Otra vez estamos reunidos en esta sala. Ya son cinco años que nos encontramos puntualmente. No hemos fallado ninguno. Casi estuvimos a punto de hacerlo por esa fuerte gripe por la que debieron hospitalizarlo… pero finalmente se recuperó y no hubo problemas ulteriores, situación que me alegra, ya que he llegado a tomarle afecto.
Don Rudecindo Alvaseñor era anciano. Aquello era un dato incuestionable. Además del rostro cuyos ojos y labios apenas se dibujaban en un océano de arrugas, Ximena lo sabía, ya que el hombre era considerado una autoridad desde que ella era pequeña. Notario de profesión, hacía dieciséis años que llevaba todos los asuntos de su tío, el Venerable García González.
Sé que el sentimiento no es mutuo. No puede ser mutuo. Cada vez que nos encontramos, yo repito lo mismo, reconozco que esta repetición formal es una suerte de deformación profesional que debo afrontar. En su caso he logrado reducir la propuesta a una página y media, pero cuando se trata de leer los fundamentos de una sociedad constitutiva, se exige la lectura completa: una hora y cuarenta y seis minutos en la que todos los presentes deben permanecer en silencio, escuchando mis palabras. Son rituales, mi querid… son rituales y como tales deben cumplirse escrupulosamente en este mundo donde el ritual tiende a desaparecer.
El hombre tenía razón. Ximena lo sentía como un verdugo comprensivo. El detalle que cuando al referirse a ella tuviera que dejar su género en suspenso, era una suerte de delicadeza, también ubicada en un contexto profesional: a continuación, siguiendo las indicaciones de su tío, el Venerable, se referiría a ella por su antiguo nombre “Señor Santiago”. En los últimos dos años, al despedirse luego de aquel protocolo, había llevado la mano a su rostro y con suavidad había apartado un mechón de cabellos de su cara.
Ahora Rudecindo se había recostado en su silla reclinable y la miraba sonriendo.
Hoy tenemos un aditamento. No nos limitaremos a reproducir lo de todos los años, sino que hay … cómo lo diría… hay una sorpresa.
¿Una sorpresa?
Ximena levantó la cabeza. Rudedindo parecía enternecerse ate Ximena. Era comprensible, la conocía de niña, pero ella pensaba que antes que nada era un empleado de su tío el Venerable. Entonces su duda era hasta que punto recibía órdenes de García González en el sentido de hacer sentir bien a Ximena. Su tío siempre la había presionado, a veces en modo violento para que “volviera a ser hombre”, para que respetara su naturaleza. Quizá Rudecindo cumpliera voluntariamente el papel de bueno, de aquel que la trataba con cierta dulzura para lograr el cometido. Algo así como el mito del policía bueno y el policía malo: entre ambos podían lograr que un reo se quebrara.
Vamos por partes. La sorpresa llegará después. Le pido que no se haga ilusiones, ya que se trata de un evento en parte desgraciado, en parte fasto. De lo que estoy seguro es que pensar en ello será un aliciente para que usted pueda sobrellevar esta rutina anual que según creo le resulta particularmente disgustante…
El notario revista algunas carpetas en su escritorio De una de ellas extrajo el puñado de papeles con cabecera dorada, en el cual la secretaria de su tío el Venerable, había vuelto a escribir el mismo texto.
Santiago Eduviges Pedemonte. Nacido varón en el Año del Señor de 3.226.
-Ahora, señor Santiago, leeré las palabras de su tío.
Paulo desplegó el papel oficio y leyó lenta y sentenciosamente
“En el año del Señor de 3251, el que suscribe, Benemérito Edmundo Ramón García González, en pleno uso de su poder entero como escritor bohemio, dotado de 5168 lectores, en el condado cósmico de Niña Bonita, me dirijo a mi sobrino Santiago Eduviges Arrabia, en nombre del Benemérito Julio Cortázar, quien desde el bosque de la orilla lejana, está presente en este acto.
Ximena sabía ya como estaba dividido el documento. A partir de ese momento, venía la primera parte, la más prolongada, que llevaba por nombre genealogía. Su tío describía en ella cómo habían sido las siete generaciones anteriores a su sobrino Santiago. No sólo consignaba el nombre y el rango de cada uno de los antecesores de Ximena, sino que describía con sumo detalle sus hazañas en el campo de los duelos, en las artes ecuestres o la esgrima, disciplinas todas ellas donde según repetía a cada momento , era necesario que desplegaran sus dotes masculinas.
No decía nada acerca de sus esposas, las mujeres que les daban hijos, aquellas que engendraban a los futuros miembros de la estirpe. Cuando el texto se refirió a Ximena sólo habló del padre. Apenas mencionó a Curtimbre Segura Albornoz, que tal era el nombre de su madre, y que había muerto en el momento de dar a luz a su segundo hijo. De su padre decía glorias. Hacía referencia al deporte en tres disciplinas acuáticas en las que ganó diez medallas, siete de las cuales fueron de oro en competiciones internacionales.
Al llegar a la propia Ximena (Santiago), hacía referencia a la única pelea en la que participara: instado por otros niños de su curso, se ensañó con un compañero y en medio de una lucha furiosa, llegó a dañar seriamente su ojo. El texto era la repetición que en los últimos tres años, Ximena estaba obligada a escuchar. Su tío el Benemérito cambiaba el final, por el cual cuando Ximena descubre que ha dañado seriamente a su amigo se retira. Al escucharlo por primera vez, advierte que hay algo familiar en el texto. En e segundo año, coincidió que antes de presentarse ante Rudecindo, estaba leyendo la epopeya de Gilgamesh. Entonces supo que su tío había tomado la lucha con su amigo del mismo texto, sólo que en la versión original que databa de seis mil años atrás, Gilgamesh, habiendo derrotado a Enkidu, un salvaje enviado para acabar con él, perdona su vida. Según la cultura homosexual que Ximena había adquirido en aquel tiempo, ambos héroes se hacen amantes.
Su tío el Benemérito en cambio, describe el relato de la lucha pero en el momento en que ambos se separan, Ximena, es decir su sobrino Santiago, sigue golpeando ferozmente a Grillo que tal era el nombre del amigo, hasta el punto de enviarlo al hospital.
Aquello nunca habla ocurrido; por el contrario, tres semanas después de la lucha, Grillo volvió a buscar a Ximena y la desafió a luchar. Solos dijo, sin que los otros niños estuvieran presentes.
Se encontraron cerca de los muelles, donde pasado el mediodía, los obreros se retiraban a comer y se levantaban las instalaciones aceradas, en uno de cuyos recodos, iniciaron una lucha más feroz que la primera. Esta vez, Grillo tomó a Ximena y la apretó contra el suelo. Llegó a golpear dos veces su cabeza contra los duros mosaicos y la tercera se interrumpió besándola en la boca.
Aquel fue su primer amante, y juntos mientras hacían el amor se detenían a leer las obras de Lobo Corvalán y de Carlos Fuentes. Claro que el tío de Ximena el benemérito García Gonzáles no sabía aquello. La versión de la lucha era una de las pocas cosas que sonaban a virilidad en la conducta de Ximena. Lo cierto era que el grueso del documento se extendía en aquellas genealogías y en la descripción e la lucha por parte de Ximena.
CONMINACIÓN
Por la presente insto a mi sobrino antes mencionado a que deje de ser un lector pasivo permitiendo que las letras lo penetren y pasen a través de él sin que representen una barrera de importancia. Que opere activamente sobre los contenidos que llegan a su espíritu pasando por las puertas de su percepción.
Santiago, debes dejar de ser un lector hembra La pasividad sólo es buena para el sueño. Los lectores deben ser activos, deben procesar las palabras. Deben ser lectores viriles, y en nuestro mundo hasta las mujeres que leen deben convertirse en machos para que la lectura en suma les sirva para actuar.
Ximena tenía la boca seca. Aquello no era frecuente. Por lo general tenía un exceso de saliva y hasta un año atrás había debido realizar una serie de ejercicios para evitar la humedad constante en las comisuras de la boca. Ahora, mientras escuchaba la voz levemente cascada de Rudecindo, repitiendo los prolegómenos a la parte final de la declaración de su tío, sentía los labios y la lengua como un cartón reseco. Miró la jarra de agua y el vaso que estaban junto al hombre. No se animaba a servirse, ya que lo interrumpiría, y si bien Rudecindo había sido siempre tolerante con ella, no sabía cómo podía reaccionar ante su gesto.
Santiago, debes saber que las ordalías eran comunes en la antigüedad. Es frecuente que escuchemos que un caballero se enfrentaba a una esfinge que debía resolver uno de sus enigmas, y que si no lo hacía sería destrozado. Eso era una ordalía, una prueba que podía superar o que podía no hacerlo, que en todos los casos exigía de su parte volcar todo el esfuerzo sabiendo que a pesar de hacerlo así podría sobrevenirle la muerte…
Junto con la sequedad de la boca, Ximena sintió el corazón latiendo en la garganta, como si alguien batiera un parche tirite. El sonido llegaba hasta sus sienes y de allí se expandía por su cabeza. No quería pensar en aquello. No quería hacerlo ahora. Cuando todo terminara, volvería a esos recuerdos, a la inmanencia del encuentro con la actitud de quien ha pasado algo terrible y se detiene a tomar un té en la enramada, a admirar el paisaje.
Se cuenta como ordalía la muerte de los primeros cristianos.. A ellos deberías parecerte, Santiago. Entre ellos no había lectores hembra. Eran todos lectores machos los que leían las copias de los primeros evangelios, las epístolas de San Pablo. No había lugar para veleidades. Al lector hembra se lo llamaba “abominación”. Ellos vivían sus ordalías, es decir someterse a la posibilidad de ser muertos, o a la misma muerte por su creencia…
La sequedad en la boca de Ximena le producía un fuerte dolor. A esto se sumaba el corazón que de pronto había empezado a latir y resonaba en sus sienes. Levantó la mano para tomar la jarra. Rudecindo se detuvo un breve instante. Levantó la vista y miró a Ximena. Los ojos por un momento brillaron con intensidad y Ximena pensó que quizá no fuera ni tan anciano ni tan inofensivo como parecía. El hombre de inmediato siguió con la lectura, el mismo tono casi apasionado, casi como si creyera las afirmaciones que el Benemérito García González había volcado al papel; como si supiera que por primera vez en aquellos siete años, Ximena casi lo interrumpiría para servirse un vaso de aquella agua.
La mujer vio su propia mano levantarse, temblando sin que la pudiera contener. El vaso estaba rebosante y lo bebió de un solo trago, Descubrió entonces que la sequedad no sólo llegaba a la boca, sino que se prolongaba en su interior, la glotis, el esófago y el estómago. Con el frescor del líquido, pareció que era arrastrada a lo que había ocurrido una semana antes.

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