En un rincón de la taberna que mira al mar, suenan tristes y melancólicas, como cada noche, las antiguas canciones del viejo pianista. Con los ojos entrecerrados, los párpados enrojecidos y el humo de un cigarrillo a medio consumir flotando en el ambiente, el anciano evoca nota a nota su isla, de la que apenas recuerda los nombres de sus calles, la que se desvaneció hace demasiados años. En esta noche fría las teclas del piano se resienten, profieren lamentos que se han quedado anclados en un pasado muy lejano, repleto de recuerdos agónicos. De fondo, un mar embravecido le recuerda que aún tiene una cuenta pendiente.
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