sábado, mayo 2 2026

El eco del reloj por Ricardo Héctor Mazzoccone

Ricardo H. Mazzoccone vuelve a deleitarnos con un juego mágico de tiempos narrativos que se alternan y una linea quebrada entre lo real y lo ficticio. Que lo disfruten. Feliciano F. González

(imagen aportada por el autor)

El eco del reloj, por Ricardo Héctor Mazzoccone

El restaurador de relojes antiguos y objetos mecánicos recibió un encargo inusual: una caja de música que no tuviera cuerda y que solo se encendiera cada vez que había niebla en la ciudad.

El extraño, al que apenas se le veían los ojos por el sombrero y el sobretodo con las solapas desplegadas, le dio una fotografía en un sobre y un papel blanco con un número.

—Cuando lo tenga me llama, le pagaré más dinero de lo que alguna vez soñó.

Abrió la puerta del negocio y se fue.

El anciano se quedó intrigado con aquella visita y tembló cuando abrió el sobre y vio una foto de él mismo, tomada hacía treinta años en un lugar que no reconoció pues estaba escrito que era en Milán y él jamás había viajado a Italia. Estaba junto a una mujer cuyo rostro había sido borrado con ácido.

Don Clemente la dejó a un lado del mostrador y siguió trabajando.

A las ocho de la noche, cerró el negocio, se sentó en un sillón y extrañamente comenzó a recordar fragmentos de una mujer bellísima, delicada, por demás refinada, con largas piernas, magníficas curvas y olía a perfume de cerezas. Recordó verla con alguien a su lado que no sabía si era él. Se obsesionó con la idea…

 

Treinta años atrás.

 

Aquella ciudad portuaria, vivía sumergida en una penumbra constante, sus calles adoquinadas brillaban por la humedad y los faroles de luz amarillenta apenas perforaban la bruma, creando sombras alargadas. Un joven Clemente caminaba hacia el taller con una mujer de vestido oscuro que le tomaba el brazo. Al llegar, el tic-tac incesante de cientos de relojes en el taller podía enloquecer a cualquiera, especialmente en el silencio de la noche.

El hombre subió las escaleras y la mujer lo siguió. Entraron al cuarto iluminado por el farol de la calle. Clemente se tiró en la cama, aquella mujer, Alma, lo miró, sonrió y con un delicado movimiento de cuerpo, el vestido negro se deslizó por su cuerpo desnudo hasta caer al piso. El hombre apagó el cigarrillo que había encendido, le extendió su mano y Alma cayó sobre la cama como una pétalo de rosa…

Al alba estaban despiertos, ebrios de tanto sexo, conversando, bebiendo y fumando, desnudos.

—Lo único que sé es que te llamás Alma y hacés el amor como Afrodita.

—Es suficiente por ahora, Clemente—dijo. Se levantó contoneando el culo para ir al baño. Al rato estaba vestida.

—¿Me vas a llamar, Alma?

Ella se acercó, le dio un beso en los labios, se encogió de hombros y se fue. Cuando abrió la puerta se dio vuelta y dijo susurrando, “No”.

—Regresará—dijo Clemente. Se dio una ducha, se vistió y bajó al taller.

La niebla en la calle era espesa y se sentía en el aire. Eran las ocho de la mañana y el eco de los barcos en el puerto llegaba como un lamento lejano. En la mesa de trabajo, bajo la luz cruda de una lámpara de brazo articulado, estaba la caja de música de plata terminada, que le había encargado un hombre extraño. De pronto soltó el monóculo de su ojo derecho y su mano, manchada de aceite y tiempo, apenas tembló. El sonido de la caja, ante la bruma que se había tragado la calle, comenzó a sonar. Era un vals lento, desacompasado, que parecía arrastrar las notas por el suelo…

 

En el presente

 

De pronto, Clemente recordó algo que no le pertenecía; el sabor a lápiz labial de cereza y el sonido de unos tacones corriendo sobre el empedrado mojado. “Alma, Alma era su nombre”—gritó.

Muchos años atrás había creado aquella caja de música que le habían pedido. Debía recordar dónde estaba guardada pues nunca la vinieron a buscar. Sin estar muy seguro corrió hacia su casa. Ya en  ella fue hasta la buhardilla y abrió con una llave de hierro la puerta de un viejo ropero de madera maciza lleno de tierra. La encontró.

Se sentó y la puso sobre la mesa. Encontró la tapa doble del fondo falso. La sacó y allí, protegida por un terciopelo azul que el tiempo había vuelto gris, había una fotografía. Sus dedos rozaron el papel fotográfico, amarillento y quebradizo. En la imagen, un hombre joven sonreía frente a un farol de hierro en una calle que Clemente reconoció de inmediato: la calle de los suspiros, a pocas cuadras de allí. El hombre de la foto era él con Alma, besándose.

Guardó la foto en el bolsillo de su saco. Quería salir a la calle para que la niebla le mostrara cosas que su mente se había esforzado en enterrar.

Se puso el abrigo y al abrir la puerta de la casa, el frío de la noche le dio un cachetazo.

A llegar al final de la cuadra, bajo un farol que parpadeaba, una silueta femenina pareció disolverse en el vapor. Clemente siguió por la costanera, donde las grúas del puerto se alzaban como esqueletos de gigantes oxidados. Se detuvo frente a un bar de mala muerte llamado «El puente roto.» El lugar olía a tabaco rancio y a combustible diésel, refugio ideal para perderse.

Una mesera desgreñada le preguntó que quería. “Whisky y un paquete de cigarrillos”.

Cuando regresó con todo, Clemente le pidió que se sentara con él unos minutos. Fue entonces que puso la foto en la mesa y le preguntó si la conocía.

—Sí, puede ser.

Clemente dejó un billete de mil en la mesa.

—Su nombre es Alma, si viviera tendría cerca de sesenta años.

—¿Qué, está muerta?

—La mataron. Nunca se supo quién. Apareció ahogada entre los barcos.

—Perdón, ¿Pero cómo te acordás de ella?

—Era mi tía.

Clemente quedó consternado. No sabía qué buscar en su cabeza.

Al salir del bar, Clemente sacó las llaves del bolsillo además de un manojo de llaves oxidadas que no reconoció. Miró a su alrededor y, por un segundo, la ciudad no era la misma. Vio los autos de hace tres décadas, escuchó una radio lejana transmitiendo un boletín informativo de mil novecientos noventa y seis y vio a la mujer del vestido oscuro esperándolo al final del muelle. El perfume de cereza era intenso por demás. Además, vio un pañuelo de seda rojo flotando en el agua sucia del puerto.

Cierto miedo se apoderó de él, pues pensamientos oscuros lo rodearon.

Caminó hacia ella pero a medida que se acercaba, ella se alejaba, hasta que la perdió de vista.

Decidió regresar a su taller, mas al entrar el olor a aceite de relojero, a encierro y a metal oxidado le dio asco.

En la pared del fondo, donde colgaba un enorme reloj de péndulo de finales del siglo XIX, el sonido era distinto. Ya no era un tic-tac rítmico, sino un crujido seco, como si los engranajes masticaran arena.

Luego observó detenidamente el lugar y todo estaba cambiado. Así recordaba el taller, treinta años atrás. Abrió la puerta de calle y los ruidos de la ciudad habían desaparecido. Fueron reemplazados por el trote de un caballo sobre el empedrado y el grito lejano de un sereno. No entendía que ocurría.

De pronto escuchó las llaves en la puerta y se apuró en esconderse.

Vio entrar a Alma y a él, como aquella noche y subieron las escaleras. Recordó todo lo sucedido.

Hasta que algo lo perturbó, la puerta de calle se abrió lentamente. Era el hombre extraño que le había encargado el reloj. Éste subió las escaleras, abrió la puerta y dos fogonazos iluminaron el cuarto y el taller.

Clemente subió corriendo pero no encontró a nadie. El frío inundó la habitación y percibió el aroma inconfundible de las cerezas y el salitre. En el suelo, aparecieron unas huellas de barro fresco y comenzó a escucharse un delicado taconeo que se dirigía hacia él.

—Te dije que nunca más me verías, ¿Recordás? En la madrugada ya estábamos muertos. Roque, mi ex esposo nos mató. No soportó el silencio de Milán, ni nuestro regreso, por lo que me entregó al río y a vos te escondió donde el sol no llega, en las entrañas de una mina vieja.

Clemente la miró y no habló por un buen rato.

Después preguntó.

—¿ Quién me pidió la construcción de la caja de música tan extraña?

—Roque. Quería acercarse a vos.

Se quedaron en silencio, mirándose a los ojos.

—Ok…¿Y ahora, Alma?

—Clemente, querido, no existe un ahora para nosotros, solo un para siempre ya que estabas dentro de mí cuando nos mató. No podemos separarnos. ¿Vamos?

Se tomaron de la mano y caminaron por la costanera hasta perderse en las primeras luces del nuevo día.

Richard/26

 


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo