Hasta unos días después del día de su boda Mariana no cayó en la cuenta de que aquel hombre, de gesto tan adusto, y que se había colocado a su lado con los poderes legales enrollados en su mano, no era el primo de su esposo sino su hombre de confianza, Enrique.
Teniendo en cuenta la situación, y que no conocería físicamente a su marido hasta dentro de unos años un detalle así podría haberse considerado anecdótico, pero para ella fue un gran disgusto, una mentira de pocos días, cierto y a causa de su malinterpretación. Había confundido a un primo con el experto en leyes, aunque ambos se llamaran igual y lucieran un perilla cuidada y muy parecida.
Tras esta contrariedad, que llevó en absoluto silencio, decidió asumir lo que viniera a partir de ahí con la máxima calma.
En realidad, sus «enfados» no se podían considerar significativos, como el transcurso de su vida previa había demostrado, su docilidad, buenas maneras y un cuerpo, de carnes nada desdeñables, la habían convertido, ante los ojos del mundo y de Dios, en una buena muchacha, y mejor esposa, en cuanto se encontrará una oferta interesante.
Y cuando está llegó, con tierras en Castilla, otras tantas en ultramar, y con un retrato, bastante difuso para las tendencias pictóricas del momento, como carta de presentación, sólo hizo falta recibir la recomendación del muy querido monseñor Francisco para rematar las incertidumbres de sus padres. Era un partido más que deseable y con conexiones familiares.
Mariana desde muy pequeña supo que no le convenía hablar mucho. El destino fatal de Susana fue suficiente como lección ajena. Le ayudó a reconocer posibles tentaciones y evitarlas antes de encontrarse con ellas cara a cara. Desde la distancia revivió como propio la caída en desgracia de Susana…Su pérdida, en la calle del pecado, y su salvación, en el encierro dentro de un santo convento. Aquella mirada suplicante, la última antes de la separación, fueron una revelación más que eficiente. No quería recibir los golpes, los insultos, no quería sentir las lágrimas que se derramaban tras una celosía y mucho menos levantar la cabeza, varias veces al día, hacía una figura tallada que no le producía ningún agrado.
Porque Mariana estaba convencida, desde hacía mucho y a pesar de su limitada experiencia, que vivían en una extraña invención llena de ataduras cómodas si no te estrangulabas antes con ellas. Uno de los sus tejedores habituales fue su confesor, pero siempre supo que decir y con tranquila inocencia, y a veces hasta apatía, había mostrado una máscara convincente.
Secretamente disfrutaba de su herejía, la lengua húmeda de frases piadosas que se deshacían con cada oración donde cambiaba unas palabras con otras en la libertad de su conciencia.
Allí se sentía libre, allí decía todo lo que quería a salvo de miradas desconfiadas, de Susanas suplicantes que de rodillas pedían perdón. ¿De qué? ¿Perdón de unir una estrella con otras a través de conjeturas pueriles? Por eso toda esa magia ocurría en ausencia del sonido. ¡Dentro de su mente no podían saber nada!
Lo mismo pasó con su esposo, si iba a ser tantas personas hasta que se personificase de verdad podía construirse uno a medida mientras tanto. Durante los primeros días fue su primo Enrique, después descubrió que era su secretario y legislador, otro Enrique igualmente. Al poco adaptó la cara con los rasgos severos, y de pocas alegrías, de su suegra que alababa la ausencia del hijo y se lo dibujó como un hombre de tamaño de gigante y acciones contundentes.
A través del ama de cría, que aún rondaba por la casa con sus senos marchitos, le ofreció una imagen más amable, juguetona y de infante malhumorado cuando perdía, a lomos de caballo, las carreras por la llanura.
Volvió el secretario, los asuntos legales se resolvían entre las hojas que movía tanto, el primo, se añadieron otros familiares, amigos, pícaros que venían de más lejos también un tío al que le costaba andar y la llamaba María a pesar de haberle corregido con una sonrisa.
Notaba las luchas interiores, todos estaban contra las cuerdas, usando la cortesía, el coqueteo y la condescendencia. Con mucho cuidado regaló a cada uno el silencio seductor y ausente, el gesto adecuado sobre todo al secretario. Con sus aires de sabio instructor, cada vez que se encontraba con él, ella bajaba a propósito las pestañas y le hacía preguntas para despojarle poco a poco de su locuacidad.
¡Con tal situación y movimientos de gentes su esposo así podía ser quién ella quisiera! Y para no confundirse de nuevo, repetía los apellidos, las relaciones de unos con otros, los datos biográficos que no mezclarán las uniones familiares con compañeros de niñez y aventuras. Mariana se sabía dentro de una representación que transcurría en el salón del que ahora era la señora a la espera de que volviera un hombre de verdad.
La llegada real del esposo se celebró con alegría y fiesta, incluyendo cacerías, una misa y una cena rica en carnes rojas y brebajes dorados y etílicos que alcanzó a muchos de madrugada creando visiones con varias lunas llenas sobrevolando los sueños. La algarabía fue cierta y muy celebrada, pero persistió cierta incredulidad entre los invitados, y otros habituales, respecto a sí aquel retornado Enrique, otro más, era el dueño y señor que llevaban esperando hace tanto. Incluso la madre bizqueó a menudo hacia él para asegurarse de que aquel hombre tan moreno, tan resuelto, pero menos alto de lo que recordaba, era realmente su hijo.
Costó acostumbrarse, pero no para Mariana que reconoció en él la mezcla que había inventado y le dejaba con la misma sensación, de que seguiría actuando como se esperaba. Dulzura, buena disposición, y puede que, con un ligero desinterés, pero que después de ese tiempo transcurrido nadie se lo pudo reprochar. ¿Cómo hacerlo cuando todos sentían algo parecido?
En el lecho el trámite se consumió sin mucho boato, pero con aceptables carantoñas tras quitarse encima de ella y arroparla con las sábanas de lino que había traído como obsequio exótico. Mariana no tenía claro de si el entusiasmo de su esposo provenía de un afecto auténtico o de las ganas acumuladas y el deseo de un heredero que había que recuperar, como fuera, debido al retraso en su unión física.
Y como por entonces ya no era una completa ignorante del acto aprendió a reconocer las peculiaridades de este esposo. En el periodo de espera legítima había aprovechado a ordenar los datos teóricos que tenía, juntarlos con los de su suegra, los consejos que la había dado los apartó para no seguirlos demasiado, y sobre todo recordó las palabras de Susana, su rubor y sus descripciones detalladas considerándolas mucho más útiles. Observó los escarceos de los animales, a los criados en sus escaramuzas nocturnas, y aprovechó las sesiones prácticas sin consumación. Las rápidas, en brazos de Enrique el secretario, y una noche muy larga y satisfactoria con Enrique el primo.
Por eso no le costó demasiado compartir la cama, repetir suspiros, gestos, movimientos mientras fue doncella la primera vez y el resto de las ocasiones la amantísima esposa. Mariana se entretenía cambiándole la cara con el poder de su imaginación. Según quién le apeteciera cada vez, según que versión del esposo se le presentaba para cumplir con sus deberes maritales.
¿Pero sería eso suficiente para acallar los murmullos? ¿La armonía del buen matrimonio con su correcta disciplina podía verse en peligro? Porque pasaba el tiempo y los criados y nobles, una vez ya acostumbrados a este señor Enrique, empezaron a lanzar miradas burlonas a su vientre plano dejando en el aire una pregunta en suspensión.
La suegra no se andaba con melindres y a codazo limpio enlazaba el suyo con el de ella y arrastraba a Mariana a la capilla para extremar los rezos y las recomendaciones amatorias.
Empezaron los mejunjes amargos en el desayuno, un saquito, con hierbas, para encender la pasión desde debajo de la almohada, la visita de una gitana o judía que con habilidades de celestina le aseguró su buena estrella en menos de un año por unas monedas.
Las ataduras cómodas estaban tirando más de la cuenta, y con frustración Mariana saboreó lo contradictoria que podía ser la fortuna. Lo que había condenado a Susana era lo que se le estaba exigiendo a ella, como si pudiera provocarlo, como si la ridícula posición en que la tenían aquella tarde, entre las piernas estiradas hacia arriba un emplasto pegajoso sobre el vientre, fuera a brotar la fuente de la fertilidad.
Las voces intrigantes empezaron a hacer correr los nombres de los supuestos hijos bastardos que había abandonado su esposo en las lejanas tierras conquistadas. Sus celos no iban a desatarse, mucho menos con tantos océanos y montañas de por medio. Sin niños a la vista que tuvieran su ceño espeso y ojos brillantes las habladurías eran lo eran, meras malicias que la acusaban de ser un jardín sin flores.
Pero como parecía no arraigar la vida en ella cierta angustia empezó a dificultar su sueño. Los intentos y las oraciones mágicas no obraban su milagro y las quejas que recibía eran acusaciones mal disimuladas.
¡Malditas ataduras! ¿Querían marcarla también como mala hembra? A ella cuándo se había portado como una niña obediente a cambio de una mente libre, pero callada. Sentía que lo que había padecido Susana se estaba repitiendo, usando el modo contrario en su cuerpo, escasez en vez de la explosión de jugos, para acabar en un único y triste final. Qué absurdo, qué inconveniente. Su mente se lo repetía usando el acento suave y cantarín de Susana. Qué absurdo, qué inconveniente le repitió la voz. Revisó lo que había visto y aprendido y de nuevo volvió a recitar ¡Qué absurdo!, ¡Qué inconveniente! hasta que Susana, de entre lo más oscuro del convento, desde debajo de la lápida más pequeña le dijo: Ya sabes lo que tienes que hacer. Ya sabes lo que…
… ¿Y porque no? Había convivido con un esposo dividido en tantos que esos otros seguían siéndolo por poderes. De pie, serio y borrosos ante un altar. Estaba convencida de que ahí radicaba la justificación, y la solución, por alguna razón su camino seguía una línea recta. ¡Y de tantas opciones alguno tenía que servirle!
Y algo debió de funcionar, porque de entre las sesiones prácticas, los variados Enriques, y los nombres de tantos niños bastardos en el extranjero, con el cambio de estación, el calor sofocante y la falta de la menstruación selló las bocas que tanto habían malmetido.
Han pasado seis años y como suele ocurrir en los funerales, toca vestirse de negro. No importa a que Enrique están enterrando, es uno de tantos, uno de sus esposos y como aún le quedan el resto no hace falta exagerar la falta de este.
Mariana se levanta del banco, se pasa un pañuelo de gasa oscuro por la mejilla y con la otra mano sujeta otra más pequeña, una versión diminuta de alguno de ellos, los dos se acercan al ataúd. Ella baja la cabeza lo justo, entre sus brazos aprieta al niño contra ella y nota como las cuerdas del decoro les sujetan. Con el coro de mirones que les observan, Mariana se sabe libre para velar por sus muertos elegidos. Susana es la que yace en el interior esa caja, y la entierra allí, cerca de ella y de las flores que podrá llevarle cuando quiera, aunque en la lápida ponga otro nombre. ¿Qué imaginan ellos? ¡Dentro de su mente no pueden saber nada!
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