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LATUIJA Y RUBIÓN by José Luis Serrano

Ilustración facilitada por José Luis Serrano

La estirpe de los Latuija se remonta por lo más a tres o cuatro generaciones atrás. La familia en sí viene de bastante más lejos, de toda la vida, como la mayor parte de las del pueblo y han ido creciendo en casas y en hijos día a día.

Aquella tarde conversaban dos mujeres, una de ellas era la del maestro, hembra menuda y muy leída a la que se tenía por culta. Estaba informando a su interlocutora, Antonia, que en el viaje del día anterior a la capital se había encontrado con Merce. ¿Qué Merce…la mi hija? inquirió Antonia y la mujer del maestro, harta de corregir infructuosamente la colocación innecesaria de artículos afirmó resignada: Sí, la tú hija. Merce la tú hija… y siguieron conversando en que si  ¿la vio vd. bien? ; Sí, muy guapa y cosas así.

No hubiera trascendido de no haber estado presente un sobrino nieto de Antonia ocupado en sus juegos y con las orejas a todo lo emitiera algún sonido entre el susurro y el estruendo. Así que cuando para Navidad vino Merce, el pequeño canturreaba vino Merce latuija, vino Merce latuija… y ningún problema mientras fuese Antonia quien oyendo al crio se creyese destinataria única de la salmodia porque era, efectivamente la su hija, pero para los demás… algunos percibieron como un apelativo cariñoso que terminaron por hacer propio y usarlo para referirse a Merce. A Merce Latuija.

Como a Merce Latuija no le hacía ninguna gracia el asunto y fruncía el ceño, para qué quieres más. Si se hubiese limitado a no contestar o a dejarlo correr, puede, sólo puede, que el asunto se hubiera olvidado, pero resulta que a Merce no le parecía bien. ¿Y a quién le importa? Ya era Merce Latuija para siempre. Como Fredo el cojo era Fredo el cojo aunque sus dos piernas midieran lo mismo y no tuviera ni un asomo de renqueo al andar… pero eran las primeras letras del taco que soltaba cuando se le cruzaba la mula o el compañero de baraja pifiaba una jugada…

Merce regresó al pueblo y empezó relaciones con Luis quien cierto día contó a unos amigos que tenía novia ¿Quién? le preguntaron, Merce, contestó ¿Qué Merce? Porque había al menos tres que podían ser. Luis no encontró mejor manera: Merce Latuija, dijo y todos supieron quién. Naturalmente Merce se enteró y Luis tuvo la cara roja media tarde y estuvo sin saber de Merce hasta el domingo siguiente a la salida de Misa. Al final le perdonó y a falta de otra razón dijo que “bueno…”

AL hijo de Merce y Luis le pusieron el nombre de los abuelos, Juan y Andrés.  Juan Andrés Latuija, naturalmente, aunque el deeneí  y el registro de la parroquia dijeran otra cosa…  Hace un mes se casó el nieto de Juan Andrés con una moza de fuera del pueblo. Algunos de los que, de parte de la novia,  vinieron al convite tuvieron  que preguntar y nadie sabía dónde localizar a la familia García Mazo hasta que alguien se dio cuenta más que nada por el detalle de la boda ¡sí, hombre, sí… los Latuija que a lo mejor son García Mazo como vd. dice pero aquí, el único que se casa hoy es el pequeño de los Latuija, una familia de aquí de toda la vida. Muy buena gente…

Rubión

No quiso poner su aviso en la columna de frente a la “Ultramarinos Finos Servando”  porque no está bien andar molestando a nadie así que, de las muchas de la plaza porticada eligió la de frente al estanco razonando que era la segunda más vista de todas porque si bien las de frente a los bares tenían más afluencia, esta era casi en exclusiva de varones, mujeres acaso los domingos después de Misa y pocas… pero al estanco iban si no a por tabaco sí a por hilos, botones, pilas…  con cuatro tachuelas clavó su aviso en la madera, un cartón bastante claro donde había escrito con mayúsculas “Se venden patatas nuevas en casa de Raimundo” 

Dos días después nadie había acudido ni a verlas. ¿qué pasaba? ¿estaba todo el pueblo molesto con él? Repasó el año y no se encontró culpable de nada, no había ofendido a nadie más allá de lo habitual pero esas cosas se dan por descontadas.

El domingo después de comer fue al bar a jugar la partida y enseguida encontró puntos para un subastao que perdió así que a medias con su compañero apoquinó la consumición de los cuatro.  Estuvo atento a miradas y comentarios pero solo alcanzó a intuir que Juanín y Doro le miraban medio raro pero no era él hombre de sutilezas y carecía de argucias para iniciar pesquisas…  pero había acertado. Juanín y Doro y otra media docena le miraban extrañados de que aún no hubiera puesto el cartel de las patatas sabiendo, como sabían, que ya las había recogido. Acaso, dieron en pensar, las ha llevado  todas a la cooperativa o se las ha vendido a algún intermediario que le pagó bien. Raro, pero puede ser. Pocas preguntas alcanzaban las bocas,  aunque todos sabían la vida de todos eran gentes de silencios y cada uno a lo suyo aunque en comentarios  al bies, más afilados cuanto más breves se transmitían la última. Y no quieras saber qué ni cómo en los corros de mujeres cosiendo a la puerta de las casas… Ahí fue  donde   empezó a deshacerse el lio.  Tiana quiso dejar caer como que no quiere la cosa pero en realidad soltó a bocajarro:  ¿y qué pasa con las patatas este año… ya las habéis vendido todas? “No. Hace más de una semana que se puso el aviso pero nadie ha venido” respondió Chencha, la interpelada. “ “Pues no hay aviso en parte alguna” Sentenció Tiana con el apoyo de todas las reunidas quienes confirmaron su aseveración. “Cachislamarsalada” Dijo Chencha levantándose para encaminarse a la plaza, a los soportales, a las columnas de madera… frente a la del estanco estaba el aviso de las patatas nuevas en casa de Raimundo sujeto con cuatro tachuelas. Chencha lo señaló sin decir nada y Tiana, erigida en portavoz de aquel asunto por el suficiente mérito de haber sacado el tema replicó inmediatamente “¿Y desde cuando Rubión se llama Raimundo?” Siete palabras para componer un mensaje rotundo, concluyente y rebosante de sentido común que aún así, completó “Si uno pone avisos con nombres raros no vende las patatas” Y no añadió un  ¡He dicho! Porque no lo creyó necesario o porque semejante cosa quedaría fuera de lugar.

Chencha fue a su casa y desde el portalón llamó a voces: ¡Raimundo!  Insistió, porque no obtuvo respuesta,  elevando el volumen y alargando la O final. Tampoco hubo contestación sin embargo cuando gritó ¡Rubiónnnn!… desde la panera llegó un ¿Qué? que  acaso demostrase algo.

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