Mateo caminaba de la mano de su abuelo por un sendero de tierra húmeda. El aire olía a madera y a mosto, pues los viñedos cercanos acababan de entregar sus frutos. Era otoño, y los árboles, con sus hojas doradas, parecían incendiarse suavemente sin consumirse.
—Abuelo —preguntó el niño mientras recogía una hoja roja—, ¿por qué los árboles cambian de color y tiran sus hojas?
El abuelo sonrió, tomó la hoja entre sus dedos arrugados y la levantó contra la luz suave de la tarde.
—Mira, Mateo. El árbol pasa el verano creciendo, estirándose, dándolo todo. Pero llega un momento en que necesita descansar. Entonces, antes de soltar lo que ya no le sirve, se viste con sus mejores colores. No lo hace con tristeza, sino con alegría, como si celebrara una fiesta de despedida.
El niño frunció el ceño, pensativo.
—¿Entonces soltar no es malo?
—No, hijo —respondió el abuelo—. Soltar es preparar espacio para lo nuevo. Mira las viñas. ¿Te acuerdas de cómo las podé en invierno?
—Sí, cortaste un montón de ramas, y yo pensé que las ibas a matar.
El abuelo río con ternura.
—Eso pensaste, ¿verdad? Pero gracias a esa poda, en primavera brotaron con más fuerza. Y en verano dieron racimos dulces, que ahora se han convertido en vino. Si no hubiéramos cortado lo que sobraba, la planta se habría debilitado y el fruto no sería tan bueno.
Mateo lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Y el vino es como la vida?
—Exactamente, pequeño —dijo el abuelo mientras se agachaba a su altura—. Cada cosa que hacemos es como cuidar una vid: si la trabajas con paciencia, si la cuidas con cariño y sabes soltar lo que sobra, al final tendrás una buena cosecha. Y esa cosecha puede ser lo que aprendas en la escuela, los amigos que conserves, los sueños que persigas.
Mateo pensó un momento y preguntó:
—¿Y si alguien no cuida sus vides?
—Entonces el vino saldrá agrio —contestó el abuelo con seriedad—. Porque la vida devuelve lo que sembramos. Por eso es importante elegir bien qué semillas plantar: siembra bondad y tendrás amigos sinceros, siembra esfuerzo y recogerás logros, siembra respeto y recibirás confianza.
El niño caminó en silencio unos pasos, con el crujido de las hojas bajo sus pies. Después, con la ingenuidad de su edad, volvió a preguntar:
—Abuelo, ¿y si me equivoco en lo que siembro?
El anciano le acarició el cabello.
—Todos nos equivocamos, Mateo. A veces plantamos vides que no dan buen fruto.
Pero ahí está la sabiduría del otoño: aprender a soltar lo que no sirve y volver a empezar. La tierra siempre da otra oportunidad, como la vida misma.
El viento sopló fuerte, levantando un remolino de hojas amarillas. Mateo corrió entre ellas riendo, como si entendiera que cada hoja caída no era un final, sino una promesa de futuro.
Reflexión
El otoño, con su cosecha y sus colores, nos recuerda que la vida es un ciclo de siembras y podas, de aprendizajes y despedidas. Así como el viticultor poda la vid para obtener un buen vino, también nosotros debemos aprender a soltar lo innecesario para dar lo mejor de nosotros.
Y en esa enseñanza, un abuelo que conversa con su nieto no solo transmite sabiduría: siembra en él las semillas de la reflexión y la lectura, para que un día también pueda enseñar a otros a mirar la vida con ojos agradecidos.
@Joaquín Lourido
@Imagen Pinterest
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