

Dicen que unas manos lo manejan todo,
se bendicen los malditos
y se maldicen los bendecidos,
de qué sirve al corazón tanta teoría.
De qué sirve mirar tras el cristal
a las aves reclamando el vuelo.
Camino por la casa y veo
entre cuatro paredes un desierto,
en medio del silencio de arena
descubro que no era mi voz,
si no la tuya,
la que hacia florecer la primavera,
la que hacia que tuviera sentido
el sueño de olas y praderas.
La soledad me deja la soberanía
de los rincones,
la lágrima no enturbia lo suficiente
sigo viendo tu imagen correr
por los tejados.
Creo que estábamos confinados
mucho antes de saberlo,
abro la ventana y oigo
canciones de resistencia,
me flaquean las fuerzas
otra noche sin ver la luna llena,
no me quiero ir de esta manera,
no se despide un titiritero
sin un beso.
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