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Rafa: auge y caída de un supuesto triunfador by Carlos Usín

Rafa era el rico de la pandilla. Era tan rico, que aparte de tener coche propio con 18 años, su padre, tenía hasta chófer. El pobre chófer se pasaba todo el tiempo recostado sobre el Mercedes aparcado a la puerta del caserón de tres plantas que tenía la familia a la entrada de la urbanización. Verlo allí, solo, en una espera infinita, como un perro guardián, cada día, resultaba penoso. Esa imagen no encajaba en el perfil medio del resto de la enorme urbanización. Tal vez fuese porque ellos eran del Opus Dei.

Pero sea como fuere a los amigos de Rifi -como le llamaban cariñosamente- les venía de maravilla tener a un amigo como él, porque su centro de reunión era la planta superior del chalet, dedicada en exclusiva a sus hijos mayores, Rafa y Reyes. Los hermanos representaban en sí mismos la diferencia de educación que se recibían en esos entornos clásicos, un tanto arcaicos y demodés, cercanos a la ultraderecha, al Opus Dei y afines. Rafa, recibió una educación machista en grado sumo y Reyes, como procedía por contra, fue una esclava de todo hombre que pisara esa casa, incluidos algunos amigos de su hermano, que se aprovechaban de ella (de la educación).

En esa buhardilla los amigos disponían de un sitio en donde poder charlar, escuchar música, jugar a las cartas y algunos, hasta tomar copas gratis, todos los días. Las copas, por supuesto, las servía Reyes, claro. 

Rafa, alto, fuerte, y con voz profunda, parecía un señor de 40 años. Su pelo engominado, su bigotito a lo Errol Flyn, sus colonias caras, su dinero en el bolsillo, su botella de whisky en las discotecas de moda, Snobísimo y Keeper, y las chicas alrededor revoloteando como moscas, eran algunos de los sellos de la firma. Pero lo que más caracterizaba a Rafa, eran los enormes puros cubanos que se fumaba. Todo ello, en su conjunto, le daba un aire de terrateniente con plantación de café o de algodón y una masa incalculable de esclavos negros a su servicio. Era al tiempo, curioso, anacrónico y algo esperpéntico.

Mientras los demás intentaban descubrir o definir cómo iba a ser su futuro en cuanto a estudios y después en qué iban a trabajar, Rafa -Rifi- hablaba directamente de dedicarse a los negocios, sin especificar cuáles. Se sobreentendía que a los del padre, claro, que, por alguna razón, se asumía que en algún momento le cedería. Al parecer, su padre se dedicaba ya entonces, a la burbuja inmobiliaria. Era mediados de los años 70.

Sin embargo, aparte de los proyectos de futuro, los amigos no tenían constancia que Rifi hiciera nada por adentrarse en el proceloso mundo de los negocios. No estudiaba, ni tenía pensado ir a la universidad, ni hacer un máster, ni nada que se le pareciera. Se limitaba a vivir una vida plácida, de muelle, tomando el aperitivo en Richelieu, visitando la discoteca de moda Snobísimo, gastando el dinero que no ganaba jugando al backgammon y bebiendo whisky del caro. Cortejaba a las chicas que se quería ligar – y se ligaba- enviándolas ramos de rosas rojas, acompañadas con tarjetas personales. Era como un Donald Trump, pero con un Ford Fiesta.

Y pese a la enorme diferencia que había entre nuestros caracteres, nuestras situaciones personales y nuestras perspectivas de futuro, siempre consideré a Rafa como un amigo y viceversa. De hecho, del gran número de amigos que éramos de la pandilla, él fue el único con el que mantuve contacto después, cuando eso que solemos llamar «la vida», hizo que nos fuéramos alejando de pasar los fines de semana y los veranos en una urbanización de los alrededores de la sierra de Madrid.

Tiempo después de compartir aquellas tardes en su chalet de 3 pisos, Rafa me seguía llamando, interesándose por mí y por mantener esa amistad. Aunque al final, como suele pasar a menudo, la relación se enfrió del todo.

Muchos años después de todo aquello, paseaba un día por un conocido sitio de copas acompañado por una amiga, cuando oigo que alguien grita mi nombre. Eran Rafa y su hermana Reyes. Mi amiga y yo, nos sentamos con ellos. A partir de ese momento, retomamos nuestra relación de amistad, interrumpida tiempo atrás. Sus padres, se empeñaban en invitarme a comer todos los fines de semana, con la excusa de que, durante la tarde, jugaríamos al parchís. Y sí, vive Dios que jugábamos al parchís, pero he de decir que a veces, los dados volaban de un lado a otro del jardín, acompañados en su vuelo de toda suerte de improperios, exabruptos y maldiciones, generalmente escupidos por el propio Rafa al comprobar la mala suerte de la que se quejaba amargamente. Aunque para mala suerte la de un servidor que, a pesar de haber jugado docenas y docenas de partidas a lo largo de varios meses, jamás, nunca, gané ninguna. Era tal el nivel, que en cierta ocasión Reyes se puso a mi lado y jugamos juntos y aun así, tampoco gané. Hasta la propia Reyes dijo que jamás había visto a alguien con tan mala suerte.

En aquellos años, me pusieron al día de las novedades familiares. Lo único que no había cambiado, era la residencia familiar en Madrid, en un barrio nada acorde con lo que siempre habían demostrado de puertas para afuera.

Reyes se casó con un chico de la pandilla que había conocido en la urbanización. Realmente, empezó siendo el medio novio de otra chica, pero terminó por dejarla y dedicarse a Reyes. Aparte de dedicarse a Reyes consiguió terminar la carrera de medicina y ejercer como tal. Era tal su dedicación, que no dejaba enfermera sin llevarse al catre y claro, muy a su pesar, a la de sus padres y a la educación recibida, Reyes decidió que no aguantaba las infidelidades y se separó.

Rafa, por su parte, me contó una historia similar, sólo que, en su caso, se había casado dos veces y ambas por la iglesia, ya que con la primera consiguió la nulidad mediante el sistema más viejo y conocido: dinero. Dinero mediante, el Tribunal Internacional de La Rota, le declaró imbécil (o algo así) y poco menos que demostró que su matrimonio no se había consumado. Al cabo de varios meses. Para lo cual, hay que ser imbécil. De cualquier forma, con la segunda experiencia, le fue igual que con la primera. 

Transcurrido el tiempo, su padre se había arruinado y no había ingresos por ese lado. El único dinero que entraba en esa casa era el que aportaba una tía suya y un cuñado de Rifi, el marido de la hermana pequeña, que trabajaba en un banco. Lo que ganaba Reyes, era para ella y su hija y por lo menos, no eran más gastos. O sea, que en la casa familiar vivían, los padres, los tres hijos (Rafa, Reyes y Marta), la hija de Reyes que tuvo con el médico, el marido de Marta con sus tres hijos y una tía. Y los fines de semana, además, comía un servidor. ¡Ciento y la madre!

Como el padre de Rafa se había arruinado, Rafa ya no tenía coche, ni fumaba puros habanos ni visitaba las mejores discotecas, ni se jugaba el dinero al backgamon. Eso sí, tenía una novia encantadora, educada, elegante y con clase, que era quien le sufragaba los gastos y quien pagaba el hotel de El Escorial, en el que pasaban los fines de semana juntos. Un auténtico insulto para un machista y eso era, justamente, lo que le tenía atormentado, acomplejado, obsesionado.

A falta de trabajo decente ni de estudios, Rafa me confesó que se dedicaba a dar sablazos. Si se enteraba de alguien que hubiera solicitado una hipoteca y se la hubiesen denegado, él se hacía pasar por intermediario, quedaba con los sujetos y les solicitaba dinero para «engrasar la maquinaria». Luego, si te he visto no me acuerdo. O sea, un delincuente y un desalmado. Pero fue una información que supe aprovechar en su momento.

En un momento dado, cuando conseguí vender una casa justo antes de que la embargara el banco, Rafa me pidió dinero. Me soltó una trola de película de Almodóvar. Me dijo que Telefónica – entonces la única – se había equivocado en el recibo del mes y que les habían facturado 300.000 pesetas y que, si no pagaban, les cortarían el teléfono. Yo, recordé entonces las veces que me llamó a casa y me obligaba a salir, invitándome a una copa, a tomar el aperitivo y a ir a la disco de moda, a ver las chicas con las que él ligaba y yo no. En pago a esa generosidad de antaño, le dije que le daría 20.000 pesetas. Lo hice por nuestra vieja amistad, por los tiempos pasados, por darme su cariño en momentos difíciles y por el que siempre recibí de toda su familia. Y por pena. Y por quitármelo de encima.

Le expliqué que no tenía intención de darle las 300.000 y que el hecho de que hubiera recibido un dinero por la venta de mi apartamento, implicaba, entre otras cosas, que yo también tenía que poner orden en mis cuentas y devolver dinero a quien me lo había prestado. La idea de conseguir menos del 10% de lo que decía necesitar, le debió de tranquilizar algo. Pero no demasiado.

Su desesperación llegó a tal extremo, que un día, mientras yo estaba en una reunión de trabajo, me anuncian que tengo a un amigo que me está esperando. Me vuelvo en mi silla y allí estaba: acosándome. Atravesar la línea de agentes de seguridad y los tornos que el banco tenía instalados, no era tarea fácil. Pero él se las ingenió y le dejaron pasar, algo que a mí me sorprendió muchísimo. La verdad es que verlo allí, me dio mucha pena. Pena y miedo.

Le di el dinero prometido, a sabiendas de que nunca jamás le volvería a ver…por suerte.

Y me hizo reflexionar acerca de cómo algunas personas, que en su día vivieron momentos de auténtico esplendor, cayeron más tarde en los más profundos abismos y tuvieron los más abyectos comportamientos. Esa actitud suya, desesperada y sin escrúpulos, fue lo que hizo que definitivamente, me separa de él. De allí al tráfico de cualquier cosa, distaba muy poco. 

Nunca más supe de Rafa.

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