Tras residir casi cuarenta años en Roma, città aperta, y habiendo escrito a lo largo de estos años un par de libros sobre ella[1], me parecía muy interesante enfocar este trabajo desde un punto de vista, un tanto distinto, al que se produce cuando se piensa en una ciudad tan extraordinaria como Roma. Me he colocado, pues, en la posición del viajero peregrino que “cuando deambula viajando por la tierra, su arquetipo es la peregrinación, y el arquetipo de la peregrinación es el éxtasis”[2]. O más simplemente, en el lugar del atento amante del arte (¿pocas veces extasiado?), que se enfrenta con una serie de obras de arte, tal vez trascendentales, y que contienen un conjunto de símbolos. Símbolos, que independientemente de su realidad objetiva, forman parte de aquella fabulación religiosa, mítica, tradicional o poético-artística, de la cual nos habló tan acertadamente el estudioso de las religiones I. P. Culianu, discípulo aventajado de Mircea Eliade, desaparecido muy prematuramente. Y a la que también se refería otro gran estudioso, Elémire Zolla, apenas citado, que era otro romano de adopción – como el genial jesuita, el historiador de la cultura Miquel Batllori[3] -, cuando comentaba que las mencionadas “visiones” de obras artísticas trascendentales formaban parte de “la fe en un sistema de metáforas”[4].

Dicha trascendencia o espiritualidad se enmarca en el sentido de que la espiritualidad es la capacidad o la facultad de poder ver (o leer), con la ayuda de los símbolos, las representaciones artísticas de verdad trascendentes. Incluso nos puede acaecer- como ocurre en la actualidad y como bien nos muestra el filósofo de las religiones Amador Vega en sus cuatro lecciones de estética apofática[5], que no seamos capaces de distinguir “lo sagrado sepultado en lo profano”[6]. Especialmente en culturas
Notas:
[1] Ver Valentí Gómez i Oliver, Roma, Barcelona, Destino, 1986 (4 ediciones-Col. “Las Ciudades”, n.3); idem, Roma, paseos por la eternidad, Barcelona, Apóstrofe, 2001 (2 ediciones).
[2] Ver Grazia Marchianò, Elémire Zolla, Il conoscitore di segreti (una biografia intellettuale),Milano, Rizzoli, 2006; pág. 124
[3] Tanto el padre Miquel Batllori, a quien traté a lo largo de más de treinta años, como el padre Plazaola, tuvieron la generosidad de participar en el libro que elaboré con el jesuita Josep Maria Benítez Riera, 31 jesuitas se confiesan, Barcelona, Península, 2003
[4] Ver Grazia Marchianò, op.cit. pág 198, nota 50
[5] Recogidas en Amador Vega, Arte y Santidad, cuatro lecciones de estética apofática , Universidad Pública de Navarra, 2005 (Cuadernos de la Cátedra Jorge Oteiza), especialmente la primera lección “La santidad de lo sagrado: nuevos elementos de estética y religión”, págs 21-46.
[6] Ver Amador Vega, op.cit, pág. 23
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