Las nubes amenazaban con descargar toda el agua, los árboles se balanceaban y crujían cómo si los arrancasen de sus raíces que los aguantaban a duras penas. En el interior de la gigantesca Mansión Cadvers, en su ala norte apenas se perciben los sonidos del huracán. Cuatro personas se hallan sentadas alrededor de una mesa de caoba giratoria situada en el centro de la estancia.
Marie Polac, Catalina Blascor, Eduardo Pérez y Jerónimo Salz habían decidido convocar aquella
noche al espíritu de Pierre Montset, abuelo de Marie, con la intención de esclarecer las circunstancias de su muerte, para ella bastante extrañas. Trataban de que él les diera su versión de lo sucedido. Con la única iluminación de una gruesa vela central se agarraron de las manos sentados a la mesa. Gruesas cortinas de color verde ocultaban las vidrieras de los ventanales. Sobre ellos una araña de veinte brazos con sus velas aromáticas apagadas.
Ahora el fuerte viento ululaba a través del hueco de la chimenea encendida para no pasar frío. El granizo maltrataba severamente las espectaculares vidrieras alterando el silencio que pretendían para escuchar con claridad la voz del abuelo Pierre Montset. Marie comenzó:
-Abuelo Pierre ¿Estás con nosotros?
-Soy Marie, Marie Polac tú nieta
- y Marie insistió, abuelo si has venido hazme una señal pues quiero, queremos hacerte una pregunta.
Las manos de todos temblaban como carámbanos. En ese momento la vela se apagó quedando solamente iluminados por el leve brillo de las ascuas de la chimenea. Los cuatro se estremecieron, pero Marie echándole valor pregunto con voz queda:
¿ Eres tú abuelito?.
….Unos segundos de silencio que les parecieron años y la vela se encendió de nuevo sin que nadie la tocara. Las manos se enrojecieron por la fuerza ejercida al apretarlas entre sí. Marie:
-Abuelo Pierre, aquí estamos las cuatro últimas personas que te vimos con vida antes de que nos
dejaras de repente sin una enfermedad previa conocida- concluyó Marie-. Conmigo están Catalina Blascor, Jerónimo Salz y Eduardo Pérez – añadió Marie-.
En el justo instante de nombrar a Eduardo, la vela se volvió a apagar sola y también la chimenea, dejando entrar un aire gélido que les recorrió el cuerpo por dentro de la nuca al coxis y de la garganta a la entrepierna de cada uno de ellos. Las cortinas se abrieron dejando pasar la luz de los relámpagos que atravesaba la estancia de parte a parte. La enorme araña giró sobre sus cabezas, su extremo inferior en punta de flecha señalaba el mismo centro de la mesa. Giraba cada vez más deprisa con ruidos y crujidos alarmantes.
Sus corazones se aceleraron hasta salirse casi del pecho. Sobre sus cabezas unos pasos inquietos se movían incesantes, al momento miraron todos hacia arriba aunque en la oscuridad no lograban ver nada de nada. Luego, un silencio sepulcral y…un estruendo que los hizo saltar de las sillas. Todos menos uno. Aquel ruido lo provocara la araña de veinte brazos al desprenderse del techo y caer estrepitosamente sobre la mesa de caoba, arrastrando consigo la vela hasta quedar parada de canto con su punta de flecha de bronce atravesando de forma certera el corazón de Eduardo Pérez, allí clavado contra la única silla con respaldo cerrado. Con los ojos salidos de sus órbitas mirando al techo y el cuerpo rígido por el terror. La chimenea se encendió súbitamente, la vela central rondando por la mesa también se encendió y Marie la puso en pié.
Catalina, Jerónimo y Marie miraron hacia la silla de Eduardo. La iluminación oscilante de las llamas de la vela y la chimenea creaban una escena dantesca y escalofriante. Para Marie estaba claro quién estuviera involucrado, directa o indirectamente en la muerte de su abuelo, pero no dijo nada y permaneció en silencio. Los pasos se volvieron a escuchar en el piso superior y tan acelerados o más que antes. Por el hueco que dejara la lámpara al caer se veía una luz bastante intensa como la de una araña igual a la que se precipitara sobre la mesa giratoria de caoba. Uno tras otro se acercaron al mueble bar del salón en busca de una bebida fuerte que les quitara el miedo que aún tenían en el cuerpo sintiendo el caminar nervioso por el piso de arriba, coincidente con el dormitorio más amplio de la Mansión Cadvers.
Marie se preparó un vodka con zumo de naranja repleto de hielo; Catalina llenó un vaso con hielo y virtió en el Ron añejo directamente traído de Cuba por los dueños de la imponente mansión y Jerónimo un whisky de años sin hielo ni aditivos. Catalina y Jerónimo se sentaron en el sofá de dos plazas y Marie en la mecedora también de caoba como todos los muebles. A los pocos segundos de sentarse, los amigos de Marie cayeron fulminados por un potente veneno inyectado en las propias botellas. Marie se sentía tranquila junto a la chimenea, al calor de la lumbre disfrutando de su vodka con el zumo recién exprimido por ella, la botella la acababa de comprar antes de reunirse con los demás. De pronto cesaron los pasos sobre ella, ahora bajaban la gran escalera con pasamanos torneados. Se acercaban más y más. Marie giró la mecedora para encontrarse frente a frente con una imagen que ella conocía muy bien, su ojos ahora rojos por la ira la miraban y también a los otros dos jóvenes con las cabezas apoyadas una en la otra para no despertar nunca. Antes de la reunión y oculto en un lugar de su cuerpo nada accesible para la mayoría, Marie se grabó un pequeño tatuaje que decía:..mi amor Eduardo, nos veremos en el infierno.
Aquel hombre soltó una carcajada más sonora que los propios truenos. En el frutero del salón sólo había naranjas de zumo. Marie miró fijamente a su abuelo vivo, aún vivo. Mientras de su boca salía una especie de baba viscosa…
@Carlos Cubeiro
@Imagen Pinterest
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