Casi todas las tardes, durante la novena que se oficiaba entre los últimos días de julio y los primeros de agosto, mi abuela Luisa me llevaba de la mano a la Iglesia de San Cayetano. Ella me decía que allí vivía Dios. Aunque sin saber muy bien qué significaba eso, ya podía intuir que ese lugar, con sus altos
techos, el olor a cera e incienso y la reverberación de todos los sonidos, pertenecía al dominio de lo mágico.
Yo jugaba a tratar de imitar las genuflexiones y los repetitivos gestos de mi abuela durante sus rezos. Aunque, al cabo de un rato, aburrido, me dedicaba a merodear en la oscuridad del templo.
Junto a la entrada había un monaguillo de cartón piedra, rubio y repeinado, con la nariz desconchada, vestido con sotana roja y roquete blanco, y un poco más alto que yo. Portaba oferentemente una hucha entre las manos.
El grueso portón de entrada debió tener un nudo que a fuerza de soportar durante siglos dilataciones por los inclementes calores de Sevilla, se había convertido en un hueco, un taladro ovalado. Cuando todo es aventura, todo es también interrogación y descubrimiento. A determinada hora de la tarde
y durante unos instantes, la luz se dejaba pasar por el hueco y, ¡sorpresa!, quienes andaban por la acera se proyectaban al revés en la pared de la entrada a la iglesia. No cabía duda alguna, esa era la prueba definitiva. La iglesia era mágica.
Fue en el instituto, en clase de física, cuando me enseñaron el funcionamiento de la cámara oscura que la iglesia perdió su mágica condición.
@Pedro Hidalgo
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