…está al fondo del pasillo exterior de la capilla: una sección del casco donde los constructores originales instalaron un panel de cristal reforzado de tres metros de altura y doce de largo que mira directamente al espacio. No tiene propósito funcional. Es una concesión a la necesidad humana de horizonte, de infinito, de algo que no sea metal y reciclaje y el olor constante del aire procesado. Los colonos fundadores pusieron bancos de metal frente al cristal. La mayoría están rotos.
Me senté en uno de los bancos. Frente a mí, a través del cristal, el espacio era exactamente lo que siempre es: perfecto, indiferente, hermoso de una forma que no tiene escala humana. Una nebulosa a ciento veinte años luz pintaba el fondo de un rosa sucio y antiguo. Había estrellas que tardaban la luz de civilizaciones enteras en llegar hasta ese cristal. Me senté y las miré y pensé en Celeste y en el patrón de los muertos y en los ojos negros que no parpadeaban.
Entonces sentí algo apoyado en mi omóplato. Frío. La clase de frío que no es una temperatura, sino la pura ausencia de calor. Como si algo hubiera posado una mano en mi espalda y esa mano fuera el negativo de una mano, un vacío con cinco dedos que absorbía mi propia calidez corporal.
Y no respiraba. Lo noté porque el ser humano percibe la respiración del otro de formas que no son enteramente conscientes —el movimiento del aire, el ritmo imperceptible del pecho del otro, el calor húmedo que genera cualquier sistema pulmonar en funcionamiento. No había nada de eso. Solo la presión fría y quieta contra mi espalda.
Me quedé completamente inmóvil.
En once años de periodismo de investigación he estado en situaciones donde el miedo es una herramienta. He aprendido a usarlo: a dejar que agudice la percepción sin que paralice el pensamiento. Esta vez, el miedo no fue una herramienta. Fue una ola. Respiré. Conté. Me giré.
IV. La hora de los muertos
Estaba a menos de treinta centímetros. De cerca, la perfección de su rostro era distinta. Desde lejos, desde el pasillo, era la clase de belleza que hace detenerse a los hombres —lo había visto. De cerca era otra cosa. La piel era demasiado uniforme, sin poros visibles, sin la irregularidad microscópica que tiene cualquier superficie biológica. Como una pantalla holográfica de alta resolución que imita la piel pero no puede reproducir su textura. Y había grietas. Pequeñas, cicatrices casi invisibles, que recorrían las comisuras de los labios, el borde del maxilar, la zona debajo de los ojos. Como fracturas en una máscara de porcelana muy fina.
Sus ojos, a esa distancia, eran el espacio mismo. No había metáfora. Era literalmente lo que veía: dos secciones de vacío absoluto. No decía nada. Solo miraba. Con esa misma atención quieta, calculada, que había dirigido al técnico en el pasillo. La diferencia era que yo no reía. Y que algo en mí —algún instinto más antiguo que el lenguaje— sabía exactamente qué clase de criatura tenía delante y qué significaba esa mirada.
Las facciones delicadas se movieron. No fue gradual. Fue una transición: en un momento tenía el rostro perfecto e inmóvil, y al siguiente los rasgos comenzaron a hacerse más laxos, más antiguos, como si la máscara perdiera presión. El contorno de la mandíbula se volvió impreciso. La piel —o lo que fuera— adquirió esa consistencia flácida de algo que ha estado muerto mucho tiempo. Una vejez que no era biológica sino otra cosa, algo que no tenía nombre en ninguna taxonomía que yo conociera.
Abrió la boca. La voz no vino de su garganta. Vino de todas partes y de ninguna. Era como si el silencio del espacio exterior, al otro lado del cristal de tres metros, hubiera encontrado la forma de articular palabras.
—¿Sabes qué hora es en tu ciclo?
No era una pregunta real. Era el principio de algo.
—Es la hora de morir.
Vi sus dientes. Negros. Carcomidos por algo que no era caries sino tiempo, tiempo inmensamente largo que había operado sobre ellos de la misma forma que opera sobre el metal en el vacío: lentamente, absolutamente, sin apelación. Entre los dientes había filamentos oscuros —pensé en cables oxidados, pensé en algas de los tanques de reciclaje de agua, pensé que mi cerebro estaba buscando desesperadamente categorías familiares para algo que no las tenía.
El tiempo entre ese momento y el siguiente no lo puedo medir con precisión. Los sensores de mi comunicador registran que transcurrieron cuatro segundos. Yo los viví como si fueran cuatro minutos, o cuatro horas, o como si el tiempo hubiera dejado de ser una dimensión útil.
Lo que sé es que la empujé. Fue un impulso. No un plan. Mis manos se movieron hacia delante antes de que mi cerebro hubiera terminado de procesar la decisión. La toqué. No había masa. Mis manos atravesaron lo que debería haber sido resistencia física y encontraron solo frío —el mismo frío del espacio contenido en una forma, como si la forma fuera una membrana muy fina que separaba el vacío del pasillo. Durante un décimo de segundo sentí en mis palmas algo que no tenía nombre y que mi cerebro registró como ausencia total, como el negativo de todo, como lo que hay cuando no hay nada.
Luego corrí. Corrí de una forma que no creo haber corrido en mi vida: sin calcular, sin pensar en dirección ni en ruta, movida enteramente por el sistema nervioso más primitivo, el que no razona sino que simplemente huye del depredador. Los pasillos de aleación negra pasaron a mi lado como un túnel, la iluminación anaranjada lo convertía todo en una pesadilla de sombras.
El sonido llegó cuando ya llevaba unos veinte metros. No lo esperaba. No porque no esperara que hiciera algún sonido, sino porque el sonido que emitió era imposible de la manera más literal: se propaga a través de materia, no de vacío. No puede existir en el espacio. Pero tampoco era un sonido que viajara por el aire del pasillo. Era un chillido que viajaba a través del metal mismo, que hacía vibrar la aleación del suelo bajo mis pies, las paredes a mis lados, el casco entero de la estación como si fuera una cuerda de un instrumento. Era un sonido que no necesitaba aire. Era un sonido que resonaba directamente en el metal y a través del metal hasta los huesos de mis pies.
Seguí corriendo. En algún momento, sin haberlo planeado, me giré.
La vi a unos treinta metros. En el centro del pasillo. No corría. Flotaba —a dos metros del suelo, con la gravedad artificial del Nivel 7-Delta perfectamente funcional a su alrededor, como si la ley física que la regía a ella fuera diferente a la del pasillo. Tenía los brazos extendidos, levemente hacia adelante, con las palmas abiertas. Sus dedos —eran demasiado largos, con una articulación de más que hacía que la geometría de la mano fuera incorrecta de una forma que tardé un momento en identificar— apuntaban hacia donde yo estaba.
La boca estaba abierta. No hasta el límite fisiológico normal. Sino hasta el límite de lo que una mandíbula puede hacer antes de dislocarse, y luego un poco más allá. Las luces de emergencia comenzaron a apagarse. Una por una. Desde su posición hacia adelante, como si la oscuridad emanara de ella y avanzara a su paso. Corrí con la oscuridad cerrándose detrás de mí, y el chillido del metal vibrando en mis huesos, hasta que llegué al pasillo principal del Nivel 4, allí las luces eran blancas y brillantes y había tres ingenieros de turno discutiendo algo sobre un bypass de refrigeración, y me detuve con las manos apoyadas en las rodillas, respirando, mientras ellos me miraban con la expresión de quien ve algo que no sabe cómo clasificar.
No les dije nada.
V. La cruda realidad
Llegué a la sala de transmisiones de NovaCast al inicio del ciclo de luz con el traje empapado y los sensores del comunicador quemados. La quemadura de los sensores no era metafórica. El panel holográfico del comunicador mostraba tres líneas de error en rojo y la pantalla de bio-signos estaba en blanco —todo el módulo de detección había sufrido alguna clase de interferencia o sobrecarga que los técnicos de mantenimiento del canal no supieron explicar. Los sensores habían registrado datos hasta el momento en que toqué a la figura en el mirador. Después, nada.
Mi asistente, Dek, me trajo café sintético y no preguntó nada. Dek lleva seis años trabajando conmigo y ha aprendido que cuando llego en ese estado lo mejor es el café y el silencio. El equipo forense llegó cuarenta minutos después del inicio del ciclo de luz. Habían encontrado un cuerpo en el mirador panorámico. Las imágenes del médico forense de la estación tardaron tres horas en llegar a mi terminal. Las vi con el café sin terminar en la mano y el estómago cerrado.
Era el técnico joven con el traje naranja y las franjas reflectantes. Tendido en el suelo de metal frente al cristal de tres metros, frente al espacio que no tiene fin. Su garganta había sido abierta con una precisión que el informe forense describía como incisión única, borde liso sin desgarros, profundidad uniforme de oreja a oreja. Como hecho con un bisturí láser.
Estaba blanco. El sistema de reciclaje hemático de la estación no había registrado ningún aporte.
Busqué en el directorio de personal. El técnico se llamaba Oren Cassidy. Treinta y dos años. Mecánico de mantenimiento de segundo nivel, turno de noche. Llevaba catorce meses en Kepler-9. Era de Marsella, en la Tierra, donde tenía una hermana y una madre que seguían esperando la llamada holográfica que él hacía cada diez ciclos con la regularidad de alguien que sabe el valor de mantener los lazos a través de la distancia.
La última llamada la había hecho hacía nueve ciclos. La siguiente no llegaría nunca. Escribí el informe. Lo envié a Novak con copia al director de seguridad de la Flota en la estación. Novak respondió en dos líneas: Recibido. Investigación en curso. El director de la Flota no respondió. Supe que no respondería.
Epílogo: Lo que queda
Los asesinatos cesaron. No inmediatamente. Hubo un quinto muerto, diecisiete ciclos después de Oren Cassidy: un mecánico de treinta años encontrado en los túneles de ventilación del Nivel 8. Luego, nada. Ciclos de silencio que se convirtieron en meses y los meses en algo que se parece al olvido, si uno no presta atención al espacio que hay entre las cicatrices.
No sé por qué paró. He pensado en eso muchas veces, en la oscuridad de mi cuarto en el Nivel 3, con el sonido constante de los sistemas de ventilación y la certeza de que Kepler- 9 se mueve a través del espacio y el espacio no tiene fondo. He pensado en lo que Celeste dijo sobre el trato. He pensado en si yo representé algún límite —alguna línea que la criatura del ciclo 30, por razones que no son humanas y que por tanto no puedo comprender, decidió no cruzar. O si simplemente no le resultaba interesante. O si había llegado a lo que consideraba suficiente.
No lo sé. Lo que sé es que nunca más volví a los Niveles Inferiores durante el turno de oscuridad. La curiosidad periodística murió esa noche en el mirador, frente al cristal de tres metros y el espacio que no tiene fin. La reemplazó algo más antiguo y más sencillo: la certeza de que hay cosas que no deben buscarse porque al buscarlas uno se convierte en lo que la presa siente cuando el depredador la encuentra. La certeza de que el conocimiento tiene un precio que no siempre vale la pena pagar.
Sigo transmitiendo para NovaCast. Sigo cubriendo crímenes. Sigo buscando los patrones en los datos, los hilos que conectan los hechos dispersos, la historia que espera ser contada debajo de los informes oficiales. Es lo que sé hacer. Es lo que soy.
Pero cuando el ciclo de luz termina y la iluminación de Kepler-9 vira al anaranjado de emergencia, y la neblina de condensación sube de los ductos de ventilación averiados, y el espacio exterior presiona silencioso contra el casco de aleación negra —en esos momentos pienso en Celeste, y en sus demasiadas décadas para su aspecto, y en la forma en que me miró cuando dije que alguien había roto el trato.
Todavía no sé quién rompió el trato primero. Y sin embargo, no dejo de pensar en que, en el espacio, nadie puede oír los chillidos que viajan a través del metal.
Apago las luces y me quedo inmóvil hasta que pasa el miedo, o hasta que aprendo a convivir con él, que es lo más cerca que voy a estar de lo primero.
Fin de la transmisión archivada. Mara Voss — Corresponsal de investigación, NovaCast Estación Orbital Kepler-9 — Año 2387 Los archivos forenses de los casos referenciados en esta transmisión han sido clasificados bajo Código 7 por el Departamento de Seguridad de la Flota Terrestre. Su consulta requiere autorización de nivel superior al de esta narradora.
@Josep Catalá
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