Si vamos a hablar de la muerte, yo tengo algo que decir.
Porque a la muerte le precede la vida, y la mía fue un dejarme estar, aceptar lo que me tocaba. No todos tenemos pasta de héroes.
Tuve conciencia del fin de mi plácida existencia cuando vislumbré el túnel que tantos agonizantes han descrito. Largo, oscuro, con una luz brillando al final, donde se decide la suerte de la vida siguiente: paraíso, purgatorio o infierno.
No fue el viaje sereno que esperaba y comencé a preocuparme por el desenlace. Aunque nunca hice mal a nadie, tampoco hice ningún bien, y quizá los jueces no lo consideraban mérito suficiente.
Al final del túnel me hirió la intensidad de la luz a través de los parpados cerrados. Los sonidos estridentes se comenzaron a aclarar, y surgió una voz profunda. Me preparé para oír mi sentencia. La voz dijo: «¡Enhorabuena! ¡Es una niña!».
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