sábado, julio 18 2026

Amelia por Marisol Santiago

El tic tac del péndulo crispaba sus nervios. Amelia deseaba deshacerse de ese viejo trasto ruidoso, pero era cuanto conservaba de su padre.

Recordaba que lo había comprado en una tienda de antigüedades cercana a la Plaza Mayor. Aquel diminuto lugar deslumbró a su padre, que lo recorrió con calma hasta que se detuvo frente a un reloj. Sus ojos se iluminaron como si hubiese hallado la solución a un dilema que lo atormentara. Ella, sin comprender la desproporcionada emoción del anciano, pagó los cien euros que costaba ese pedazo de madera desgastada, maquinaria chirriante y un péndulo que comenzó a funcionar en cuanto Amelia lo tomó en sus brazos.

Su padre extendió las manos, pidiendo llevarlo él. Pasó el camino a casa meciéndolo como si de un bebé se tratase. Miraba su regalo, con una expresión peculiar, como quien contempla a su hijo pequeño mientras lo duerme con ternura.

Ya en casa, le había ayudado a colgar el reloj en un clavo de la pared y a sentarse en su sillón favorito.
El péndulo danzaba con calma y su padre, emocionado, miró con ternura a su hija. Amelia lo besó en la frente y lo calmó: «Te quiero, papá».

Aquella noche, él se durmió esbozando una sonrisa. Y ya jamás despertó.

Había llegado el momento de deshacerse de aquel trasto. Mientras sus sienes martilleaban agitadas por el constante y perturbador tic tac, se dispuso a descolgarlo.

Se sorprendió deteniéndose a escuchar el monótono sonido del péndulo, disfrutando, por primera vez, de su golpeteo acompasado. Se acercó un poco más. Le pareció sentir una respiración, una voz familiar. Apoyó, atenta, la mejilla sobre el reloj y tras notar un cálido beso, pudo distinguir la voz de su padre: «Te quiero, hija».

@Marisol Santiago


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