sábado, junio 13 2026

La duda en la palabra por Feliciano F.González

Como era de esperar hoy no ha amanecido. El sol cegador, puntual a su cita diaria otoñal, se ha desplazado sin mayor novedad. La rutina dominical está instalada.

Hasta las once de la mañana la sala deteriorada de la parroquia regala un fresco oasis de silencio y humedad mohosa. Los vecinos, ornamentados como fieles, llegan puntuales. Algunos se anticipan, no pocos se hacen observar retrasados. El misterio de la vida avanza de puntillas por rutinas inamovibles. No tardarán en escucharse, en la recogida nave, el eco de sus pisadas, toses, murmullos, los lloros y gritos de los escasos niños que aún se dejan arrastrar a la iglesia.

Hace treinta años algunos de los fieles debían aguantar de pie durante más de una hora mi particular
disfrute del ritual. Joven pastor de estas almas, mi energía encharcaba los corazones. Así lo
sentía dentro de mí con punzadas místicas. Hoy mi espectáculo se despliega sobre un aforo reducido, a veces mínimo. Los dardos ardientes de la fe han dejado paso en mi voz a una retahíla de consejos graves, más de viejo que de cura. Olvido constantemente las citas preceptivas que harían de mi discurso una homilía en toda regla. Acaso no son olvidos sino erupciones del alma oculta, que no se consiente a sí misma respirar hondo y gritar libre a los cuatro vientos. Encierro clandestino el que me atenaza, mutismo del ser, celda cruel asfixiante, los ojos hundidos hacia dentro para ocultar la mirada sincera. Una voz titubeante que no se reconoce en las palabras que pronuncio. Palabras sin identidad,
huecas, esculpidas, digo, escupidas, por encima de las cabezas adormecidas entre los bancos.

Pronto serán las once de esta última mañana. Ya se ha anunciado que un joven sacerdote viene a sustituir a esta vieja carcasa extenuada. Una inyección de energía nueva en un aire secular que no ha cambiado en largas décadas, o siglos. Yo estaré, como tantas mañanas de los últimos seis lustros, narcotizando los oídos de estas gentes pacientes que van quedando con la química quimérica de las metáforas, parábolas y otros cuentos preceptivos. Retornarán a sus hogares con la tranquilidad
de haber cumplido con lo debido. Poco o nada recordarán de lo escuchado.

Comentarán pequeñas maldades cainitas de uno u otro vecino. Y después, la única verdad ante sus ojos, la vida abierta en canal, esa rutina de dejarse vivir a toda costa. La vida, y nada más que la vida.
He llegado hasta este preciso instante tras un tortuoso camino subterráneo.

Sereno e incierto, como un toro que espera ver la luz por el portón de los toriles. El albero ardiendo allá afuera bajo un sol despiadado, invitando engañosamente a abrazar una libertad ficticia, para siempre secuestrada.

Hoy es el día en que estas amables gentes pudieran saber de mis labios todas las palabras que no he pronunciado, los gestos que he enmascarado, las ver- dades maniatadas por el fingimiento. Hoy podría ser el comienzo de la duda, el ocaso de la paz aparente que he edificado durante tantos años. O quizás, en fin, pueda no ser hoy más que otra cuenta en el rosario sin aristas del tiempo. Mis palabras dóciles, podéis ir en paz. La paz que no es paz sino lucha adormecida. Dejaré el púlpito y ya no volveré. Ninguna huella delatará que un día fui vida cierta y mentira punzante al mismo tiempo. Tampoco el sol recordará el juego de mi sombra pausada.

Los ecos de unos primeros pasos marcan la hora de la verdad. En un lateral del templo, un crío de no más de siete años se afana en encender una candela. Yo lo observo sin poder aislarme del silencio. De sus grandes ojos negros brota una mirada empapada de esperanza.

Del libro de cuentos Piel de Escamas (Aliar Ediciones, 2025)

@Feliciano F. González

 

 


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