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Santiago Lorenzo: «Me importa poco que me lean, aunque estoy muy agradecido» #Entrevistas

Tras el éxito de ‘Los asquerosos’, el escritor y cineasta regresa con ‘Tostonazo’, que mantiene la frescura que cautivó a tantos lectores

BY Jaime Cedillo @JaimeCedilloMar Publicado en El Cultural

Santiago Lorenzo (Portugalete, Vizcaya, 1964) es tan espontáneo en la conversación como en su narrativa. Atiende a El Cultural desde un teléfono fijo porque con su celular “tendría que salir a medio kilómetro del pueblo para coger cobertura”. Se refiere al lugar donde reside junto a otros 16 habitantes desde 2012. No tiene carné de conducir –“sería incapaz de sacarme la matrícula de la autoescuela”– ni tarjeta de crédito: “Cuantos menos tratos tengas con los bancos, mejor”.

Se muestra cómodo en la entrevista: duda, se corrige a sí mismo, interpela al entrevistador. Natural como su escritura, arrolladora y coloquial. Su nueva novela, Tostonazo, contiene pasajes desternillantes. En la primera parte muestra la cara menos amable de la industria del cine. Nos descubre los entresijos de un rodaje arruinado por el despropósito de un estúpido. Se trata del antagonista de la historia, Sixto Arias Rivero, modelo de su ácida radiografía social.

“Los mejores momentos de mi vida los pasé en el cine, pero lo dejé porque estaba harto de que me dijeran lo que tenía que hacer”, confiesa Lorenzo, autor de filmes tan disruptivos como Mamá es boba (1999). No quiere oír hablar del regreso a la gran pantalla. Éxitos como el de Los asquerosos (Blackie Books, 2018) justifican la decisión de un autor que se siente “fenomenal en casa”, construyendo maquetas y “escribiendo mis bobadas”.

Pregunta. Tostonazo está ambientada en 2012, el año en que usted se fue a vivir a la aldea segoviana donde aún reside. También fue el año más duro de la crisis. ¿Es casual?

Respuesta. Lo primero es casual; lo segundo, no. Habría sido muy pretencioso que el lector de Tostonazo tuviera que tener en cuenta un dato autobiográfico mío. Efectivamente, 2012 iba a ser un año grande y sin embargo fue el año del desastre. Imaginé tener un hijo que tuviera 20 años en 2012, como el protagonista. Me dio tanto pánico que lo escribí.

P. ¿Había una voluntad de alejarse de lo rural, categoría en la que le habían inscrito por Los asquerosos?

R. No fue a propósito, sino que cuando me quise dar cuenta estaba dentro de una ciudad como Ávila. He sido muy feliz en Madrid y en aldeas, pero también en ciudades medias, y nunca había escrito sobre capitales de provincias. No hubo un plan previo, porque escribo de lo que me da la gana, pero tampoco me quería repetir con los “mochufas” de Los asquerosos.

P. ¿En quién pensaba cuando retrataba a Sixto Arias Rivero, el idiota de esta historia?

R. En esos tíos cuya ineptitud te fascina. Toni Cantó, por ejemplo. ¿Cómo se puede estar tan desubicado? También me acordé de un exdirector de la Guardia Civil que se llamaba Arsenio Fernández de Mesa y se hizo un retrato al óleo patético cuando no había dado ni una.

P. ¿Dónde están los Sixtos en nuestra realidad?

R. En todos los sitios. No hace falta irse a las altas instancias del gobierno; también están en las anecdotillas más domésticas.

Toni Cantó es uno de esos tíos cuya ineptitud te fascina. Cómo se puede estar tan desubicado…

P. ¿Hubo un Sixto real que le cayera tan mal como para hacerle un personaje así?

R. No exactamente (risas). Ahora que lo pienso, el nombre puede tener que ver con “tirarse el pisto”, que es lo que hace constantemente. En realidad se me apareció de pronto. Yo escribo muy despacio y aparecen las cosas de ese modo.

P. Sobre esta novela, en cambio, queda la sensación de que está escrita de un modo muy espontáneo.

R. Es verdad, esta ha quedado más coloquial. Igual esto responde a que no hablo nunca con nadie, y entonces me desahogo en la espontaneidad cuando estoy escribiendo. En este caso es un joven de 20 años que está hablando y, como no tengo otra cosa que hacer, pues me meto en sus calzoncillos.

P. Respecto a los personajes, hasta los más despreciables están tamizados por un halo de compasión.

R. Me alegro mucho de que me digas eso, porque no solo debe ser una norma para la literatura, sino para la vida en general. A menudo te encuentras con comportamientos despreciables y es importante pensar, aunque solo sea un segundo, en qué mueve a ese personaje a hacer lo que hace. En el cristianismo se llama piedad: ponerte en el lugar del otro. Si no lo haces, en literatura te pueden quedar novelas de mierda donde está muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Yo no sé si alguien leerá Tostonazo, pero no quiero que sea, precisamente, un aburrimiento asqueroso.

P. Eso de que no sabe si su nueva novela se leerá suena a pose, teniendo en cuenta las expectativas. ¿El triunfo de la anterior le ha proporcionado tranquilidad o es víctima del síndrome que acompaña a algunos autores después de un éxito tan rotundo?

R. Vivía con la conciencia muy tranquila antes de Los asquerosos. Tenía problemas económicos, pero no me quitaban el sueño. Agradezco mucho que lean mis cosas, pero no me va la vida en que la gente las compre. Me importa muy poco que me lean, aunque no me cansaré de repetir que estoy muy sorprendido. Si va bien, estupendo. Y si no, no pasa nada. Lo digo en serio. Estoy acostumbrado a que nadie me hiciera ni puto caso.

“Los que hace muchos años hablaban mal del cine español ahora están quedando en ridículo”

P. Por cierto, tenemos que hablar de sus inicios porque el cine es un tema crucial en esta novela. ¿Hay pasajes de su primera parte inspirados en los hechos reales de su película Un buen día lo tiene cualquiera (2007)? Creo que durante el rodaje aparecieron con camisetas para todo el equipo con ese título sin consultarle nada, igual que le ocurre a Nacho Tiedra, el director de la película en Tostonazo.

R. Esta sí que no me la esperaba (risas). Si ocurrió o no, importa muy poco, en la medida en que esta es una ficción pura. No sé si la evasiva es lo suficientemente cimbreante para escapar de tu pregunta.

P. Pero entenderá que establezca esa relación con su anterior oficio como cineasta.

R. Claro, porque he estado en el cine, pero eso da igual. He estado en muchos sitios que no tenían nada que ver con el cine y ha ocurrido lo mismo. Yo no quería que fuera una novela de técnica gremial, por más que hable de cine, donde me encontré a grandes zoquetes, pero también a muchas personas refulgentes.

P. ¿No le gustaría volver al cine en un futuro próximo?

R. No, gracias. Si alguna vez tengo la tentación de hacerlo, he pensado en una estrategia para no caer en ese error: pediré 15 millones de euros al productor por el guion. Me echará a hostias del despacho y todos contentos (risas).

P. ¿Y si esa tentación fuera participar en un guion para adaptar una de sus novelas?

R. Tampoco. De hecho, ya me han llamado, pero no. Y es gracioso, porque durante años suspiré por que me hubieran propuesto cualquier cosa.

Si alguna vez tengo la tentación de volver al cine, pediré 15 millones de euros al productor por el guion

P. ¿Qué corrientes o cineastas le interesan del cine español actual?

R. Entre otros muchos que me gustaría recordar, Oriol Paulo, Rodrigo Sorogoyen, Alberto Rodríguez, Enrique Urbizu y, por supuesto, Juan Cavestany. Vota Juan y Vergüenza son series tan prodigiosas que dan ganas de dejarlo todo porque sabes que nunca vas a hacer nada igual. En general, me causa una gran satisfacción lo que está ocurriendo con las series.

P. ¿Por qué ahora tienen esta dimensión?

R. Yo sabía que esto iba a pasar. Estaba muy claro que la ficción audiovisual iba a ser un objeto de demanda. Hace muchos años, antes de la eclosión de las plataformas, se hablaba mal del cine español en ciertos ámbitos. Han quedado en absoluto ridículo. Ahora está claro que tiene mucha más gracia ver una serie bien hecha que oír esas emisoras, y es mucho más exportable como producto industrial una serie de Nacho Vigalondo que cualquier programa estúpido de pijos pegando gritos. Es más satisfactorio, además, que haya tanta variedad, por mucho que la mayoría sigan sin ser buenas.

P. A propósito de Cavestany y sus series, el humor es determinante en esta novela. ¿Cuáles son sus referencias?

R. No puede ser que no te haga gracia Chiquito de la Calzada. Y me encantaba La hora chanante, José Mota y los sketches del Cansino Histórico… Es imposible, también, que no me haya influido Luces de bohemia, de Valle-Inclán, y la serie de novelas de Torquemada de Benito Pérez Galdós.

P. Por otro lado, ¿cómo ve el sentido del humor en la sociedad española?

R. Apenas he salido de España, por lo que casi no tengo comparativa. Lo que sí tengo claro, después de ver mucha ficción audiovisual extranjera, es que los españoles nos parecemos mucho más al resto de los occidentales de lo que creemos. No somos tan diferentes.

“No puede ser que no te haga gracia Chiquito de la calzada. Y me encantaba ‘La hora chanante’”

P. ¿Un tipo que ha decidido alejarse de la metrópoli para vivir aislado? Muy poca gente creerá que usted no es diferente al resto.

R. Pues soy el típico tío. En la medida en que soy moreno, soy diferente a los rubios. Y en la medida en que soy de Portugalete, soy distinto a los de Reikiavik. Eso es todo.

P. ¿Sigue regalando soldaditos de plástico en las firmas?

R. Por supuesto. En el último Sant Jordi no lo hice porque los rusos estaban invadiendo Ucrania, y me pareció que tendría menos gracia.

P. ¿Sabe que Javier Marías custodiaba los libros de su biblioteca con soldaditos de plomo en los estantes?

R. Sí, lo vi en unas fotos una vez y pensé que sería un tío majo.

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