
Imagen tomada de Pinterest
La señora Victorina venía a veces a casa, a meter los pies en el horno de la cocina económica. Ay, qué larga es esta vida, decía al cabo de un rato de conversación, y suspiraba. Victorina tenía varios hijos e hijas y un brasero en la mesa camilla, e incluso tenía televisión, ya de aquella. Pero no era feliz. Ay, qué larga es esta vida, repetía. Ella quería ser igual para todos, y repartir así la herencia, pero su hija Rosario, la que la cuidaba no estaba de acuerdo ni un poquito. Un nicho, quiero un nicho que esté alto, no quiero estar en la tierra húmeda, reclamaba Victorina. Y Rosario, para hacerla rabiar le decía que cuando firmara lo tendría, que mientras nada. Qué larga es esta vida, ay, Dios. Así fueron pasando los inviernos. A veces me invitaba a su casa, a ver “Cesta y puntos” o “Bonanza”, al calor del brasero. Un año, por noviembre, llegó por fin la parca y se llevó a Rosario. Tristes bromas las que gasta el destino. Ay, qué larga es esta vida, siguió diciendo Victorina aún unos años, mientras un nicho soleado la esperaba.
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