domingo, septiembre 6 2026

Mujeres en femenino y en plural.-Horas doradas por Lola Jaramillo

A las seis de la tarde, en julio, el sol se pone vago. Se estira, se vuelve miel y baña los patios de las casas como si pidiera perdón por el calor del día. Sube por las escaleras detrás de Amparo hasta la azotea donde va a tender la ropa. Son treinta años subiendo, treinta veranos de blanquear ropa. Las rodillas le pesan, pero la espalda no se le ha doblado nunca.

Amparo, como siempre, utiliza sus propias pinzas de madera, pulidas por el sol y por la prisa. Con las que ha sujetado más que las sábanas del hostal en el que trabaja en esa misma finca. Con esas pinzas, ha sujetado una hipoteca, dos hijos que estudiaron y especialmente su nombre, cuando solo era “la mujer de la limpieza”.

Es su hora dorada y su territorio, no es descanso, es trinchera. Ahí arriba en su azotea, nadie le dice nada. Ella decide donde va cada pinza, cada pliegue, cada nudo, cada bandera blanca que tiende al viento para que se seque flameando con una promesa “mañana vuelvo”. Nadie la manda. Nadie la ve. Pero nadie le quita lo que hace con sus manos.

Desde la azotea mira el barrio y piensa “Abajo soy la señora que limpia. Aquí arriba soy simplemente Amparo. La que decide, la que paga, la que cría…”. Y mientras el sol se pone naranja sobre las blancas sabanas, nacen banderas de treguas, banderas de “Aquí soy yo”. Aquí mando yo. Abajo limpio lo de otros. Aquí tengo mi orgullo, mi sueldo, mi nombre.

Cuando baja, vuelve el silencio. Pero baja siempre con la cabeza alta. Porque sabe una cosa que nadie le enseño: que para alzar la voz no hace falta gritar. Son voces alzadas desde el silencio, la suya no se oye, pero se ve en sus gestos, en sus logros, en la calma que le produce su refugio cotidiano. A veces es solo subir escaleras todos los días sin pedir ayuda, sin deberle nada a nadie más que a sus propias manos y a sus ganas de seguir.

Hoy la han llamado de la dirección del hostal que está en la tercera planta. Pase y siéntese Amparo.
Su trabajo con nosotros, desde hace ya más de treinta años, lo ha desempeñado con gran compromiso, esfuerzo y dedicación, pero hemos pensado en hacer unos cambios para adaptarnos a los ciclos que están llegando y le he de decir que a partir de ahora, ya no la vamos a necesitar.

Todo eso dicho casi de carretilla con voz de prisa, de corte de “gracias y adiós” Amparo no contesta. No discute. NO PIDE. Baja una escalera dos y se para en el rellano. Saca del bolsillo una pinza nueva, sin estrenar. Sube otra vez toda la escalera con el dolor de las rodillas y con la rabia.

Llega a la azotea. Tiende una sábana más. Ahora es la suya. Vieja, algo remendada, ero blanca, muy blanca. La sujeta con fuerza con varias pinzas. Una por cada hijo que crío sola, otra por cada mes que pagó sin fallar nunca, una mas por cada “no puedo” que se tragó.

El viento levanta, ondea alto, bien visible para todo el barrio. No dice nada. No hace falta. Ahora cuando baje, ya no volverá a ser la señora de la limpieza. Será Amparo y su sábana sigue arriba, diciendo lo que ella no dice: “Aquí sigo, aunque ya no me necesiten”. Así terminan las horas doradas: sin reloj, sin pensión, sin adiós.

Ahora su vida empieza con fuerza, sin justificar nada. Siendo solo Amparo.

@Lola García Jaramillo

@Imagen Pinterest


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