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El segundo círculo by Jorge Aldegunde -02

Habitación 64 portada

Segunda parte y final -nota del editor-

Lo sigo, a cierta distancia. El tipo se adentra en los baños. Imagino lo que vendrá: desalojo de vejiga, tiro rápido y a contar veinte. Más rápido tendré que actuar yo, si quiero tener una mínima oportunidad: el colega es grandullón y ejerce. Sostengo el cadáver del vaso: apenas queda la base y fragmentos irregulares de vidrio, afilados y cortantes por necesidad. El aseo, como todo el local, es exclusivo; se descarta la masificación. Abro la puerta con sigilo. Con todo, una de las bisagras se queja. «Ocupado», dice el maromo –tan seguro de sí mismo que pasa de darse la vuelta–. Es mi oportunidad: tomo una mínima carrerilla y empujo; agarro su estúpida coleta y golpeo su jeta con violencia contra la pared una, dos, tres, hasta cuatro veces. Cumple entonces la copa su último servicio y termina –agitada, no revuelta– colgada del cuello del infeliz, en algún punto cercano a la yugular. Salgo de allí, como alma que lleva el diablo; lo último que quiero es ponerme perdido de sangre.

***

–¿Lo ve? Todo va saliendo, casi sin esfuerzo. Una noche interesante, la suya. Con todo, creo que falta algo. No están todos los ingredientes todavía. Queda la traca final.

–Déjeme en paz. ¿No tiene usted bastante? Ella es la razón por la que lo hice. Eso, y todo lo demás…

–Es lo que ardo en deseos de conocer: todo lo demás.

–No recuerdo nada. Solo fragmentos de la escena del coche. Se lo aseguro.

El de negro dibuja una sonrisa lobuna, de cazador. Se levanta, despacio, las manos en la espalda.

–Pero su venganza no estaba completa, ¿verdad?

***

Me acerco a la barra, todavía lívido. Necesito otro trago, aunque sea de cicuta. Miro alrededor, y trato de pensar. No me dura mucho el impulso: ella aparece. Se acerca, me mira. Posa una mano sobre mi cuello; me empieza a besar. Me sumerjo en sus profundos labios. Asomarse es como quien mira un maravilloso pozo sin fondo. Abro los ojos; ella los mantiene cerrados. La perspectiva es de lo más sugerente: se muestran sus pechos –redondos, bien formados–en todo su esplendor. Ella me arrastra, muy despacio, a un rincón apartado. Sin dejar de besarme y acariciar mi nuca, su mano izquierda –la más siniestra– inicia un recorrido descendente. Enseguida encuentra lo que busca –no es que yo lo ponga difícil, dicho sea de paso–. La dejo hacer, que no es poco. En menos de un minuto ha encontrado un ritmo pausado, lento pero firme. No creo que aguante mucho. La música del club, las luces, todo se ha evaporado. Por si no fuera poco ella se agacha. Su boca se apodera de la escena. Comienza tímida; mas solo es un espejismo. Pronto entra en dura pugna con su lengua por dominarme. Todo se precipita mientras yo, a duras penas, lucho por no acabar en el fondo de su garganta. En pleno clímax afloja la presión, se detiene. Con precisión de cirujano introduce mi verga de vuelta en el pantalón y me mira. Me espeta que se quiere marchar; que en ese antro se aburre y no queda nada por hacer. Que deje de mirarla como un pasmarote y que pida un Dom Perignon; que tiene seco el gaznate.

Hay que joderse.

Vuelvo a la barra, hecho una furia, del todo incandescente. La veo parlotear, ufana, con una pareja de acaramelados. Pido el puñetero champán, en cuatro copas. Conozco al camarero, por eso le digo que una de ellas debe ir con doble de condimento. Sé que las mezclas no son buenas, pero necesito tranquilizarme. Por el bien de todos.

Ella me hace un gesto, casi hasta casual. Me presenta a sus amigos. Imposible recordar sus nombres; nada que me interese. Todos se lanzan a por sus copas. Cuando me quiero dar cuenta, solo queda una en el maldito mostrador. Espero que a quien le toque el trago ilustrado tenga el cuerpo hecho a los ansiolíticos. Entonces pienso que se trata de una entre cuatro y sugiero un brindis por la bendita estadística.

***

–Ajá. Lo que pensaba. Ahora sí, creo que lo tengo todo. Su amiga se lo bebió de un trago. Fue ella. Y terminó de hacerle efecto en plena curva. Una noche memorable.

–Váyase al infierno.

El tipo trajeado se levanta, reprime un bostezo.

–No se preocupe, así lo haré. Tal vez nos veamos, amigo. Pero eso no es cosa mía. Yo solo redacto el informe; otros deciden. Soy, como dicen en su mundo, un simple funcionario.

–¿Qué haré yo mientras?

–Oh, no se preocupe. Seguirá aquí, en la sesenta y cuatro.

–Estupendo. En este sitio gris y anodino, donde nunca ocurre nada.

Vuelve otra vez esa sonrisa, mezquina y cruel.

–Si alguna vez tiene la ocasión de volver al mundo de los vivos, hágame caso: lea un poco más.

Iba a responder airado, pero en la habitación solo el triste recuerdo de una vida agitada y confusa. Aquel hombre siniestro –lo que quiera que fuese– se marchado ya.

Me fijo ahora en la ventana. Percibo ulular un viento creciente. Miro a través de unos ojos que, acostumbrados a la penumbra, son capaces de reconocer el movimiento de las ramas de un árbol solitario ante la ventisca. El oscilar de un punto de luz que, lejano, parece plantar cara a la tempestad. En ese momento, el cristal se rompe en mil pedazos. Por entre los huecos del ventanal penetra un aire frío, cruel. Todo gira, bate y se pliega a su voluntad. La silla que había utilizado el viejo sale disparada; golpea con estruendo la pared opuesta. Los tubos que me mantienen conectado aletean, como pájaros en desbandada. La cama y el escáner se desplazan, chirriando aparatosamente al rozar con el piso. Al poco la habitación, el edificio entero, comienzan a girar como una veleta expuesta en un balcón. Hago un último esfuerzo por permanecer en aquel espacio, pero un huracán me arrastra hasta un lugar más oscuro, informe y lejano.

Después de todo, tal vez haya conseguido abandonar la habitación sesenta y cuatro.

***

Estamos listos para marcharnos. Ella me propina otro de esos besos de tornillo, no hay quien le ponga el cascabel a esa lengua. Termina pidiéndome la llave del Mercedes. Yo, sumiso, se las entrego. Nos vamos a tomar la penúltima a otro garito. Tal vez no sea mala idea; el ambiente estaba muy cargado en el club.

Intento relajarme; parece que el calmante está haciendo su efecto. Nos ponemos en marcha.

Después de todo, ¿qué más podría suceder hoy?

FIN

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