Me gusta arreglarme para ir a trabajar. Nada excesivo, un jersey de cuello alto y vaqueros. Zapatos cómodos, no me gustan los tacones, que se enganchan con la moqueta de la oficina. A los clientes del banco les gusta que vaya guapa. La mayoría son jubilados de edad avanzada. Al jefe no le gusta que les llamemos ancianos, son personas de “edad avanzada”. Algunos con una exigua pensión. Otros con los ahorros de toda la vida. Muchos viven solos o en la residencia que tenemos a dos manzanas de la oficina. Son gente afable y amable. Algunos son muy pesados. Algunos empiezan a perder la memoria y tenemos que ayudarles. Nuestro trabajo, a veces, es más social que otra cosa. Nos cuentan sus cosas, como si fuéramos de la familia. Las jornadas discurren tranquilas. Menos cuando viene Manuel.
Manuel es distinto, es joven. Tiene exactamente dos años y tres mese más que yo. Lo vi en su carné. Los clientes tienen que mostrar su DNI para efectuar reintegros por caja. Y yo, sin querer, me fijé en la fecha de nacimiento. Fue el primer día que me dieron los temblores.
Todos los meses, sobre el día cinco o el seis, a eso de las doce, Manuel acude a la oficina. Esos días yo ando un poco nerviosa, como expectante. No quiero que nadie lo note y me pongo a hacer cosas para intentar olvidarme, concentrarme en otras tareas. Ordeno el archivo de clientes, repaso el manual de operaciones, reviso los cajetines del cajero, cambio de sitio mi cactus, retiro la calderilla de mis cajones. Pero da igual, sigo nerviosa.
Cuando Manuel entra por la puerta me entran los temblores y tengo que sentarme en la silla y coger algo, un papel o un bolígrafo, para que no se me noten. El jefe me mira desde su despacho con esa sonrisa malvada, mueve la cabeza hacia la puerta y me guiña un ojo. Y yo frunzo el ceño, un poco disgustada. Respiro hondo y me dispongo a despachar al siguiente cliente.
Manuel se sitúa mansamente en la cola de caja. Sonríe y saluda alegre a mis compañeras. Intercambia frases amables con el resto de clientes de la cola. A veces suelta un chascarrillo o una frase graciosa. Eso es cuando está contento porque las cosas le van bien. Los negocios y esas cosas.
Suele traer unos sobres con cantidades escritas a lápiz en cada uno de ellos. Luego hace un reintegro por cada sobre. Euros y céntimos justos. En cada sobre, además del importe, hay anotadas unas iniciales. Deben ser las iniciales de las personas a las que van destinados los sobres. Yo me fijo en sus manos finas, algo peludas y con las uñas bien cortadas y aseadas. En la camisa de rayas que asoma por el puño de la americana y los gemelos plateados. Pero nunca lleva corbata. Por encima del botón abrochado de la camisa asoma un vello fino, preludio de lo que imagino un pecho poderoso y acogedor.
Contando los billetes y las monedas de cada sobre se me tranquilizan los temblores. Mi yo profesional se apodera de mi cuerpo y toma el control. Ordeno los sobres, doblo cada solapa, los alineo y rodeo con una goma elástica. Ahí tiene, caballero ¿alguna cosa más? Me quedo mirando su sonrisa. Esos dientes perfectos de ortodoncia. Esa barba menuda de dos días elegantemente perfilada. Manuel se despide, se da la vuelta y sale majestuosamente por la puerta. Se me escapa un suspiro (espero que no lo haya oído nadie). Miro a izquierda y derecha. Todo parece tranquilo.
Buenos días. Es Ceferino que, como todos los meses, viene a sacar la pensión. Con este si que se me quitan los temblores. Me imagino que, en este mismo instante, Manuel estará entrando en la sede del partido.
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