Como los roedores cricétidos, los oficinistas de Buenos Aires se encuentran en el barranco de su suicidio. Y parece mentira lo de Fiora. Quién sobre la tierra se la iba a imaginar acá, supervisando lo de las tiendas canadienses. Y quién se iba a apostar un pucho a que era no más que una oficinista, como todos los que vamos llenando el campamento. A veces se aproxima a mi canadiense, con ese torrente dulce que yo le he conocido en los cafés, mientras apuraba con los labios más finos la cicuta del mate en las tardes más tristes de los días domingos, como si fuera una diosa. Una oficinista, che. Pero se aproxima a la canadiense, guarda la compostura de una diosa —sosteniendo entre dos dedos delgados la boquilla y despreciando el humo— y solo pregunta Vais a costear el rancho de esta noche, vos. Y yo que vuelvo a negarme, obstinado nada más.
Compréndanme. Los demás prefieren lo de almacenarse junto al barranco, con el resto de soplatintas y dejarse caer lentamente, hincharse los pulmones con el aire que les va faltando y estamparse en el suelo. Yo he optado por prescindir del alimento, nada más. Y sé que al resto de los colegas les sería de la menor importancia mi decisión, si a Fiora no se le hubiese ocurrido, maldita sea la hora, divulgar a los cuatro vientos la vaina. Y ahora a Fiorita, que se siente culpable —por lo de su vieja amistad—, se le ocurre volverse abanderada de la causa del barranco.
Esta noche se presentó con Castello, un viejete que trabajaba de administrativo en un banco de tercera y que se tiene por representante de los abarrancados. Tenés que dejarla, muchacho, esa fiaca de quererse matar de hambre. Digamos que no es políticamente correcta. Y yo estoy en que el viejo ni siquiera se huele que es lo de políticamente correcta, pero él lo va diciendo, mientras se apalanca en el fondo de mi canadiense con la aguardiente y el pozo de mate. Y Fiorita a su lado, tan secretaria al fin, yo que la juzgaba muy capaz de escribir cuento corto y poesía. Castello lleva toda la razón. Es lo que menos se esperan todos los chicos. Tenés que hacer caso.
La verdad es que esos ojos tan de gata, de un azul nuevo y untoso, casi me convencen, pero apenas me mueven a probar bocado. Y la vaina se ha vuelto tan espumosa que ya son todos los muchachos, oficinistas ateridos de frío —tan lejos de sus máquinas de escribir, de sus computadoras—, los que se manifiestan, con pancartas que no acierto ni a leer, pero que en cualquier caso me tratan de rajado y traidor. Lo cierto es que el fracaso de las embajadas Fiorita-Castello parece haber decidido el uso de la fuerza. El primero en invadir la mínima parcela de la canadiense es un pibe arratonado, que se identifica como seguidor de una causa justa y me insta, mientras deja ver sus nudillos, a abandonar mi abstinencia. Viejo, ni me imagino que querés con esa vaina de la huelga de hambre, pero va siendo hora que lo dejes correr y te tires por el barranco, como todo el común. Yo le insisto en que soy tan oficinista como el que más, pero que no me atrae el descenso hacia la bajuras. El pibe va y se crece con la bulla y quiere levantarme la mano, pero entonces suena la hora del barranco y todos obedecen. Todos.
Luego, a la medianoche, el silencio se hace en la acampada y es un momento dulce, que aprovecho para regar el estómago con un poco de mate o de ginebra (nadie dijo que fuesen alimentos). Pero a las veces veo como una sombra sinuosa en la lona, una mujer que se acerca y no termina de hacerlo, unos pasos que finalmente se alejan.
Bien canijo que voy quedándome, pero no me enternecen los llamados al barranco. Hay cosos, como Antúnez, un oficinista de Corrientes, que es de los que siempre tienen que aguardar otro turno. Fiora también es de las que se demoran y tienen que esperar. Pero Castello y el pibe que casi me da la tunda en la canadiense deben de haber caído. Cuando termina la vaina, siempre hay un sinsabor como agridulce en los que quedan, pero luego se dan vuelta hasta la acampada, decididamente desanimados.
Siguen acudiendo, todos los días, oficinistas de todas partes, pero nadie que no se abarranque. Es lo más sencillo y lo más límpio. Tragarse la bocanada de aire puro de la montaña y dejar atrás tantísimo informe y tantísimo memorándum y tantísima matraca. Pero este sufrimiento atroz, de no caerse nunca y sin probar ni traza de un bifé acaba desazonándolo a uno.
Hasta que llega una madrugada, mate sobre mate, la misma sombra, cada vez más cercana, menos ilusoria. Se hace oír la cremallera vertical y las horizontales, y unos pies blancos y pequeños penetran en este ámbito tan conocido. Es Fiorita, que lleva papel y pluma de escribir en el regazo de sus manos cruzadas (ya parece otra vez la Fiora de los cafés) y apenas alcanza a decir, con voz usada pero querida Imagináte, esta noche no cené el asado. Y yo no quiero ni pensar que, otra vez, esto sea un sueño de la fiaca o del hambre. Un sueño.

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