Agradezco la tormenta
por barrer las sombras que no eran mías.
Solté los hilos que me ataban al silencio
y me encontré desnuda,
sin hambre de promesas rotas,
sin sed de espejismos.
Hay quien elige quedarse dormido
bajo un cielo de sueños apagados.
No es mi tarea encender su amanecer.
Cierro la puerta con calma,
como quien apaga una vela
sin miedo a la oscuridad.
No puedo salvar mundos ajenos.
El mío,
el que late entre mis manos,
no admite viajeros que arrastran vacío.
Las señales eran cuchillos,
pero los ojos que temen mirar
se vuelven ciegos.
Ahora sé que la intuición es un fuego antiguo
que arde hasta dejar la verdad desnuda.
Lo que duele, enseña.
Y lo que no es mío
me hiere hasta que lo suelto.
El amor no se mendiga,
se vive con todo el cuerpo.
Y yo,
que llevo océanos en el pecho,
no volveré a ahogarme
en charcos que nunca fueron hogar.
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