán otros cuatro agentes de su unidad.

—Sí, señor —nunca habían visto tan alterado al comisario.

—¿A qué coño esperan? ¡Vamos!

—Sí, señor.

Rápidamente, se reunieron con sus compañeros.

—Yo iré primero.

Julio era el inspector jefe, así que al ser el policía de más rango de los seis sería quien dirigiese el operativo. A su señal entraron con paso firme, armas en mano. Este estanque, fue construido en la
margen derecha del río Manzanares, en la zona sur de la ciudad, con el objeto de almacenar los
excesos de caudal de las primeras lluvias para su posterior tratamiento, y evitar así su vertido
directo al cauce. Era enorme y debían adentrarse en él para descubrir qué estaba sucediendo.

En los chalecos llevaban incorporadas unas pequeñas linternas led, así que disponían de buena visibilidad. Al entrar no oyeron nada, había tal silencio, que se podía escuchar la corriente de
aire que entraba por la puerta que habían dejado atrás.

Avanzaron varios metros por un ancho pasillo, menos lóbrego de lo que se podría esperar. Tampoco olía muy mal, existía un sistema de ventilación y solo percibían la evidente humedad propia de un sitio así. Desde el edificio de control les iban indicando, vía radio y auricular, el itinerario por
donde debían ir los empleados desaparecidos, quienes tenían que revisar el estado del colector
aliviadero, así que habrían necesitado pasar antes por los colectores de conexión y margen.

La instalación era una maravilla de la ingeniería. Se terminó de construir en 2010, tras cinco años de arduo trabajo, pero fue una buena inversión para la ciudad. La humedad ambiental era cada vez mayor y hacía que la saturación del aire fuese tal, que los agentes parecían sudar sin tan siquiera haber realizado el mínimo esfuerzo. Julio se paró.

—¿Lo habéis oído? ¡Silencio! —frunció el ceño y cerró los ojos, en un intento de afinar su capacidad auditiva—. He escuchado algo, como un lamento.

Más adelante, a diez metros aproximadamente, asomaba una pierna de detrás de una columna.
Caminaron despacio, mirando con atención a su alrededor, hasta llegar frente a la mencionada
columna y Verónica se adelantó. —¡Policía, salga de ahí! —avisó, aunque sólo tuvo como respuesta una especie de gruñido—. ¡He dicho que salga!

Quien fuera estaba sentado o tumbado en el suelo y no quería o podía moverse, así que, con una mirada de aprobación de Julio, la inspectora se aproximó.

—¡Dios mío!

—¿Qué ocurre?

—Venid, no hay peligro, pero que no se acerque el que acabe de desayunar.

Quien allí se encontraba era uno de los operarios. Le habían rajado el abdomen de lado a lado y una rata estaba dándose un festín con sus tripas.

—Pobre hombre —dijo un joven agente, que no hizo caso del consejo y que al momento vomitó los churros que había tomado hacía una hora escasa.

Ninguno se rio. Julio indicó con un gesto de su mano que debían continuar, y veinte metros después encontraron el cuerpo de otro obrero, asesinado con el mismo modus operandi. Seguían sin oír ningún ruido extraño, tan solo el sonido de su respiración reverberando en los muros de la enorme caverna artificial. Habían llegado al colector de conexión y sentían el cuerpo agarrotado por la tensión, a pesar de llevar tan solo un rato allí abajo. Entonces un espeluznante grito resonó por todas partes. Los agentes quedaron inmóviles, paralizados por el miedo y expectación, hasta que Julio, reponiéndose, emprendió de nuevo el paso a un ritmo más ligero, mientras quien fuera seguía desgañitándose. El resto le imitó. Algo más adelante, en la confluencia con el colector de margen, confirmaron que era de ese lugar de donde procedían los gritos. Tan aturdidos iban por lo que escuchaban, que no se percataron hasta ese mismo momento de que otro cadáver permanecía boca abajo, con una puñalada en la espalda, junto a una pared. Al voltearlo se encontraron de nuevo con el mismo tipo de corte.

Verónica y Julio flanquearon el acceso y los demás desbloquearon el seguro de sus armas y se
dispusieron a entrar. Sin mediar palabra, Julio miró a los agentes y les mostró una cuenta atrás, desde tres, con los dedos de su mano izquierda. Al recogerse el último dedo, atravesaron el paso a la voz de “¡policía, al suelo!”, seguidos de Julio y Verónica. Por un instante fue como si la escena hubiese quedado congelada. Dos hombres más yacían muertos en el suelo, y un tipo con sudadera de capucha se encontraba sobre un tercero, al que acababa de asestar el corte final tras varias puñaladas. En ese momento, una sombra emergió del interior de la víctima y se disolvió en el aire.

—Ya no eran ellos. Intenté obtener respuestas con este, averiguar dónde está el resto, pero no sirvió de nada, no me quedó más remedio que acabar con él antes de que se hiciera con el control de su cuerpo o de que le quitara la vida después de absorber su energía.

—¿Qué está diciendo? —replicó Verónica, desconcertada.

—Que si no lo hubiese hecho, habría tenido que enfrentarme a ellos más adelante, y entonces habrían sido mucho más fuertes.

Después de decir esto, se descubrió el rostro, bajando con ambas manos la capucha, pero sin soltar el cuchillo. Se trataba de un hombre de mediana edad, que vestía ropa de deporte negra y unas zapatillas Nike, llevaba el cabello totalmente rasurado y tenía tatuada en la frente la cruz patada de los templarios. Con una serenidad pasmosa fijó su mirada en Julio.

—¿Tú sabes quiénes son, verdad? Lo noto en tus ojos, has visto muchas cosas y no es la primera vez que te ha sido imposible encontrarle explicación a alguna. Bien, esta vez es igual, no hallarás respuestas. No me habéis visto, pensarán que ha sido algún loco, lo buscarán infructuosamente y estarán deseando dar carpetazo al caso. Volved a vuestra casa e intentad olvidar lo que habéis visto. De momento no podéis ayudar, pero estad atentos, llegará el día en que ya no será posible seguir ocultándolo.

Ninguno se atrevió a decir ni una palabra. Miraron a Julio, ansiando que tomara una decisión, que hiciera cualquier cosa para romper aquel mutismo. Él los miró y solo dijo una palabra:

—Vámonos—. Y salió con paso firme sin mirar atrás ni comprobar si lo seguían.

@José Luis Blanco Corral


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