narrativa

CANÍBALES III: DIOS NOS SALVE DE LOS REYES

By Lucas Corso

Murió la reina de Inglaterra para pesar de muchos y sorpresa de nadie. Con noventa y seis años la cosa ya se espera que pase en cualquier momento, por muy reina que se sea. Ya se espera incluso de la prótesis andante que es nuestro emérito, y tiene doce menos que la difunta. Asistió al entierro, por cierto. Fue a presentar sus respetos y, supongo, a ver cómo es eso de que lo entierren a uno con honores y fanfarrias, por si con él no pasa igual. Spoiler: pasará.

Decíamos que la reina acabó pasando a mejor vida (risas), y que la cosa era esperable. La otra cosa, con menos años y más orejas, es Carlos de Inglaterra, ahora evolucionado a Carlos III, sentándose en el trono de hierro con cara de Pues ni tan mal, oiga. Y aquí viene lo mágico en toda esta historia de reinas y príncipes apuestos (más risas). ¿Y qué es? Pues qué va a ser, queridos míos, nosotros, la gente común, con una capacidad de sorpresa infinita y, por consecuencia, de sorprender también ad infinitum. En un momento dado y, como era previsible en eso de volverse rey, Carlos III tuvo que ponerse a firmar un papeleo considerable. ¿Han probado alguna vez a hacer el cambio de nombre de algún vehículo? Pues imagínense lo que debe ser cambiar de nombre una monarquía. Y fue en ese momento cuando, viendo este señor lo que tenía por delante después de tanto tiempo mirando hacia atrás, a tantos años de quedar en entredicho por tantas cosas, hizo el gesto que sorprendió a medio mundo y ofendió a la otra mitad: con desdén, podría decirse que hasta con asco, ordenó que le apartaran un tintero y algo más que había por allí encima de la mesa. Ni siquiera se dignó a apartarlo él mismo, como si fuese un tintero de la calle, sucio y extraño, y no ese reluciente que, sin duda, estaba más limpio que la mayoría de los currículums de los allí presentes. Esto sorprendió a propios y extraños, y se le ha dado cera desde todas partes. Y eso es lo verdaderamente entrañable en toda esta historia que no debiera haber sido ni siquiera un comentario a pie de página. Porque Carlos III es ahora rey, y ha sido toda su vida príncipe, y como tal es esperable que no sea como nosotros, que tenga sus cosillas. Aquí deberíamos estar más curados de espanto que en el resto del mundo, pues teníamos un rey campechano a más no poder que, según cuentan, en sus años mozos acostumbraba a salir por las noches de incógnito en moto, dispuesto siempre a echar una mano a algún conductor en apuros. Luego ya ven lo que hacía por las noches y a cualquier hora. Pero aún así nos sorprendemos al ver a un monarca hacer algo extraño. Como si la historia no estuviese llena de personajes de sangre azul haciendo extravagancias.

Juana I de Castilla era tan celosa que acabó dando a luz a Carlos I en el retrete por no querer dejar solo a su marido en un baile, a pesar de su avanzado estado de gestación. Así que cuando el niño asomó la patita, no le quedó más remedio que apechugar en el váter de la disco. Isabel I de Rusia se cambiaba hasta tres veces de vestido en los bailes, pues sudaba y eso no le gustaba. Tenía 15000 entre los que escoger, y había prohibido por ley que nadie se vistiera ni peinara con nada remotamente parecido a lo que ella estilaba. La reina Cristina de Suecia tenía un cañón de quince centímetros para matar a todas las pulgas de palacio, a las que odiaba. Fernando VI de España le tenía auténtico pavor a eso tan de la plebe como es el cagar, así que andaba sentándose sobre lugares puntiagudos que le pudiesen hacer de tapón. Federico El Grande era adicto al café, y se lo preparaba no con agua, sino con champán. Luís XIV de Francia se bañó sólo en dos ocasiones a lo largo de sus setenta y cuatro años. Su higiene se basaba en pasarse por la cara trapos impregnados en alcohol y saliva, y tenía más de mil pelucas, todas ellas bien sazonadas con piojos. La peluca especial de Carlos II de Inglaterra no tenía liendres, pero estaba hecha con vello púbico de sus amantes preferidas. Luisa Isabel de Orleans y de España eructaba y se tiraba pedos en público, y Catalina II La Grande, zarina de todas las rusias, era adicta al sexo y tenía unos 80 amantes, algunos de los cuales los había probado antes su médico para aconsejarla. Parece ser que murió de un infarto mientras la penetraba su caballo. Eso sí que da asco, y no el tintero de Carlos III.

Si la salud le acompaña el mismo tiempo que acompañó a sus padres, a este señor le quedan más de 20 años de buen vivir en los que, muy seguramente, nos obsequiará con más extravagancias. Es rey, y como tal es su sino, no debiera sorprendernos tanto. Algunos dirán que su madre no fue así, a lo que diremos que simplemente fue más discreta. Que se lo digan si no a sus sirvientes, que tenían que pasar la aspiradora andando hacia atrás, darle de comer a sus perros solomillo, ternera o conejo, servidos por ella misma con tenedor y cuchillo de plata. Tomaba veneno de serpiente y de abejas para su artritis, y odiaba el sonido que hacían los hielos al chocar en las copas, un problema cuando los martinis y la ginebra estaban a la orden del día, por lo que tenía una máquina que los hacía redondos. Cosas de reyes.

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