El ciclo del agua, por todos conocido, consiente con la reducción conceptual para la comprensión del comportamiento del líquido elemento en la biosfera. De manera clara, no es más que un reduccionismo que, sin embargo, responde a la realidad para de alguna manera clasificarla y asimilarla desde nuestros presupuestos intelectivos. No cabe otra posibilidad, necesitamos simplificar el complejo e intrincado entorno para capturarlo en la medida de nuestras posibilidades; topamos con el pétreo egipticismo denunciado por Nietzsche, aunque imprescindible para nuestro modus vivendi. Es más, esta necesidad conceptual requiere del trabajo filosófico, invento griego aquí en Occidente, pues Oriente cuenta con sus propias categorías. El origen de esta ficción, necesaria y útil a la vista del desarrollo científico y técnico, viene de la mano de nuestra naturaleza inquisitiva, curiosa y empeñada en llegar siempre un poco más lejos.
La physis fue el primer objeto de conocimiento. No en vano, los presocráticos, primeros filósofos profesionales, también eran conocidos como los físicos. Cada cual inmerso en su propio grupo, pero todos sometidos a la pulsión reflexiva para dar explicación al mundo circundante. Las intrincadas historias de la tradición, las narraciones fantásticas protagonizadas por dioses, héroes y mortales no eran otra cosa que la réplica humana ante el misterio del cosmos. La concepción de una noción cíclica fundada sobre los ritmos naturales que, de ser conocidos, daban acceso al control de la naturaleza, o al menos a una previsión más o menos certera del siguiente acontecimiento, cambió nuestra relación con lo natural. Pasó de ser algo volátil y sometido al capricho de los dioses, a convertirse en una fuerza impersonal carente de voluntad, aunque supeditado a unas reglas estables.
Con el siguiente paso se accedió a la explicación antropológica. De manera curiosa, nuestro propio microcosmos, el ámbito interno del ser humano, la psyché o la hibris desde la perspectiva clásica, seguía sumergido en las sombras del desconocimiento. El ser humano, con independencia de sus necesidades biológicas, resultaba más inescrutable. Se han ido desarrollando teorías sociológicas, políticas y psicológicas que vienen a dar cuenta de los fenómenos individuales y colectivos, aunque sin la precisión con la que cuentan las ciencias naturales. De ahí la falta de prestigio con la que cuentan estas disciplinas en el acervo popular. Al menos en nuestra época, pues la filosofía, como raíz común para todas estas disciplinas (también para las ciencias duras, qué duda cabe), ha tenido momentos de enorme éxito y autoridad. Para muestra la mencionada etapa clásica. Aun así, se han desarrollado innumerables explicaciones para dar cuenta de nuestros modos de vida, organizaciones políticas, jerarquías sociales y estructuras institucionales. Desde la intervención divina, como en el caso de las monarquías o la desaprobación del disidente por su falta de piedad, hasta el darwinismo social para ofrecer un tinte científico al racismo y el colonialismo.
Necesitamos, por tanto, una aclaración para entender en qué lugar nos encontramos, qué puesto ocupamos en el conjunto humano al que pertenecemos. Lo dicho: el abanico abarca del tradicionalismo referido a la herencia histórica en forma de valores hasta las ciencias humanas empeñadas en dar cuenta de nuestros modelos organizativos. Por supuesto, existen niveles y formas de aproximarse a estas teorizaciones y no todas tienen la misma valía. Empero, todas son susceptibles de ser instrumentalizadas para el beneficio privativo de algún grupo concreto. No resulta complicado entender como los argumentos fundados en la tradición se oponen a las nociones de progreso dispuestas a derribar antiguas prebendas. También resulta sencillo comprobar como las explicaciones científicas y las teorías complejas no llegan a amplios grupos de la ciudadanía, pues resultan muy especializadas y no satisfacen el deseo reduccionista referido en las primeras líneas. Oscilamos, por tanto, entre el todo y la nada, que diría Unamuno. Entre las supuestas explicaciones completas y la necesidad de un corolario simple y accesible para conseguir cierto grado de satisfacción personal.
En este contexto, y a la luz del razonamiento previo, puede asumirse otra perspectiva en relación a los posicionamientos referidos a la inmigración con los que se está atizando la clase política. Desde luego, las soluciones o conclusiones no resultan sencillas, pero, lo que está claro, es que no responden a la realidad del problema. Se pretende ofrecer una visión sesgada, cada cual desde su posicionamiento, y reduccionista para que el votante perciba el asunto con los ojos del agitador, pues es lo que más parece abundar actualmente. En este caso concreto se apela a la visceralidad, a la extirpación de la empatía para esquivar de esta manera nuestra propia realidad. En otras palabras, las miserias con las que contamos no resultarían aceptables de no ser por el lumpen llegado allende nuestras fronteras. En este cajón de sastre cabe la delincuencia, la ocupación, la inseguridad, el desempleo o las crisis económicas; curiosamente es el extranjero el motor de estas iniquidades. A la luz del pensamiento racional, de los datos científicos recogidos, por poner un ejemplo claro, por el INE, estas asunciones no son más que ficciones empleadas para ofrecer alivio a nuestra existencia y rascar un puñado de votos. A pesar de resultar una estrategia miserable, erigida sobre la instrumentalización del débil, tanto del ignorante como del pobre, parece que funciona. Sería conveniente, haciendo un ejercicio ajeno al cinismo, el comprobar cómo se comportan las corrientes económicas, tal y como sucede con el ciclo del agua. Resultaría sencillo seguir, como En todos los hombres del presidente, el dinero para comprobar como las personas van detrás de los recursos expoliados. Este beneficio, el que permite nuestro modo de vida, tiene dueño y la gente, al fin y al cabo, solo desea una vida mejor. Igual que nosotros.
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