Mi familia es lo que podríamos llamar una “familia venida a menos”, por ambas partes y por motivos que se salen de los márgenes de esta historia. Antes de continuar, quiero hacer una aclaración: fueron mis abuelos quienes disfrutaron de una posición más desahogada; mis padres, en cambio, tuvieron que aprender a vivir en condiciones para las que debieron sobreponerse del modo que la vida les fue imponiendo.
Cuento esto porque hay costumbres y tradiciones que, aun lejos de la burguesía a la que creían pertenecer, no se abandonan. Supongo que cada quien es como es, independientemente de sus circunstancias actuales.
Mi padre, carpintero, aunque enamorado de la ópera, los domingos, después de acicalarse, encendía su magnetofón para escuchar bel canto italiano, si se me permite la precisión. A mí me tenía maravillado cuando me explicaba el sentido de cada aria: qué quería expresar y qué significaba eso dentro de la historia de la ópera que fuese.
Mi madre disponía la cubertería como si de un banquete real se tratase —los codos fuera de la mesa, no bebas sin usar la servilleta, que por supuesto debes hacer reposar suavemente en tu regazo—. Mi abuela —que vivía con nosotros— no consentía que yo saliera de casa sin un pañuelo blanco, limpio y perfectamente planchado. Era preferible un cólico nefrítico a salir con los zapatos sin cepillar.
Existía la tradición, cuando se recibía a un nuevo niño en la familia, de regalarle —yo diría asignarle— un sonajero de plata. Cada uno de nosotros teníamos uno. El nuestro. Aunque no se usaba para jugar ni para hacerlo sonar, servía para guardarlo y saber que lo posees. La verdad es que nunca supe cuándo, por fin, tomaría posesión efectiva de esa propiedad. Yo quiero mi sonajero.
A la muerte de mis padres, cuando nos dispusimos a “desmantelar” el hogar, incomprensiblemente, mi sonajero no estaba. Estaban todos. El mío no. Ignoro qué ocurrió, aunque tampoco me importa. Si no está presente en el mundo de las cosas, lo poseo en el mundo de las ideas. Ahí es tan mío como la posesión de mis propios pensamientos: el sonajero inmarcesible que nunca, nadie, me podrá arrebatar.
@Pedro Ruíz Hidalgo
@Imagen Pinterest
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.