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ESTACIONES DE MUJER by Juanmaría G. Campal

VERANO

En el pueblo, en casa, siempre había oído que a los hombres se les ganaba –conquista, decían, ¡como que se resistiesen!– por el estómago. Así se lo oí a la abuela, que lo decía como con retranca; así a mi madre, que lo hacía sin vanagloria alguna, como si creer tal jactancia le hubiese arrostrado gloria vana; y así a mi mayor hermana. Y a esta se lo oía así, como si de poco le valiera, como que lo dijera con desgana. Predestinada al cuidado de los mayores, bien conocía que, como no se sirviera de otras artes, conquistas pocas. Si acaso, alguna exploración que otra.

A mí me nacieron ya casadera. Pero necia. Y quizás por eso he tardado tantos años en comprender la vía gastronómica a la coyunda. Y quizá también por esa misma necedad me demoré en corregirla. Tampoco comprendía lo del marido media naranja, ni lo de «para que no te falte de nada».

Antes de casarme, y a decir verdad, las únicas carnes que había preparado para él habían sido las mías. Él, que novio se decía, me las tentaba con su instinto ardiente –la pasión sería virtud refinada para el pobre–, pero nunca me las pasaba. Es más, nunca me las dejó al punto. Casi siempre se me quedaban poco hechas. Algo faltaba. Algo fallaba. Eso sí, él siempre quedaba en su punto, al gusto, jugoso. 

OTOÑO

Y así continuamos una vez matrimoniados: una en sus penas, uno en sus glorias.

Todo me fue igual, es decir, con pena y sin gloria, hasta venirnos a la ciudad. Aquí, laborando en los montajes industriales, se le apaciguó el instinto y se le encrespó el carácter.

Primero, lo achaqué a lo que contaba de mareos de trabajar en las alturas y de los gases y las chispas de las soldaduras. Más tarde, cuando ya lo vi acostumbrado, lo atribuí a las muchas horas de trabajo y a las malas digestiones. Que ni a comer venía a casa, el pobre. Que lo hacía en una taberna cercana a la factoría que cumplía las veces de comedor de la empresa.

Tiempo después supe, y trabajo me costó darlo por cierto, que también le cumplía las veces de algo más y que su apagón –que él, ya casi urbano, llamaba estrés– se debía a que ya me llegaba cumplido a casa.

Total, que entre las cosas del laborío, la taberna y la tabernera se me fue enseñoritando. Y mientras él se iba creciendo yo me venía menguando.

“No me sigues”, me decía, “te estás distanciando. Esto no es el pueblo, este mundo es urbano, aquí no hay ciclo natural, aquí hay que estar siempre en guardia, luchando.”

Yo no le entendía nada. Y lo del ciclo, que me sonaba a mí así como a regla de periodo, pues a mí me seguía igual, así que para qué decirle nada.

Él no se daba cuenta de que era como querer y no poder. Que repetía de oídas, pero que nada sabía. Para lo buen cazador que era, no se enteraba de que le estaban mareando la perdiz.

A mis respuestas se agitaba. A mis silencios se engallaba. Y si me vencía, más pedantería me regalaba todavía.

De buena gana le hubiera, no matado, que me hubiera salido el tiro aculatado, pero sí plantado. Pero, ¿y qué? ¿Volver al pueblo orejas gachas y el rabo entrepernado? Quieta al ajo y agua, me decía a mí misma, que ya se le templará, sin duda, el recalentón. Y que me animaba, me parecía. Pero no, nada. Algo fal-taba.

Ni lo maté, ni lo planté, ni se templó. Eso sí, me dejó planta-da. Que sola me dejó al ajo y agua. Y bien que me jodí y bien que me aguanté. Que me limpió hasta los ahorrillos que yo nos hacía para las vacaciones en el pueblo, para que no faltara de nada. Para que nada fallara.

(continuará)

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