sábado, mayo 2 2026

Mujeres en femenino y en plural.- Loca de amor por Yoly Hornes

Era la cuarta clase que tenía que dar esa mañana. Las tres primeras me habían dejado ya los nervios
destrozados. Ese día habría deseado estar en cualquier parte que no fuera el Instituto. No tenía ganas
de explicar las funciones del adverbio a los de primero, ni de comentar las picardías de Lazarillo de
Tormes con los de segundo. Apenas si contaba con la voluntad necesaria para introducir nociones de gramática generativa en los grandullones de cuarto. Cuando sonó el timbre, estaba tan a gusto conversando con el bedel sobre bueyes perdidos, que me habría quedado con él el resto del día.

Pero me esperaban los salvajes de tercero.

Como no me sentía con fuerzas de iniciar un tema nuevo, decidí que practicaran el análisis sintáctico, que buena falta les hacía ante la inminencia de los parciales. Así que les dicté las largas y rebuscadas oraciones y les pedí que iniciaran el análisis. Todos se pusieron a escribir. Yo volví a mi asiento y me dispuse a preparar los promedios del trimestre.

Un murmullo risueño me llamó la atención. Venía, como siempre, de la parte de atrás del aula. Así que me puse de pie y miré con el gesto más inquisidor que pude. El silencio reinó enseguida. Volví a mi mesa, pero volvió a suceder. ¡Paciencia! Tendría que trabajar en casa por la noche con las notas, anular la salida al cine que tenía prevista… Ahora tocaba pasearme otra vez por los pasillos entre los pupitres como un vigilante, algo que odiaba hacer y que poco tenía que ver con la lengua y la literatura.

En cuanto mis alumnos notaron que me levantaba y comenzaba a caminar, algo confuso y atropellado estalló en ese sector de la clase. Algunas chicas se reían, un muchacho de la última fila
le dio una palmada en la espalda al de adelante y, de pronto, un papel doblado muchas veces cayó al
suelo.

Cristina Landó se agachó para recogerlo como impulsada por un resorte, pero yo llegué justo a tiempo de apoyar mi pie derecho sobre el misterioso papelito, y estuve a punto de pisarle la mano a la pobrecilla. Entonces ella volvió a sentarse y estalló en sollozos desesperados. Todos dejaron de escribir. El descontrol era absoluto. Sólo eso me faltaba para completar el maldito día.

Introduje el papel en el bolsillo de mi chaqueta y, sin leerlo, pregunté qué era. Nadie respondió. Cristina seguía con el rostro escondido entre sus brazos cruzados sobre la mesa. Las vibraciones convulsivas de su espalda me indicaban que seguía llorando, y no había manera de calmarla. Así que ordené a la clase que continuara con el trabajo y todos, menos ella, volvieron a sus libretas.

Imaginaba el contenido del papel, no era la primera vez que encontraba en el suelo ingenuas obscenidades dibujadas o escritas. Pero, ¿por qué estaba tan afectada esa muchacha?

Seguramente, en esta ocasión se trataría de algo referente a ella con algún chico y le daba vergüenza
que yo me enterara.

Pensaba en todo esto mientras le acariciaba lentamente la cabeza intentando calmarla, y para que notara que no estaba enfadado y que no pensaba castigarla. Sólo esperaba que se tranquilizase. Por fin alzó el rostro y me miró. Sus enormes ojos verdes nadaban en lágrimas que resbalaban a chorros sobre sus rostro. Parecía que iba a calmarse, cuando el llanto volvió a atacar con más fuerza. Con las mejillas ardiendo, me pidió permiso para salir. Le dije que sí, que fuera al lavabo, se lavara la cara, respirara hondo varias veces y que después hablaríamos. Me miró de un modo extraño y salió del aula.

Volví a mi sitio y, una vez hube comprobado que el orden volvía a reinar, saqué el papel misterioso de mi bolsillo, lo desdoblé y lo miré. No encontré dibujo alguno, ni palabrotas ni corazones ni nada por el estilo. Unas letras pequeñas y redondas lo surcaban minuciosamente.

“Amor mío:

Te adoro desde el primer instante en que te vi. Mi corazón da un vuelco y me quedo muda de emoción cuando me hablas, cuando me miras. Sueño cada noche que me besas y me rodeas con tus
brazos desnudos, que imagino fuertes y viriles. Yo me dejo besar por ti a la luz de la luna y nos miramos a los ojos con mucha profundidad. El sueño es tan hermoso que querría no despertarme
nunca.

No me atrevo a decirte que te amo con locura porque te burlarías de mí o, peor aún, me tendrías lástima. Mi miedo más grande es que todos en la clase se enteren y se rían a carcajadas de mí. No podría volver al colegio. Quizás hoy me atreva a entregarte esta carta que no es la primera que te escribo, pero sólo lo haré si nadie se da cuenta. Sólo entonces, cuando la hayas leído, te miraré a los ojos como en el sueño, y adivinaré por tu mirada la respuesta. Si, como supongo, no correspondes a mi amor, me mataré, porque te quiero más que a mi vida.

Cristina”

Me sentí enternecido y consternado. ¡Qué trágicos podían llegan a ser los adolescentes! El asunto
parecía ser más grave de lo que había pensado. ¿Qué podía hacer yo? No iba a traicionar una sensibilidad tan delicada preguntando a la clase en pleno de quién estaba Cristina tan enamorada,
pero el chico al que iba dirigida la carta tenía que saberlo. Una idea negra que cruzó por mi mente
me borró la sonrisa complaciente de adulto que está de vuelta de todo: a esa edad uno es capaz de
hacer cualquier locura por amor.

Una gran inquietud se apoderó de mí y salí corriendo de la clase. Tenía que hablar con Cristina cuanto antes y hacerla entrar en razón, no podía dejarla sola en ese estado. Crucé el patio a largas zancadas y entré en los lavabos. No había nadie. ¿Dónde podría haber ido? Noté algo extraño en el espejo, y supe en el acto que la chica había estado allí. Estaba todo cubierto por una pátina de
jabón. Había algo escrito en el espejo y traté de descifrarlo. Horrorizado, comprendí. Eran las letras que formaban mi apellido. Mi apellido en grandes letras de jabón destrozado.

Recordé su verde mirada bañada en llanto, mi mano intentando confortarla con caricias como si fuera mi propia hija, sin imaginar siquiera que pudiera ser yo el objeto de tan sublime y obsesivo amor…

Regresé a la clase, nervioso y asustado, con la secreta esperanza de encontrarla en su sitio y que semejante despropósito jamás hubiese ocurrido, un vano engaño de los sentidos a causa del agotamiento. Tal vez para mi apasionada alumna esto fuera un sueño de amor, pero para mí significaba una horrible pesadilla. Ella no estaba en el aula, y treinta miradas expectantes se posaron
en mi rostro y en mis manos temblorosas. Volví a salir disparado, siguiendo un impulso, esta vez
hasta la puerta de entrada del colegio.

En la esquina, unas cuantas personas se amontonaban curioseando en la confusión que creaba la llegada de una ambulancia con su sirena estridente. Me abrí paso entre la gente como un autómata. Cristina estaba en el suelo, inconsciente y sangrante. Los médicos que le administraban los primeros auxilios preguntaron si alguien la conocía. Yo respondí, espantado: “Soy su profesor”.

“Se pondrá bien, ya reacciona.”, dijeron. “Se ve que ha cruzado corriendo y sin mirar, ¡ay, esta juventud!”, comentó una señora. Llamé con mi móvil a dirección, para que avisaran a la familia de
Cristina del accidente.

La romántica carta de amor aún me quemaba en el bolsillo y, sin pensar, la saqué, encendí una de sus puntas con el mechero y la tiré a la alcantarilla viendo cómo se consumía.

No volví al colegio ese día, en realidad no volví nunca más. Estuve dos meses de baja por depresión y luego acabó el curso. A partir de ese desafortunado incidente, cambié de trabajo. Ahora me dedico a enseñar en escuelas para adultos.

@Yoly Hornes

@Imagen Stock fotos 


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