El silencio de Las Navas del Marqués estaba lleno de susurros. Susurros del viento entre los pinos, del agua en la fuente de la plaza que une El Colegio con el Centro de Salud, por la parte norte de la villa. Susurros de rocas centenarias que, marcando el margen municipal, ven pasar generación tras generación.
Manuela Soria escuchaba esos susurros cada mañana, desde la ventana de su casita de dos plantas con vistas a la peña. A sus cincuenta y seis años, después de haber perdido a Luis, su marido, cinco años atrás, y de una vida nómada entre Barcelona, Dubái y Singapur trabajando en diseño de interiores, había comprado esa casa en la villa de donde procedían sus bisabuelos. No buscaba encontrarse con sus raíces, sino suelo firme donde detenerse.
La primera vez que vio a Abel fue en el hipermercado de los Gómez, una gran superficie que, en la calle peatonal, vende de todo. Él estaba en el pasillo de los quesos y embutidos, pidiendo un queso que, según explicaba con calma a una empleada, se parecía a uno asturiano.
Abel vestía una chaqueta gruesa de lana color oro viejo que apenas sí dejaba ver su camiseta de color ámbar. Sus manos eran finas con dedos largos y se movían al ritmo de sus explicaciones. Su mirada de color marrón con manchas grises y verdes era cercana y afable.
Manuela, detrás de él, esperaba su turno para hablar con la empleada. Notó su acento un tanto extraño y desconocido para ella, caracterizado también por una cadencia distinta.
—Disculpa —dijo él al darse cuenta de que esperaba—. Me he enrollado con mis explicaciones sobre los quesos. Te cedo el turno.
—No te preocupes —sonrió ella—. Las historias son lo mejor que uno puede llevarse de una tienda.
Abel la miró entonces, de verdad, y en sus ojos asomó un destello de sorpresa, como si no estuviera acostumbrado a que alguien le respondiera con una frase construida para pensar. Asintió con un gesto casi imperceptible y se apartó.
Ese fue el primer encuentro.
El segundo fue una aparente casualidad, caminando por el sendero que lleva al embalse. Iba ella con su bastón de senderismo, una rodilla que le recordaba los esfuerzos y los viajes, y él salía del bosque con una cesta llena de níscalos y otras setas comestibles. Se saludaron con un gesto sencillo.
Y fue la tercera vez, en la biblioteca municipal, la ocasión que lo cambió todo. Ambos alcanzaron el mismo libro a la vez: una vieja guía de los caminos históricos de la Sierra de Gredos. Sus manos rozaron el lomo gastado.
—Nos vemos otra vez —dijo Abel sonriendo con una mueca tímida que pronunciaba la paz de su rostro.
—Parece que tenemos gustos similares. Tanto en quesos exóticos como en senderos y libros viejos, —bromeó Manuela con su cálida y potente voz.
Se sentaron juntos en una de las mesas de roble. Abel Soriano, de cincuenta y dos años, inició una conversación en la que, a la vez que se empapaba de la compañía de ella, le contó que era viudo desde hacía más de una década, que había trabajado como ingeniero forestal en Noruega y Dinamarca durante casi veinte años y que había vuelto hacía tres, buscando una vida más relajada y espiritual, y un lugar donde emprender su carrera como escritor.
—Pero la quietud —confesó casi sin querer—, a veces se vuelve eco de soledad.
Manuela comprendió ese eco. Habló de Luis, de la pérdida que no se cierra, de cómo se puede convivir con ella, y de la necesidad de un lugar que fuera refugio, no escondite.
Empezaron a quedar. Paseos animados por la calle Real, un café en El Sauco, donde Pedro, el dueño de la cafetería y conocido de Abel, los miraba con curiosidad: “Abel, el señor reservado aunque amable; Manuela, la nueva vecina con aire cosmopolita”.
Sus conversaciones eran largas junto al fuego, en el piso de él, compartiendo recuerdos de mundos lejanos: los desiertos dorados de oriente, los bosques infinitos y ahora silenciosos del norte europeo.
Descubrieron que la soledad, cuando se compartía, dejaba de pesar. Se transformaba en espacio, un espacio cómodo y tranquilo donde cambian los silencios sin angustia.
La primera vez que se tomaron de la mano fue en el mirador de la Peña del Oso, con el pueblo a sus pies como un belén de piedra y teja. No fue un gesto planeado. Sus manos se encontraron sobre la barandilla de madera, buscando calor contra el viento frío, y simplemente se entrelazaron. Fue natural, como el siguiente latido del corazón. Manuela sintió una calidez… era la sensación de un ancla que por fin se amarraba en el fondo. Abel apretó suavemente su mano, y ella vio cómo sus ojos tricolor, por primera vez, parecían completamente presentes, anclados también en ese instante, en ese lugar, con ella.
Fue entonces cuando comenzaron los murmullos.
Las Navas del Marqués es una villa tranquila que lo ve todo. Las miradas siguieron a la pareja que, de pronto, empezó a verse siempre junta. Abel, el solitario que paseaba con rapidez por los alrededores de la localidad y que se iba a Ávila para poder pasear solo sin captar la atención. Manuela, la señora de ciudad que adquirió y restauró la casona de la familia Soria. Y ahora, agarrados de la mano, ríen en una mesa del Magalia, hacen la compra juntos en el hipermercado de los Gómez, desayunan chocolate con churros en el Obrador de Ángel, el rincón preferido de ella.
—¿Os habéis fijado? Van siempre de la mano, como adolescentes— comentaba una vecina desde su balcón.
—Ella es mayor que él, ¿verdad?, me pregunto quién de los dos ha pegado el braguetazo— susurraban con una mezcla de incredulidad y morbo.
Los comentarios llegaron a ellos, como llega el viento, en ráfagas indirectas. A través de una pregunta demasiado interesada:
—¿Tan en serio va lo vuestro?
… a través de una mirada indiscreta y prolongada, de un saludo negado repentinamente.
A Abel, acostumbrado al respeto escandinavo por la privacidad, le irritaba.
Manuela, más experimentada en los vericuetos sociales de distintas culturas, lo tomaba con filosofía, aunque a veces una sombra de fastidio cruzaba su rostro.
Una tarde, sentados en el banco frente a la Ermita del Santísimo Cristo de Gracia, él dijo, mirando sus manos entrelazadas sobre sus rodillas:
—Parece que nuestro bienestar les molesta. Como si dos personas a nuestra edad, con nuestras historias, no tuvieran derecho al amor ni a la compañía.
Manuela apoyó la cabeza en su hombro.
—Les molesta lo que no entienden, Abel. Tú llevas tres años siendo un misterio cortés, y yo llegué con mi equipaje de mundo. Juntos somos un misterio mayor. Pero nuestro derecho a esto —apretó su mano— lo ganamos cada día que elegimos estar aquí, juntos, a pesar de los fantasmas y de los chismorreos.
Decidieron no esconderse. Al contrario. Salían más, paseaban más lentamente, asistían juntos a la pequeña tertulia literaria de la biblioteca. Su felicidad era tranquila, compuesta de confidencias a la luz de la lámpara, de sopas compartidas en las noches frías, de proyectos para restaurar el piso de Abel. Una felicidad que no necesitaba alharacas, firme como las rocas que fortificaban el municipio avilense.
El punto de inflexión llegó en la fiesta de la Virgen del Carmen. En la Plaza Mayor, colmada de vecinos, música y olor a guiso de chori papas, Manuela y Abel bailaron una balada romántica. No eran expertos, se movían con sencillez y con sus mejillas casi juntas.
La gente los miraba. Había sonrisas tiernas en algunos rostros, curiosidad en otros, y en unos pocos, ese resto de incomprensión.
Al terminar la canción, se acercó a ellos Doña Pilar, una anciana del pueblo que todo lo ve y todo lo critica. Todos esperaban una indirecta, un comentario cargado de doble sentido. Doña Pilar se plantó delante de la pareja, que seguía agarrada de la mano, y los miró con sus ojos pequeños y vivaces. Luego, asintió lentamente.
—Me da envidia —dijo en voz alta y clara—. A mi marido, que en paz descanse, le gustaba bailar así conmigo. Agarrados de la mano y sin hacer tonterías. Da gusto ver que el cariño verdadero no entiende de fechas de caducidad.
Y se dio la vuelta, dejando un silencio atónito a su alrededor. Luego, varias personas asintieron. Alguien empezó a aplaudir con timidez. Otros se acercaron a felicitar a la pareja por lo bien que bailaban.
Manuela y Abel se miraron. En sus ojos ya no había preocupación por los murmullos, ni resistencia. Solo había gratitud, y la certeza de haber encontrado, en el ocaso de sus vidas, un amor inesperado y profundo. Un amor que no era capricho sino el fruto tardío y dulce de dos almas que, después de perderse por medio mundo, habían vuelto a casa y se habían encontrado la una a la otra.
Caminaron de vuelta a casa de Manuela, bajo el cielo estrellado que parecía una bóveda de terciopelo negro. Sus manos, entrelazadas, ya no llamaban la atención. O tal vez sí, pero ahora con una sonrisa de reconocimiento. Eran, simplemente, Manuela y Abel. Los que habían elegido, entre todas las ciudades y todos los países, el silencio compartido de Las Navas del Marqués para escribir, juntos, el último y más hermoso capítulo de sus vidas.
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